Maurizio Bagatin

Leo a Juan Rulfo en la soledad que el polvo deja detrás de sus entrañas, mientras encuentro la inocencia de un niño, y en las fabulas logro detener la mueca de la muerte, mientras recibo y ofrezco la contemplación de la compasión. Adentro de esta orgia perpetua que es la palabra. Sobre Tirinea escribiré algún día más y más, veré al fin la traducción de las páginas que ya empecé, no son poesía, por cierto, y tampoco ningún canon político.

A mi tío no le gustaba el arroz. Cuando veía en el plato un risotto o i risi e bisi, típicos de Venessia, empezaba a sudar, a veces era sudor frio, otras veces caluroso. Siempre era este estado de ánimo que no lograba ocultar su enfado; había también una peor ocasión, y era cuando con el arroz en la mesa encontraba la botella de agua. Entonces su enojo lo llevaba a la calma. Miraba a su alrededor y con su voz firme, ni alto ni bajo el tono, sentenciaba: “¡El arroz se cultivó durante muchos meses bajo el agua, y con el arroz se debe tomar vino sino uno se ahoga!”.

El bar fue el centro cultural de mi generación. Ahí nacieron y murieron muchos sueños. Ahí te peleaste por una chica, por tu equipo de futbol, por la política de tu pobre país. Ahí entró “Supposta” (supositorio), así lo llamábamos porque era enfermero y conducía una ambulancia, quejándose de las muchas guerras, de las muchas muertes. Le dije que era suficiente cerrar las fabricas de armas y cesarían todas las guerras. Me miró profundamente y me gritó, de manera que también todos los presentes oyeran bien: “Y si se cierran todas las fábricas de armas, ¿adónde irán a trabajar toda esta gente?”.  

Caótico crecimiento urbano, periurbano y también rural. Como en el 53 con la Reforma agraria, un viaje con el dron confirmaría el despedazar mal la tierra, para luego mal distribuirla. Violencia objetiva ayer, violencia subjetiva hoy. Solo ganó el cemento.

Todo el resto es vida.