Maurizio Bagatin

No sé si todo inició con aquel mundial del ’42, el Mundial olvidado, el Gordo Soriano no está aquí para dejarnos testimonio. Y si estuviera me puedo solamente imaginar lo que nos contaría: que esta vez el chauvinismo fue derrotado por el ego, que Gardel y Cortázar no se están peleando, porque nunca lo hicieron, nos contraria que uno camuflado de axolotl pasea por el Jardín de Luxemburgo y ya no espanta ni a Houellebecq, y el otro estará en un Barrio Latino esperando a Sartre, para invitarle un café pidiendo que le vaya confesando cual es el gran dilema de este juego hecho de poesía y sacralidad, poesía por sus narradores y sacralidad por sus fanáticos. La pelota es la vida. La pelota es el circo de los malabares que vio Fellini, son las tentaciones que sintió Heidegger, las astucias que saborearon Camus y Pasolini. Un cuento y un tango. Hoy es el Gato Diaz que ataja el penal más largo del mundo, es el psicoanálisis a lo grotesco y a la belleza: “El heladero que vende sus paletas de crema en el Complejo Fabril y que al terminar del partido se nos acerca tocando su trompeta, nos muestra los abigarrados colores, nos indica los sabores, insiste con educación y se va mostrando apenas la camiseta blanco celeste de Argentina bajo el delantal…”.

Y en los malabares, en las tentaciones y en las astucias está el milagro del futbol. Le debemos solo esto, el espectáculo que retorna a ser juego, la inocente evasión que se aleja del disfraz, solo juglares, poetas y trovadores, un duelo entre Esparta y Atenas, Sferomachia, una pausa durante la construcción de la muralla China, Tsu-Chu, una prueba de honor en el Japón imperial, Kemar, un impulso antes de un sacrificio para los aztecas, Tlachtli, el entrenamiento de los guerreros romanos frente al Tiber, Harpastum. Disciplina, emoción, entrenamiento y poesía.

Imagen: Una cancha de futbol en Kenia y el afiche de Il Mundial dimenticato.