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Silencios

A algunos quizá pueda parecerles curioso que, en estos tiempos convulsos de pandemia, crisis económica, desastres medioambientales, interesada polarización y otras miserias humanas, lo verdaderamente revolucionario no sean las palabras sino los silencios. No tanto lo que se dice, sino lo que se deja de decir para escuchar.

El individualismo, exacerbado por las sociedades hipertecnológicas de la actualidad al extremo de que se está llegando a eliminar el diálogo dentro de las familias, atenta contra la enorme oportunidad de aprender del otro. Hoy, más que nunca, el saber se construye en equipo y no hay mayor capital humano que el conocimiento.

Por eso vale la pena reflexionar acerca de este mundo atiborrado de palabras y palabreros. ¿Se ocupa la educación de poner énfasis en el silencio, en lo valioso de administrar las palabras porque ahorrándolas uno se permite escuchar, que es tan importante como hablar? ¿Son conscientes nuestros educadores de que el fin último es lograr generaciones de aprendices que, en equipo y hablando, pero también callando y escuchando, podrán acumular un rico patrimonio de conocimiento?

Los silencios comunican. A algunos quizá les resulte extraño entender que lo que no se dice sirva, muchas veces incluso más que lo que se dice, para el objetivo de la comunicación. Cobra sentido a la hora del diálogo, que puede ser provechoso cuando al menos dos se comparten ideas y cada tanto uno de ellos abandona las suyas para atender, en recíproca generosidad, lo que su interlocutor tiene para decirle. Es, yo creo, el diálogo fructífero, surgido desde la honestidad y el desprendimiento, del respeto mutuo, que está faltando en este momento en Bolivia.

El gran problema de las sociedades polarizadas no es la polarización en sí misma (¿acaso es bueno el pensamiento único?), sino la sordera y la ceguera por conveniencia: cómo los oídos y los ojos se cierran a la posibilidad de unos sonidos y unas miradas distintas a las de uno. No es casual la cancelación de las voces que rechinan en lo más profundo de nuestra intolerancia; tampoco su proliferación —estentórea, carente del prudencial silencio y en masa— a través de las redes sociales. Esto nos puede llevar al abismo.

Es todavía pronto para analizarlo desde el punto de vista de la psicología social, pero el “fue golpe / fue fraude” está provocando un grave daño que tardará posiblemente una generación superarlo. Si lo superamos… A algunos debería sonarles por lo menos raro cómo, cuando nos conviene, hacemos un silencio sepulcral. Al mismo tiempo que unos gritan el “golpe” desde la impunidad del teclado y, después de la provocación, se sientan a esperar la respuesta del “fraude” de los otros, unos y otros eligen el silencio para, selectivamente, desconocer las injusticias ajenas. Porque la justicia siempre está del bando propio, nunca del contrario, ¿verdad?

Gramsci decía que “la realidad está definida con palabras; por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad”. La verborragia de palabras articulándose en narrativas políticas interesadas tiene hoy de compañera a la vileza del silencio de los que callan por conveniencia. No son esos silencios cómplices los verdaderamente revolucionarios, los que contribuyen al diálogo y, en definitiva, a la democracia.

Podemos ser muy sofisticados, capaces de mandar cohetes cañaverales a donde nos plazca e incluso predecir que de aquí a unas décadas nos reproduciremos de tal forma que nuestros hijos serán “perfectos” e infinitos pero, ni toda la ciencia, la tecnología y el dinero de los Bezos y cía. pueden con nuestro carácter tribalmente suicida. Esa es la polarización dañina, la que nos coloca a menudo en la piel de un caballo cochero.

Anulándonos los unos a los otros por simple discrepancia ideológica, viviendo en la noche del pensamiento propio siendo que allá fuera reina la luz de la multiplicidad de visiones, por un lado, ayudamos a los que promueven el odio y la división y, por el otro, nos privamos de crecer, de mejorar, de aprender con el intercambio de información en busca del conocimiento. Para eso son necesarios los silencios.

Oscar Díaz Arnau es periodista y escritor.

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