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Sobre la hipocresía de la monarquía

Sin remontarnos a los antiguos sistemas monárquicos de Mesopotamia o del Antiguo Egipto, que para su época pudieron tener un justificativo, y en definitiva porque hace miles de años ya desaparecieron, sin duda el sistema monárquico más importante de la edad moderna fue el que cayó con la toma de la Bastilla en 1789. Hace dos siglos y más de un tercio de centuria que una convulsión social de proporciones tradujo el descontento de ya hacía muchos años, el cual, por razones políticas, pero sobre todo sociales, minó lo que el desarrollo de la edad moderna consideró como un sistema anacrónico. Y en 1792 finalmente quedó abolido ese sistema de gobierno inhumano, para enseguida proclamar la república.

Bien, pero incluso la edad moderna podría explicar este sistema medieval que solo el Siglo de las Luces se encargaría de desvirtuar, con la influencia de las corrientes intelectuales que emergieron de ese feudalismo y, con ello, las ideas de los pensadores basadas en la modernización del estado. Efectivamente, la Ilustración, que significó un antes y un después en las relaciones del Estado con los gobernados con un ingrediente notoriamente liberal en las nuevas concepciones de organización del propio Estado, inexplicablemente ha dejado estancadas o rezagadas a sociedades como las que conforman el Reino Unido, que, no habiendo sido ajeno a la emergencia de notables teóricos, no ha tenido la capacidad de sepultar la monarquía que todavía impera, como si aquel fuera ajeno al progreso de la humanidad y al paso de los siglos que hacen estéril la existencia de soberanos al estilo de los que nos narra el Antiguo Testamento.

La coronación de hace unos días del Rey Carlos III, las tediosas ceremonias, los ritos de la realeza y el dispendioso presupuesto asignado a semejante sainete, superan la burla al propio pueblo británico, el cual soporta una tendencia sostenida hacia incremento de pobreza de casi el 20% de sus habitantes, porque en realidad es una afrenta de lesa humanidad, si se tiene en cuenta que alrededor del 10 por ciento de la población mundial vive en la extrema pobreza. El despilfarro en toda esa parafernalia irrespetuosa con el mundo consciente priva a varios millones de hambrientos de comer por lo menos un día de manera digna, pero ocasiona que varios millones de indigentes sobre la tierra puedan comer lo básico durante toda su vida.

Ahora, es innegable que la monarquía británica no ejerce poderes de gobierno, porque su sistema consiste más bien en una monarquía constitucional con un gobierno parlamentario; pero ello, no es ni puede ser justificativo para mantener, por insulso, un patrimonio de la Casa Real de 1.200 millones de euros e ingresos anuales millonarios para el conjunto de la familia real, que además goza de exenciones extraordinarias y tiene indicios de corrupción en varios rubros, especialmente los que tienen que ver con la evasión fiscal.

Inaudito es que, por ejemplo, se haya tenido que despilfarrar más de 40 millones de dólares en la última boda de la Casa Real inglesa, que es el boato que el príncipe Harry de Sussex costó a la Gran Bretaña, y para luego renegar de ese sistema.

Existen tendencias defensoras del sistema monárquico, especialmente de la monarquía constitucional en el que el rey no gobierna, convirtiéndose únicamente en una figura unificadora de sus respectivos pueblos. Otros dicen que la monarquía preserva ciertos parámetros estéticos y artísticos inherentes a la cultura europea. Pero el hecho es que, sin denostar a las monarquías de la edad media o mas antes, porque esa forma de ver la vida es tan destructiva como inútil, y solo hablando de las actuales, resulta intrascendente justificar la existencia de ellas, por el sólo hecho de que en realidad no gobiernan ni deciden nada en materia de política ni interna ni internacional. Luego, surge la pregunta: ¿qué justifica su existencia? Pues evidentemente todos los escándalos que surgen en las casas reales, pero sobre todo las cantidades de dinero que se asignan a ellas —sin contar las frondosas parentelas que en línea directa y colateral tienen los soberanos, con títulos de condes, marqueses, duques, etc., que importan ingresos astronómicos con reglas de comportamiento absurdas, anulando incluso el desarrollo de todos los miembros de la Casa Real, mucho más si son “plebeyos” como ya ocurre en varios casos— demandan su desaparición. Quizá excepcionalmente se pueda excluir de todas estas fruslerías a “las monarquías en bicicleta” de Países Bajos y Suecia, pero tampoco dejan de ser un contrasentido al ritmo dinámico, pragmático y respetuoso del mundo moderno que necesita alimento para millones de hambrientos y no estrafalarios banquetes para unos cuantos.

Augusto Vera Riveros es jurista y escritor

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