90 hombres tontos presos

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El largo brazo de la ley ha alcanzado en 2022 a casi todos los feminicidas que en ese año cometieron este delito, es lo que ha informado oficialmente la Fiscalía. Es, sin duda, una noticia poco usual e importante y, además, poco resaltada en los medios que suelen centrarse en la víctima y no en el victimario.

El año que acabó se han registrado 94 feminicidios, la cifra más baja en los últimos años en Bolivia, donde cada año el promedio de asesinatos a mujeres por el hecho de ser mujeres ha sido de una cada tres días. 113 casos el 2020 y 108 el 2021, una tendencia positiva que ojalá se mantenga y profundice.

Lo interesante del caso es que de 94 feminicidas 90 han sido identificados y detenidos, mientras que tres murieron. Es decir que casi la totalidad de estos hombres tontos están hoy en el horroroso entramado judicial boliviano. Les digo tontos, no con afán de ofender (que se lo pueden merecer perfectamente, pero con otros calificativos más fuertes) ni de restarles responsabilidad mental en sus actos; sino que intento plantearlo desde lo inconveniente de su situación, a ver sí así alguno abandona la idea de replicar malos ejemplos que también van en contra suya: se arruinaron la vida pensando que matando a sus mujeres hacían algo…, ¿qué pensaron?

Las razones de fondo del feminicidio también se han tratado de buscar desde varios estudios realizados sobre feminicidas y éstas tienen que ver con el orgullo: “A mí nadie me habla así”; el honor: “Me ha faltado al respeto”; el sentido de propiedad sobre otras personas: “La maté porque era mía”; el mandato social patriarcal de actuar de determinada manera: “Qué dirán de mí los demás” o “es lo que un hombre de verdad debe hacer en estos casos”.

En fin, no todos estos son delincuentes conocidos o maleantes redomados, son hombres violentos que han matado a mujeres, la mayoría a sus parejas o ex, y hoy están presos y pasándola mal. Qué estúpidos, ¿por qué no sólo romper la relación y empezar una nueva vida?

Las películas sobre cárceles en países del primer mundo tergiversan bastante la realidad de las prisiones bolivianas, pese a que se han hecho varios trabajos periodísticos y documentales sobre cómo son por dentro y las penurias que pasa quien llega allí, si no tiene dinero. No es fácil sobrevivir en ese espacio y es absurdo caer tras las rejas habiendo podido evitarlo.

No tiene sentido el dolor que han causado a sus propios hijos (132 niños en 2022), que quedan en los hechos huérfanos de madre y padre, a la familia de la víctima, a su propia familia y a sí mismos. En la cárcel no se paga sólo el crimen cometido, también se pasa a ser sujeto sobre los que se cometen otros crímenes, como mínimo el del chantaje y robo, luego están las otras violencias.

En las cárceles bolivianas, según un sinnúmero de denuncias y publicaciones en medios que se pueden encontrar en internet, quien tiene dinero puede entrar y salir con pretexto de ir al médico, además de tener ciertas comodidades y servicios o que le visiten en cualquier momento; pero nunca estará tan cómodo como en casa.

Quien no tiene dinero, para comer debe trabajar para otros, como lavarles la ropa; para tener un sitio donde dormir debe pagar un alquiler, para recibir atención médica debe pagar por ella. Son significativas las muertes de reclusos por enfermedad antes que por violencia en las cárceles bolivianas, como San Pedro.

90 hombres detenidos y con procesos penales en distintos niveles de avance, 24 ya con sentencia como feminicidas, según informes oficiales. Se podría decir que es un logro de las autoridades que atienden estos casos, pero es mucho mayor el logro de la presión que sobre ellas se hace desde movimientos feministas y sociales para que haya justicia en los casos de violencia machista.

Hay menos cifras de feminicidio y más feminicidas presos, así se comienza mejor el año. Ojalá sea porque hay ciertos cambios en la sociedad, especialmente en los mismos varones.