Vivimos tiempos interesantes (según la leyenda, una maldición china). El mundo de ayer se desmorona y el nuevo aún no se configura. Un pliegue entre sueño y vigilia fértil para monstruos.
En la incertidumbre hay algo claro. Se trata –por decirlo así– de realpolitik sin complejos. Atrás quedaron las volutas retóricas. Ni hablar de tratados y declaraciones de principios y valores, cuyas firmas valen menos que el papel en que se estamparon. Con el imprescindible Charly, las fábulas de amor, “se fueron desvaneciendo, como pompas de jabón”.
Por supuesto la realpolitik, el uso irrestricto y pragmático de poder para avanzar los intereses nacionales, tiene raíces profundas (es la variante política del dicho “el que puede, puede”). Ellas van más allá Bismarck, con quien se la asocia. Hobbes diría que es manifestación fiel de la naturaleza humana; aunque hay razones para dudar que la defina.
La vemos una y otra vez. Por ejemplo, en la repentinamente de moda (luego que la citara el premier canadiense) respuesta de los atenienses a los melios que exigían algo tan curioso como justicia: “los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben”. Y entonces mataron a todos los hombres y esclavizaron a las mujeres y niñas. (Quizás la mitad llena del vaso en estos tiempos turbulentos es el interés por Tucídides).
El affaire del cable chino es un golpe de la nueva realidad. Entonces: ¿cómo navegar estas aguas turbulentas (sin terminar como los melios)?
Una estrategia popular es “pasar piola”. Si se la entiende, así parece haberlo hecho el gobierno, como recurrir a la opacidad y ver si resulta sin que se note, es un error. Aquí no se pasa piola (menos con una empresa china en la lista negra de EEUU por razones de seguridad). Esta estrategia es como la de los niños que se tapan los ojos y piensan que, porque no ven a nadie, nadie los ve.
Si se la entiende como “ni lo uno, ni lo otro”, también es un error. No elegir es una elección y a veces, nos recuerda Sartre, la peor de todas. Mantenga en mente que Dante encontró a los tibios y moderados, “las gentes que vivieron sin mérito ni infamia”, en la antesala del infierno. (¿Conoce el chiste?: el fundamentalista islámico dice: “matemos a todos los judíos”; el judío responde: “no estoy de acuerdo”; el moderado propone: “busquemos un punto medio”).
La respuesta es prudencia. Siguiendo a Aristóteles el punto medio no es aritmético, como el del moderado, sino que el apropiado a la situación y al carácter. Y es adverbial: hay que hacer bien las cosas. Ello requiere institucionalidad (evaluación de inversiones según riesgo geopolítico), profesionalismo y pragmatismo.
No todo será posible. Pero la estrategia presidencial de indignación que apela a la soberanía es mucho peor (en un training de comunicación le preguntarían si quiere tener razón o ser efectivo). Ella recuerda a los melios. Y así nos iría.