Maurizio Bagatin
Salió del bar y se miró alrededor, miró también a los amigos que con él salieron del local. Miraba al grupo de albaneses que en la acera del frente estaban hablando y fumando, miraba a los africanos que caminaban hacia sus casas, miraba a los eslavos que entraban a la tabaquería. Se dio la vuelta y miró más de cerca a los amigos y le salieron unas palabras: “¡Pero, ¡qué bien nos hemos integrado!”.
Habían transcurrido treinta años, mucho tiempo.
Chinos, sijs, albaneses, subsaharianos, eslavos, y las nutrias que hoy invaden los ríos, dicen que, por sobrevivir como los seres humanos. El maíz había desparecido, interminables parrales de uva invadieron los campos de la infancia y transformaron el paisaje. Los niños ya no andan sueltos, queriendo aprender a nadar en el agua que un día fue un río. Brutal y violenta metamorfosis, que no aprendió de Kafka y tampoco de Ovidio. Hoy la globalización debería enseñarnos muchas cosas sobre nuestro milenario mestizaje. Ojos azules en la Caput Mundi y pelos rubios en la Bolivia profunda. Mañana sembrarán nuevos surcos por necesidad, con el genio de ayer, de siempre.
Soñé con Werner Herzog, hablándome de nuestra civilización. Una frase afilada como una hoja de afeitar: “Nuestra civilización es como una delgada capa de hielo sobre un profundo océano de caos y oscuridad”. Lapidario el director de cine alemán. Anoche recibió un premio de las manos de otro monstruo sagrado del cine, Francis Ford Coppola. Ambos tocaron el cielo y penetraron los abismos del mal, Fitzcarraldo y el coronel Kurtz estrechan amistad en una Serenísima envuelta por el silencio y las protestas. Las guerras y el dinero son los reales protagonistas.
Treinta años es una generación, mucho tiempo.
Empezamos a hablar entre amigos, no es fin de año, pero se hacen balances. Menos cabellos y pocos amores. El viento de agosto que aleja una estación y trae a otra. Son antípodas geográficas y antípodas de nuestras memorias, de nuestra frágil memoria desmemoriada. Nos acostumbramos al olvido como a una necesidad fisiológica. Las arrugas sirven de guías para nuestro imaginario y nuestras veniales mentiras. La sobrevivencia es un arte.
Cuantas veces nos sentamos a pensar del pasado. Mientras el presente, aquel instante que desfila como el jabón entre nuestras manos moldea nuestra respiración, decide nuestro espacio, ordena nuestro tiempo.
Treinta años y a la par del paisaje se transforman los cuerpos, cambian los hábitos, también los vicios y las virtudes. Irreconocibles el anciano campesino aburguesado y el ciudadano que se fue a vivir al campo. Tan bien se reflejaba esta metamorfosis en la poesía de Arthur Rimbaud: “J’ai horreur de tous métiers. Maître et ouvriers, tout paysans ignobles. La main à plume vaut la main à charrue. – Quel siècle! – Je n’aurai jamais ma main”.
Aristotélicos, cambiantes y efímeros, así podríamos resumirnos. Semejantes a las líneas geológicas en una piedra, los círculos en la concha del mar y a los anillos del tronco de un árbol, nuestras arrugas marcan esta irrefrenable transformación. El lenguaje y el cuerpo maquillan y camuflan el tiempo que solo por un instante es el presente.