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Víctor Paz Estenssoro

El comentario sintetizado de varios políticos (“Víctor Paz Estenssoro fue pragmático”) ha distorsionado el principio de este gran hombre: “Como nos importaban los resultados, nos situamos lejos de toda ortodoxia”. Bien sabemos, la señora ortodoxia es un férreo chaleco de fuerza con el que los dogmáticos de la religión, de la política y de cualquier simple pensamiento aprisionan su cabeza. El dogma, a su vez, es idea inamovible, inmune al derrotero de eterna construcción de la verdad.

En 1952, Víctor Paz Estenssoro supo liderar la llamada Revolución Nacional, cuando Bolivia dio, por fin, un vuelque completo de panqueque: el voto universal, maravillosa medida capaz de frenar a sectores rosqueros y oligarcas; la reforma agraria, sustentada en un nuevo principio para detentar la tierra: el trabajo; la nacionalización de las minas, para que la riqueza generada se quede en su lugar de origen y no viaje al extranjero; la educación universal, para establecer un pie de igualdad ante la vida, sus oportunidades, sus placeres, entre los bolivianos del campo y de la ciudad. Con estas cuatro esenciales medidas, es justo afirmar que nuestro país abandonó la Edad Media latinoamericana y buscó el camino a la llamada modernidad. Sin embargo, no fue así. Muy pronto, en 1964, el proceso se vio interrumpido por dieciocho larguísimos años de militarismo continuo, apenas salpicados por manotazos civiles (Guevara, Gueiler) propios de ahogados. En 1985, Víctor Paz Estenssoro inició su cuarto (último) período de gobierno. En esos cortos cuatro años, mucho gracias a los votos de ADN, el MNR, con él de cabeza, asumió el reto de reorganizar la economía (25.000% de inflación) a través de una nueva política económica, volvió a regir la institucionalidad, el predominio de la ley, y Bolivia, que parecía agonizar en la miseria y desconcierto, retornó a la carretera del desarrollo bajo preceptos distintos a los del 52. Claro, también el ancho mundo había cambiado y el presidente comprendió que debía responderse a ese contexto: “No pude realizar todo lo que quería o debía, pero por incompleto que sea lo que hice, tiene un valor: haber detenido el alud inflacionario y colocado el país en el camino de la modernidad”. Fue la segunda vez que nos pudo posicionar en el camino correcto. “Creo que actué con realismo, de acuerdo con las condiciones objetivas de cada período”. A esas lecturas agudas de la realidad nacional y mundial llaman “pragmatismo”. No es eso: diría, más bien, que es sabiduría.

Él no hubiera permitido que se confundiera su voz con la voz de la historia. Fue muy modesto, como también austero. Pero bien pronto en su vida se vio involucrado en temas del Estado: cargo humilde en el Banco Nacional, dactilógrafo/redactor de actas en la cámara de diputados; pronto, siempre debido a su brillante intelecto, eficaz presidente del Banco Minero, diputado (“socialista independiente”), vicepresidente de diputados, ministro en varias ocasiones. Nacido en 1907, perteneció a aquella generación que combatió en el Chaco con ojos espantados ante un mundo nuevo (horroroso y bello), que volvió curado de espanto de las trincheras, maduro debido a tanta muerte, con la voluntad firme y necesaria para transformar su realidad y convertirla en una república de verdad. Lo hizo dos veces, aunque insistió desde 1935. Las grandes medidas rescatadas por la historia político/social boliviana llevan el sello de su personalidad y visión. Son cerca a cincuenta los años de vida nacional que se beneficiaron con su inteligencia y tino. Ahora está más fácil advertir todo su aplomo, coherencia y gran lucidez desplegados, pero por entonces se lo intentó detener, disminuir, tergiversar y hasta eliminar debido a su choque frontal contra la rosca minero/feudal. Fue reconocido y admirado en Bolivia y el mundo, por grandes políticos e intelectuales, por artistas, por académicos y deportistas.

En 1997 tuve oportunidad de visitarlo en San Luis, su domicilio, en compañía del Dr. Eduardo Trigo O’Connor d’Arlach. Nos salió pronto un perro al galope ladrándonos, pero también nos alcanzó su voz desde el umbral: “No se preocupe, Lema: es de protocolo, no de seguridad”. Fue mi primer contacto con el hombre más inteligente que he conocido. A partir de entonces, aunque por brevísimo tiempo, tuve la suerte de conversar con él por teléfono, tres veces. La última, en víspera de su muerte (2001). Luego, la inconsolable ausencia.

Víctor Paz Estenssoro, ya distante de la política, hablaba de variedad de temas con magnífico dominio. Siempre supe que las novelas literarias seguían siendo la mayor tentación de su vida.

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