Miguel Sánchez-Ostiz

Versos de Tabaqueria, de Fernando Pessoa, para esa edad del que se siente estafado con su consentimiento y aplicación, qué digo, con auténtico entusiasmo. un susto del que hay buscar curación o conjuro. Voy a asomarme a la calle a ver si pasa un ensalmador de otro siglo porque en el Ande no estoy, lástima, de lo contrario me iría en busca de un yatiri o mamauta (Edgar Arandia dixit) y buscaría remedio… a la puerta del Cementerio General de La Paz hay unos cuantos… y después me iría con Ricardo Camacho a celebrar la milagrosa curación.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones de gente que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, evidente, desconocidamente evidente,
con el misterio de las cosas por lo bajo de las piedras y los seres,
con la muerte poniendo humedad en las paredes y cabellos blancos en los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.

Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle
la fila de vagones de un tren, y una partida pintada
desde dentro de mi cabeza,
y una sacudida de mis nervios y un crujir de huesos a la ida.

Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo
a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera,
y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro.