Sin política educativa

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El retorno a las aulas, luego de dos años de pandemia, es un lamentable circo sin cabeza, donde los payasos improvisan a diario.

Mientras todos los países tienen políticas nacionales que se aplican por igual a la educación pública y a la educación privada, más aún en tiempos de pandemia que requieren medidas especiales y excepcionales, en Bolivia los ineptos del ministerio de Educación (y arriba, el “presidente” interino), decidieron dejar en manos de los directores de los colegios las decisiones. Emitieron vagas recomendaciones de bioseguridad que no controlarán de oficio, como tampoco controlan las “tres formas de pago” según la modalidad sea presencial, semipresencial o a distancia.

La falta de autoridad en el área de educación se traduce ya en esta primera semana de clases, en cada-quien-haga-lo-que-quiera. Los colegios particulares se limpian con las determinaciones del ministerio de Educación y hacen lo que les viene en gana.

Los comerciantes de la educación privada siguen cobrando los montos habituales de pensiones, aunque durante la pandemia han ahorrado electricidad, agua, mantenimiento de sus instalaciones y salarios de personas de servicio. ¿Ofrecerán ahora computadoras a todos los estudiantes en las clases presenciales, y medidas de bioseguridad (distanciamiento, barbijos, pruebas PCR), o seguirá todo como antes de la pandemia?

Los colegios privados siguen exigiendo a los padres de familia la compra de cinco kilos de libros de texto “nuevos” (no aceptan usados), a un costo superior a Bs 600  por año, cuando en realidad apenas los utilizan y los libros quedan como nuevos al final del ciclo escolar. Todo, para que una editorial haga su gran negocio y algunos reciban propina. 

Como una burla al gran porcentaje de la población que no tiene acceso a internet (Bolivia es de los países con mayor desigualdad de acceso) el gobierno dejó a criterio de cada quien las clases virtuales, lo que significa que virtualmente no hay clases. Los estudiantes menos favorecidos económicamente perdieron dos años de estudio, por supuesto irremplazables con esas maltrechas clases que se ofrecían por televisión, donde tanto los contenidos como la capacidad didáctica daban pena.

Me tomé el tiempo de mirar durante varios días en la gestión anterior la franja Educa Bolivia, y era lamentable. Había “profesores” que apenas sabían expresarse. Tomé notas de sus errores garrafales y de la información equivocada que ofrecían a los estudiantes, pero eso sería tema para otro artículo.

La educación semipresencial que requiere del acceso a computadoras y a internet es un chiste en un país tan retrasado en tecnología y en conectividad. Muchos años antes de la pandemia Uruguay implementó el Plan Ceibal, que maravilla por su complejidad, su amplia cobertura y su calidad de contenidos. Mientras tanto en Bolivia regalaban computadoras Quipus con la foto del jefazo (como si fuera el dueño), sin saber qué hacer con ellas. Por eso no era sorpresa encontrar en los basureros computadoras deshuesadas para vender sus partes, o aquellas 1200 Quipus nuevas, halladas en un coliseo en Vinto, escondidas durante tres años sin beneficiar a estudiantes.

Durante dos años de pandemia se hubiera aprovechado la ausencia presencial en las aulas para mejorar la infraestructura educativa, pero todo seguirá con la misma mediocridad de antes, con la peor educación de América del Sur. Nuevamente son los padres de colegios fiscales los que pintan y arreglan las aulas y los baños mugrosos, el ministerio no hizo nada.

Tiempo perdido. Mientras todos los países que se respetan mejoraron su calidad educativa gracias a una política clara desde el nivel central, Bolivia sigue en el mismo lugar, lo cual significa retroceder, puesto que la tierra no ha dejado de girar.

Alfonso Gumucio es escritor y cineasta