Franco Gamboa Rocabado/ Para Inmediaciones

Las relaciones internacionales entre Estados Unidos y América Latina han sido siempre de tensión, indiferencia, resistencia, mutua crítica, cooperación, rechazo, resentimiento y admiración. No es posible olvidar nuestro pasado histórico pero tampoco es viable reescribir todos los perfiles de las influencias recíprocas que se han generado entre América Latina y el mundo estadounidense.

En su libro, La Diplomacia, Henry Kissinger, ex Secretario de Estado de 1973 a 1977, explicaba que la política exterior estadounidense fue – y todavía es – la combinación de dos actitudes contradictorias. La primera muestra que la mejor forma en que los Estados Unidos sirven a sus valores es perfeccionando la democracia dentro de su país y actuando como faro para el resto de la humanidad. La segunda, que los valores de su nación le imponen a los Estados Unidos la obligación de expandirlos por todo el mundo. Ambos puntos de vista se convirtieron prácticamente en dos escuelas: la de los Estados Unidos como ejemplo democrático y aquella escuela donde los Estados Unidos son un poderoso soldado en campaña que coloca el puntal de la democracia en los lugares donde ésta aún no existe o se encuentra en peligro de desaparición.

Más allá de considerar que ambas escuelas son solamente discursos estratégicos de un conjunto de lógicas más pragmáticas e imperiales, Kissinger creía que la historia diplomática estadounidense es, además, una experiencia de articulación entre utopías y acciones de intervención que deben enfrentar con mayor intensidad la diversificación y la multiplicidad compleja del escenario internacional.

Frente a este panorama, el problema de la soberanía estatal en América Latina y en otros países del mundo se presenta como un espejo de doble cara: por una parte, aparece la utopía de los Estados libres y con plena autodeterminación, capaces de irradiar internacionalmente el orgullo de una nacionalidad y una identidad irrepetibles. Por otro lado, cualquier país está forzado por las circunstancias a tener una imprescindible vinculación diplomática con los Estados Unidos, el país más fuerte del hemisferio, de quien se espera benevolencia, dádivas comerciales y cooperación militar para no atomizarse en un contexto histórico cada vez más internacionalizado y difícil, en el cual muchos países pueden fácilmente ser descartados o inclusive agredidos, sin la más mínima contemplación.

Este ensayo reflexiona sobre cómo los Estados Unidos han perdido terreno para vincularse con América Latina de una manera más productiva, pues simplemente reprodujeron una dinámica tradicional donde reina un exceso de desconfianza y donde se debilitó el multilateralismo, entendido como una búsqueda para aplicar principios democráticos y reflexiones sobre el institucionalismo en las relaciones internacionales. Tanto Estados Unidos como América Latina necesitan aspirar a la creación de una sociedad de Estados, sin borrar las fuerzas legítimas y la soberanía de cada una de sus naciones pero fomentando un conjunto de pactos entre Estados considerados iguales, cuyo propósito final esté afincado en la cooperación que facilite el éxito del conjunto de Las Américas frente a Europa, Asia y África.

La consulta en materia de política exterior

La agenda de la política exterior latinoamericana también se encuentra barnizada de una mezcla entre utopías y pragmatismo explícito. La ilusión utópica de mantener una soberanía incólume o tomar una decisión pragmática para someterse a los Estados Unidos, está sujeta al logro de buenos resultados. Este vaivén político sirve para explicar por qué es necesario reconstruir las relaciones diplomáticas con los Estados Unidos, a pesar de tantos conflictos como las relaciones comerciales siempre desiguales en los Tratados del Libre Comercio, o la reproducción del atraso económico y la pobreza, después de haber aplicado religiosamente los términos del Consenso de Washington en la década los años noventa.

Estados Unidos es un actor fundamental en Las Américas, gozando todavía de gran hegemonía, aunque sin otorgar mayores beneficios para América Latina. Por lo tanto, el objetivo de una nueva agenda exterior entre Estados Unidos y América Latina está muy claro: se precisa de dicha potencia para aprovechar futuras ventajas, así como es mejor lograr una buena predisposición en todo el continente para soportar el peso competitivo que viene de India, China y la Unión Europea. América Latina debe revertir el estigma del estancamiento y la identidad de una región que no puede superar la pobreza, tratando de mostrar al mundo que su democracia política es un valor susceptible de convivir con nuevos patrones de crecimiento económico y estabilidad realmente duraderos.

Estados Unidos está dejando de ser la vieja potencia intimidante y hegemónica que antes reclamaba. De hecho, la imagen estadounidense en el concierto mundial ha caído a su más baja expresión, sobre todo por el monumental espionaje internacional que impulsó en su guerra frenética contra el terrorismo islámico, los casos de tortura perpetrados por la CIA, y la violación de los derechos humanos junto al persistente racismo que terminaron por convertir a la democracia estadounidense en una parodia de mal gusto.

Asimismo, Estados Unidos es un ídolo caído y decepcionante porque su régimen democrático terminó siendo una plutocracia incapaz de transformarse más allá del racismo y la protección de las élites económicas más poderosas, especialmente después de la crisis financiera de 2008. Esta incapacidad hace que su política exterior deba reorientarse hacia un perfil tolerante que deje de lado cualquier prejuicio y renuncie a ser un supuesto ejemplo para el resto de Las Américas. Estados Unidos no es un ejemplo para nada. Por esta razón, su conducta internacional se tornó flexible y práctica con el fin de reestablecer las relaciones hacia Cuba y así conectarse con todas las soberanías estatales del continente, en un horizonte de igual a igual.

Es importante reimpulsar la confianza en el multilateralismo que refuerce la colaboración, confianza y recíprocos compromisos entre Estados Unidos y América Latina, lo cual debe otorgar a las partes involucradas los mismos derechos y obligaciones. En materia económica y visiones políticas de largo alcance, los pactos multilaterales tendrían que considerar, tanto los litigios o desventajas entre las partes involucradas, como la eventualidad de sus alteraciones, estructurando diferentes mecanismos para restablecer el orden, regular discrepancias y reinsertar la imagen de Las Américas como una potencia regional en el siglo XXI, capaz de enfrentar a otras potencias emergentes, especialmente China e India. Todo esto ayuda a aumentar la interdependencia y esperanzas mutuas entre los Estados Unidos y América Latina.

Situaciones lamentables como el golpe de Estado en Honduras en el año 2009, la crisis financiera internacional, los problemas políticos luego de la defenestración del presidente Fernando Lugo en Paraguay en 2012, y el retorno de posiciones de izquierda que cuestionan los patrones de desarrollo orientados hacia el mercado y las instrucciones de los organismos multilaterales de financiamiento, confirman una vez más la franca imposibilidad de pensar una nueva política exterior ─ y menos formular una política exenta de las directrices provenientes de los Estados Unidos ─ a partir del consenso interno en las sociedades civiles latinoamericanas.

Los movimientos indígenas en Bolivia y Perú, la inseguridad ciudadana en las grandes metrópolis como el Distrito Federal de México, Buenos Aires, Rio de Janeiro, los abusos del narcotráfico en Colombia y la gran insatisfacción con los magros resultados del Consenso de Washington en materia de ajuste estructural ligado al mercado internacional, expresan que las influencias de los Estados Unidos en América Latina generaron más daños que beneficios.

Los resultados negativos de las políticas recomendadas por el Consenso de Washington generaron una serie de conflictos en América Latina, afectando sobre todo el concepto de solidaridad entre las naciones. Cuando las políticas de mercado comenzaron a desprestigiarse, mostrando consecuencias contrarias a la democracia y al combate contra la pobreza, el multilateralismo desapareció y no pudo ser utilizado por los Estados Unidos como un instrumento para proteger una sociedad internacional en Las Américas porque rebrotó la inestabilidad económica, las amenazas a la paz con el narcotráfico y la inseguridad de todos los Estados que no sabían cómo reorientar los acuerdos políticos y económicos con los Estados Unidos, en función de recuperar las fuerzas como un bloque regional de manera solidaria, especialmente cuando se hablaba de erradicar la pobreza en toda América Latina.

Los viajes constantes de casi todos los presidentes latinoamericanos hacia Estados Unidos, muestran cómo los asuntos exteriores dependen de las decisiones tomadas por cúpulas partidarias, élites empresariales y el gusto o disgusto de los jefes de Estado. Las sociedades civiles latinoamericanas están totalmente al margen del diseño de la política exterior, pero soportan bajo sus hombros las consecuencias negativas del orden internacional. Toda explosión de conflicto interno, como levantamientos o cuestionamientos a las políticas gubernamentales, constituyen también señales de crítica hacia las decisiones en materia diplomática, sobre todo cuando éstas afectan el desempeño económico, perpetuando el estancamiento.

Reconstruir la agenda exterior entre los Estados Unidos y América Latina, implica la posibilidad de debatir y consultar con la sociedad civil cuál podría ser el curso de los futuros acuerdos en materia de participación del sector privado en el desarrollo, inversión extranjera directa, lucha contra el narcotráfico y control en los flujos de dinero de la cooperación internacional que, en teoría, buscan combatir a la pobreza.

La idea no es presentar la imagen de buena conducta ante los Estados Unidos, sino una cara democrática donde se fortalezcan los valores de participación interna y se los exporte hacia una nueva estructura de equilibrios internacionales. El acercamiento y la confianza entre los Estados Unidos y América Latina requieren de otro enfoque concentrado en el consenso democrático y la consulta ciudadana para fortalecer la estabilidad interna, como un nuevo prerrequisito de legitimidad internacional.

Compartir previamente con la opinión pública la posibilidad de lograr una estrategia para negociar con los Estados Unidos, en función de proteger varias reformas estatales, las inversiones conseguidas y proyectar una imagen de democracia participativa en los asuntos internacionales, significa superar las viejas estrategias de política exterior, caracterizadas sobre todo por temores, suspicacia, soberbia y el desaire absoluto hacia las sociedades civiles nacionales.

Un nuevo acercamiento con los Estados Unidos no implica repetir las consignas sobre el imperialismo. Esto ya no tiene sentido histórico ni es eficaz, sino que ahora se trata de construir una actitud política que deje de desconfiar en la posibilidad de efectivizar el consenso interno con las sociedades civiles, respecto a las principales orientaciones en las relaciones con los Estados Unidos o las potencias de otros continentes.

Conseguir consenso interno para una política exterior soberana y realista, exige la articulación de tres factores. Primero, aceptar la transnacionalización de las sociedades civiles latinoamericanas, donde es vital incorporarse competitivamente a los sistemas de mercado mundiales. Segundo, asumir que en los sistemas democráticos de América Latina, todas las decisiones sobre los asuntos externos deben legitimarse, de modo que la política exterior enfrente los mismos procesos de consenso y diálogo que requieren las políticas públicas internas.

En tercer lugar está la continuidad democrática que estamos construyendo, a pesar de difíciles rupturas como las crisis de Honduras, Paraguay, Perú, Bolivia, Cuba y Venezuela, donde deben fortalecerse las instituciones y, por lo tanto, identificarse metas más allá de un período gubernamental. Esto es importante para la política exterior con los Estados Unidos. Por lo tanto, es fundamental encontrar alternativas que hagan de la continuidad en la política exterior una estrategia y no un objeto de escándalo o cálculo estratégico de las élites latinoamericanas, cuyo sentido común o ignorancia puede llevarlas al fracaso.

La hiedra sin centro

Si bien América Latina está en la esfera de dominación regional de los Estados Unidos, el contexto internacional es tan complejo que, al mismo tiempo, nos enfrentamos a la fragmentación y la multiplicidad. Por lo tanto, la metáfora de la hiedra es una forma de representar el molde de la multiplicidad y la fragmentación del sistema internacional: la ausencia de un solo esquema original, pues es imposible inventar la pólvora todo el tiempo en la era de la globalización del Siglo XXI.

Los Estados Unidos, aun con su poderío militar y económico, se convierten en una parte y solamente en una posibilidad al trepar y deslizarse por la hiedra. Ésta se encuentra en una multiplicación incesante, donde no necesariamente existe un solo centro, sino que la expansión de la hiedra es una especie de nuevo significado en la política exterior donde deben abrirse múltiples puertas de manera continua e ilimitada, reinsertando la necesidad de aprovechar los beneficios del multilateralismo. Así crecen muchos elementos interconectados con significados múltiples.

Esto convertiría a las relaciones internacionales en un espacio de maniobras más difíciles y caóticas. El enorme crecimiento de los mercados y la información sobre la realidad, obligaría a la política exterior a dejar de entender las relaciones con los Estados Unidos como el trayecto único y definitorio para cualquier decisión, sea en materia de inversiones extranjeras, derechos humanos, protección del medio ambiente, desarrollo sostenible e interdicción y lucha contra el narcotráfico. Hay que abrir las perspectivas y abandonar la lógica de considerar a América Latina como una víctima inocente  de los Estados Unidos.

En consecuencia, las acciones gubernamentales tienen que concertar internamente en cada uno de los países algunos puntos de la agenda exterior, así como imaginar una manera eficaz para encarar la hiedra; es decir, descubrir otras alternativas además del polo dominador estadounidense que es un eje poderoso en las redes internacionales pero, en el fondo, dejó de constituir el único eje central.

Una de las políticas que América Latina debe redefinir por completo, yendo más allá de las relaciones con los Estados Unidos, es la lucha contra los Carteles de la droga. Hasta ahora, el enfoque diplomático de Guerra Contra el Narcotráfico, solamente se convirtió en un juego publicitario que lo han aprovechado muy bien los medios masivos de comunicación. El show del narcotráfico justifica la presencia militar de Estados Unidos en la región, sin contribuir en absoluto a detener el negocio ilícito; contrariamente, los medios de comunicación tienden a fomentar la visión única donde América Latina asume el papel de mártir débil, sin la capacidad para depurar su liderazgo internacional.

Debemos afirmar que los Estados Unidos, lamentablemente, carecen de voluntad política para combatir el flagelo del narcotráfico por vías no militares y violentas. Esto destruye constantemente el prestigio estadounidense ante diversos sectores de la opinión pública en América Latina. Tal desprestigio fue aprovechado por Brasil para impulsar su nuevo liderazgo regional, a partir de su fortaleza económica junto con la incursión de nuevos lazos diplomáticos provenientes de China, Rusia e incluso Irán – fruto de los acercamientos iniciados por Hugo Chávez en Venezuela y Evo Morales en Bolivia – que van penetrando en América Latina y mostrando la crisis hegemónica en la que se encuentra Estados Unidos.

Reinventar las relaciones entre América Latina y Estados Unidos, debe fomentar el multilateralismo, caracterizado por el respeto a la soberanía de los Estados. Los problemas relacionados con un desarrollo económico más equitativo en la región, el fortalecimiento de la seguridad internacional para destruir por completo al narcotráfico y al crimen organizado, tiene que hacernos repensar que el orden mundial exige mejorar las capacidades de gobernabilidad y certidumbre, a partir del impulso de relaciones multilaterales. En una perspectiva optimista, esto se puede entender como una oportunidad para la integración regional; es decir, la posibilidad de que América Latina y Estados Unidos construyan una sociedad internacional o comunidad de naciones, contribuyendo al funcionamiento más eficaz de la soberanía política entre Estados libres de pobreza, violencia y desconfianzas.

Por último, de acuerdo con el Departamento de Estado de los Estados Unidos, el hemisferio occidental es el destino de aproximadamente el 42% de las exportaciones estadounidenses, más que cualquier otra región en el mundo. Desde 2009 hasta la actualidad, las exportaciones de bienes estadounidenses al hemisferio occidental se incrementaron en más de 200 mil millones de dólares, el equivalente a un 46%, hasta alcanzar casi 650 mil millones de dólares que sustentaron casi 4 millones de empleos en Estados Unidos en el periodo 2011-2015. De hecho, las exportaciones estadounidenses al hemisferio occidental aumentaron más de un 20% entre 2010 y 2017, sobrepasando el crecimiento en exportaciones a cualquier otra parte del mundo, con excepción de África. América Latina se beneficia enormemente del comercio con los Estados Unidos, aunque este país ha hecho todo lo posible por bloquear la legalización de los inmigrantes, sobre todo centroamericanos y mexicanos. Las relaciones económicas marchan adelante pero la confianza y la integración están llenas de decepciones. Estados Unidos tiende a actuar como un socio discriminador y abusivo, tal como lo atestiguan sus acciones en la invasión de Panamá en 1989 y la guerra contra las drogas.

Con motivo de la Cumbre de las Américas en abril de 2012, el ex Presidente, Barack Obama, dijo fervientemente que las Américas son su casa, al igual que Estados Unidos es la casa de decenas de millones de hispanoamericanos que aportan contribuciones extraordinarias diariamente. Los retos evidentes que todavía persisten, son la desigualdad económica y la pobreza extrema, incluida la violencia causada por los narcotraficantes y las pandillas. Estos son obstáculos que aún impiden a demasiada gente encontrar trabajo y oportunidades en los Estados Unidos, aunque olvidó decir también que son los Estados Unidos quienes se esfuerzan por agigantar las distancias con América Latina. Así, el escenario está listo para el ingreso tranquilo de China, India o Rusia.


Franco Gamboa Rocabado es Sociólogo político, doctor en gestión pública y relaciones internacionales, miembro de Yale World Fellows, franco.gamboa@aya.yale.edu

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