1532: hora cero

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No debería ser motivo de asombro. En los Andes la conmemoración de los 500 años de la conquista española aún no ha llegado. La hora cero para nosotros no es 1492, sino 1532, en particular aquel 15 de noviembre, en el que, algo menos de 200 “siervos” armados, provenientes de Centroamérica, arribaron al valle de Cajamarca, hoy Perú, bajo las órdenes del capitán iletrado Francisco Pizarro.  El hombre, cuya leyenda jamás rozaría la de Hernán Cortez, estaba a horas de lograr lo que ninguno de sus hombres se atrevía a aconsejar: el secuestro de Atahuallpa y la consiguiente capitulación del imperio más consolidado al sur de la línea del Ecuador. 

Hoy sabemos, en parte por los estudios de Matthew Restall (2002), que los invasores portaban crucifijos, cañones, espadas, algunos mosquetes, pero sobre todo pergaminos de la Corona de Castilla, en los que se anticipaban nombramientos, cuya vigencia corría por cuenta de los portadores. De su musculatura dependía que éstos se confirmaran en la realidad. Restall se niega a llamarlos “soldados”. 

Se trataría de “empresarios en armas”. El oro era, sin duda, uno de sus estímulos viajeros, pero en realidad, más que fortuna, los criados de Pizarro aspiraban a pertenecer a una casta, un segmento de economía holgada, que les dotara de cuotas altas de respeto en la futura sociedad colonial americana. 

La corona no pudo, en aquel distante siglo, organizar un verdadero ejército colonial, como los que conocimos dos centurias más tarde desembarcando en África o Asia, bajo bandera británica o francesa. Los hombres de Cajamarca llegaban en harapos para convertirse en hidalgos. 

Cuando, al mando de la primera avanzada de 15 acorazados, Hernando de Soto arribó montado en su caballo ante la presencia del Inca, éste ni se inmutó. Queda descartada aquella imagen de pavor a la que nos acostumbraron los profesores de historia. Para admiración de los propios cronistas o testigos, autores de las famosas “probanzas”, en las que se documentaba cada hazaña, Atahuallpa miró con cierta indiferencia a los forasteros cubiertos de metales y erguidos sobre esos novedosos animales de carga. 

Pese a las pesquisas entorpecidas por el peso de los siglos, es difícil saber hoy qué plan urdieron los incas tras recibir con chicha y gestos de desdén a ese puñado de conquistadores. ¿Fue la curiosidad lo que impidió la ejecución sumaria de los forasteros? La correlación de tropas era infinitamente favorable para los locales. 

La hipótesis de que los amerindios cayeron cándidamente en la emboscada de los peninsulares ha perdido asidero hace años. Aquel era el encuentro entre dos jefes militares y los dientes apretados fueron la norma desde el inicio. 

Lo que sí está documentado es el plan de los europeos. Pizarro siguió el manual de Cortez, capturar la cabeza para precipitar el caos y poder pescar en río revuelto. Al día siguiente, la plaza de Cajamarca se convierte en el escenario deliberado de la primera masacre. Tras aquel célebre momento de incomprensión recíproca entre Pizarro y Atahuallpa, los barbudos desencadenan una carnicería desde los lomos de sus caballos.  Su objetivo es tomar preso al monarca quechua y lo consiguen. En el camino dejan una alfombra de cadáveres y el primer trauma, cuyas ondas seguirán siendo amplificadas por los siglos venideros, subrayando la pretendida eficacia de una banda de mercenarios infiltrados en tierra ajena.

1532 es la hora cero de la conquista y Cajamarca, su epicentro. Muchas claves de lectura están esperando a que nuestros ojos distantes rellenen los vacíos. La principal incógnita no tiene que ver con la espuria superioridad bélica que otorga el montarse en una bestia para acomodar dentelladas de acero. Los incas pudieron, desde el primer día, contrarrestar el truco, jalando a los españoles hacia las montañas, desde donde el azote de sus hondas resultaba inclemente. Los mapuches y los pieles rojas, en los profundos sur y norte de América, demostraron cómo tales ventajas se podían convertir pronto en rutina de resistencia. 

La incógnita queda entonces en otra parte. Lo que corresponde desentrañar es cómo una minoría densa y altamente motivada es capaz de penetrar los intersticios íntimos de una sociedad para volcarla en su contra y dominarla. Lo que los conquistadores desarrollaron no fue tanto un ejército como un comando de mimetización que actúa como revulsivo al amparo de resortes afines, pero siempre extraños. 

Tras el ahorcamiento de Atahuallpa, previo bautizo con nombre cristiano, la tropa de Pizarro avanza hasta el Cusco, cargando un nuevo inca a cuestas. Muchos dicen que designaron a una marioneta, pero aquel muñeco terminó convertido en el cabecilla del primer levantamiento indígena del sur. Pacto, traición y pacto.

Rafael Archondo es periodista