Un decreto desgraciado

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El Decreto Supremo de la presi que penaliza las expresiones informativas y ¡artísticas! que «atenten contra la salud o generen desinformación ante la pandemia» , es una mierda porque con eso cualquier cosa que digas es suceptible de cárcel. Cualquier cosa.

Imagínense que soy un escritor. Digamos que se me ocurre hacer un cuento y publicarlo en mi face. Supongamos que soy un maestro del realismo mágico y me imagino la historia de unos personajes que habitan en un pueblo de los andes y que descubren que la mejor manera de prevenir el contagio de coronavirus es teniendo sexo anal. Y así, el pueblo entero se va sodomizando y son los únicos sobrevivientes de la extinción planetaria. Todo porque les gusta meterse cosas por el culo. Voilá. Con eso gano el Príncipe de Asturias.

Ahora imaginen que soy boliviano y publico mi cuento en plena cuarentena y bajo este gobierno. Supongamos que el cuento lo lee un Orinoca Warrior que sabemos que no sabe escribir, imagínense que encima le pidamos que entienda el concepto de parodia. Tal analfabeto funcional, que nos sobra en esta patria, puede interpretar el cuento como algo literal y denunciarme por desinformación ante la peste amparado en el estúpido decreto del Gobierno.

Me cago. Conociendo las veleidades que tiene este régimen por la persecución y el uso de las fuerzas coercitivas, puedo tranquilamente acabar en Chonchocoro para delicia de sus residentes que seguro han de haber leído mi cuento y van a querer probar conmigo la cura al coronavirus. No me jodan. Mejor no escribo mi puto cuento porque en este país y con esa ley del orto, no se puede decir ni la maldita mierda porque vas preso. ¿Entienden de qué se trata todo este despute? Es puro control y censura de la libertad de expresión. Peor cuando se incluye en esta paja a las «expresiones artísticas»

Ante tales ambigüedades y abusos de poder, el objetivo incuestionable de este decreto es amenazar, meter miedo, silenciar y evitar la disidencia. No puedes decir nada, ni periodística ni artísticamente, sin ser plausible a ser acusado de cometer un delito. Los únicos felices con esto van a ser los periodistas que les gusta cocinar y bailar en vez de informar y los artistas «contemporáneos» que se pintan de dorado el pezón izquierdo y dicen que están haciendo feminismo radical. Claro, estos pelotudos, igual nunca dicen nada, la ley les va como anillo al dedo. ¡Qué desgracia más grande!