Unos días atrás organizamos en la Universidad Nacional Autónoma de México una mesa con un título desafiante: “¿Qué pasó en Bolivia?”. Una respuesta medianamente sensata tomará años y muchos estudios, pero me permito compartir lo dicho en aquel encuentro.
Parto de un doble festejo. Por un lado, celebré vivir una jornada democrática recordando que desde 1982, Bolivia no interrumpió su proceso electoral. Con altibajos, con tensiones, con problemas, con violencia, pero el orden constitucional no se quebró.
Además, en esta ocasión hubo importante participación, tanto de la población que acudió a las urnas, como de los distintos actores políticos. Lo confieso: hace un par de meses pensé que Evo Morales iba a boicotear con movilizaciones, bloqueos, quema de ánforas, o cualquiera de sus exabruptos que conocemos bien. Me equivoqué, incluso él jugó a las ánforas promoviendo el voto nulo, pero voto al fin. El domingo 17 ganó la democracia.
Por otro lado, festejé el fin de un régimen autoritario que se degradó hasta el límite de la vergüenza. El MAS, en cualquiera de sus expresiones, fue el responsable de la debacle del país, incluso del propio “proceso de cambio”, su mezquindad no tuvo límites. Lo que cayó el domingo fue el modelo déspota de gestión del MAS, un estilo de gobierno, una tecnología del poder, de su ejercicio, de su cuidado y de su reproducción. Nada garantiza que la tentación autoritaria vuelva a la Plaza Murillo en nuevos nombres o siglas, pero ojalá no lo permitamos.
Los medios de comunicación, especialmente los internacionales, aquellos que ven el mundo –y Bolivia de rebot – en blanco y negro, en izquierda y derecha, anunciaron el fin de la izquierda. No comparto esa lectura dicotómica, excluyente y parcial de la realidad. Me pregunto cuánto la dupla izquierda/derecha explica el país; se me hace que esa categoría dice algo, pero deja demasiadas cosas fuera; el uso y abuso, simplificador y limitado de verlo todo de un lado o del otro, da como resultado un diagnóstico con más huecos que un queso gruyer.
¿Dónde queda lo etario, las regiones, o tantas otras variables posibles? Nada. Es más fácil, más práctico, eficaz y sencillo pensar que perdió la izquierda y ganó la derecha.
¿Pero realmente perdió la izquierda? Lo he dicho en otros textos: el MAS dejó de representar la izquierda hace varios lustros. Su agenda política, social, ecológica o económica poco tenía que ver con lo que uno espera de aquella noble tradición política.
Hace tiempo que el MAS devino en una enorme maquinaria electoral vacía, desprovista de ideología y de moral. Nadie niega los logros de los primeros años, pero quedarse con esa foto de inicio es como creer en la ternura de un bebé cuando devino un adulto mafioso. Hay que decirlo con claridad: el MAS no es la izquierda boliviana.
Y a pesar de mi relativo entusiasmo por el hecho electoral del domingo 17, coincido con un colega que afirma que éstas fueron unas “elecciones miserables”. Sí, por donde se le mire: miseria de candidatos, miseria de programas, miseria de publicidad. Despliegue de maquinarias electorales sumadora de votos, pero ausencia de actores sociales, de movimientos, de colectividades.
En realidad, los bolivianos salieron a ejercer su derecho ciudadano sumidos en una crisis multidimensional (económica, política, moral, ecológica, societal) y en un clima de malestar con la crisis como motivo principal para llegar a las urnas. Así las cosas, era previsible alguna sorpresa.
La inesperada victoria de Rodrigo Paz es el resultado de un desencanto generalizado y desesperado que condujo el voto en la opción más desconcertante. No fue Rodrigo quien ganó, sino la necesidad de mirar a otro lado, de pensar en otra opción.
¿Qué nos espera? Difícil prever. Sabemos por experiencia que siempre se puede estar peor, pero también albergo la esperanza de haber aprendido algo. El país, cuya estabilidad se sostiene con alfileres, sólo tiene salida si se llega a un acuerdo básico de sobrevivencia. ¿Podemos vivir juntos? Está por verse.
Hugo José Suárez es investigador de la UNAM y miembro de la Academia Boliviana de la Lengua.