Claudio Ferrufino-Coqueugniot
No es que haya un vacío sino que el cielo está gris. Transito por la calle Aniceto Padilla como si estuviese internándome en la lengua de agua del río de la Gambia. Luego al Zaire en busca de las tribus enanas del Congo y los elefantes pigmeos cuyos blanquísimos colmillos semejan mondadientes de plástico.
Solo está gris, nada que ver con la tristeza. Tanto se ha perdido ya que lo abundante y nuevo colma las expectativas. No suena el Zambeze, es el Paraguay. Saltan pirañas de vientre carmesí; otras, más pintadas, vuelan y se transforman en cuervos tropicales, vestidos de etiqueta de profunda selva.
Leo a Peter Mathiesen, en parte diría sobre las huellas de Mungo Park. Lo alterno con Rage Against the Machine. Contemplo al vecino regando plantas del alargado patio, jungla particular. La pizzería de la esquina está abierta. Preparan su salsa base con kétchup, por eso no voy. Allí flamea una bandera amarilla azul amarilla que desconozco. No es de un país; pertenecerá a un club de fútbol.
En Kiev bailan bachata los que van a morir. Escribe Anna: nada nuevo, segundo bombardeo de la semana.
Muchachas sin rumbo me cruzan. No miran, carecen de pupilas, de cejas y brillo. Las vendedoras de achachairú ni les prestan atención. Va con la época, el ritmo malévolo de las redes sociales se apoderó de sus mentes, zombies con tetas, apenas tienen mirada para cierta lujuria de cartón, opaca como alabastro.
Cuarenta años atrás bailabas Paint it Black, de los Rolling Stones, aquí mismo, cuando esta vivienda era de un piso, antes de que fuéramos a Alemania. Y sería carnaval porque deambulamos de fiesta en fiesta, con Sonia ya fallecida hace tiempo, con su pareja. Mucho viento alrededor. Retomo este texto así porque la tarde cae en tenue lluvia, cielo grisáceo, ideal color de melancolía pero no, no es eso. Es contar las gradas de la escalinata, del quinto a la planta abajo y subirlas de nuevo. Solidez de la experiencia que carece de humedades lacrimosas. Bailabas, sí, y fue lindo también. La noche tendría tu silueta confundida con luz de luna y tu agua tornaríase de fría en tibia. ¿Y qué? ¿Acaso no suena la misma canción ahorita? Margarita de Valois continúa poblando páginas literarias; la película rusa en la pantalla tiene mucho de Turgueniev y algo de Chejov. Sin tiempo para lamentaciones. Amo estas historias de bucolismo prenapoleónico. A la sordidez del París de la bruja Catalina se opone el extraordinario verdor de la estepa primaveral. Sería Murat o sería Ney sugiriendo al corso acerca de la invasión. Muy difícil vencer el deseo de atrapar la infinitud. No otra cosa es Rusia. Extraña tierra de dioses que eran demonios y cavernas de sahumerios y contraluz. Claro, la sangre, siempre la sangre. Antes de los guerreros asiáticos cuando el hombre que sobrevivió al diluvio no pasaba de bestia enmascarada.
En Matanzas te compré collares de coral rojo, collares de coral negro. Y anillos blancos de hueso de cocodrilo, de aquellos de la ciénaga de Zapata. En lo que queda del barrio chino de La Habana indagué por antiguas miniaturas. Sabía que esta vez sería la última en que asomaba por Cuba. No estaba yo en vainas como las de Varadero y las playas. Prefiero la franqueza de un café bar de medio pelo en donde apuro vasitos de ron de Santiago. ¿Por qué escribir esto ahora? Porque lo pensé hace un par de días caminando por Cochabamba comprando fruta. Quizá los colores despertaron esa parte dormida de mi cerebro. ¿Frutas negras? Hay pitahayas oscuras también. Y así salió. Con memorias de un restaurante popular al lado del mar entre bajeles cubiertos de orín y tristeza de perdida cronología. Arroz, frijol prieto y cerdo asado. Y una lata de la cerveza que no era ni para ricos ni para turistas. Bebida de pueblo para pueblo. Como un flash se me atraviesan los montes del Escambray. Hay tanta triste historia, antes y post Batista, allí. Otro mundo impronunciable mientras permanezco en la isla. Tan barridas las calles de tierra de los pueblos de Cuba. Impresionantes. Decencia en la miseria o no entiendo qué desean mostrar. Se veía bien, por supuesto, y no había borrachos meando en las paredes con la linga al aire ni nada similar. Ni mierda de perro ni humana tampoco al paso. Ni Cochabamba ni Montmartre.
Algunas lecturas de viaje: Rosa Montero en Boston. Qué rojos se veían los langostinos en el mercado de productos de mar de la vieja ciudad. Esto lo digo yo, no el texto, parte de recuerdos del periplo por Nueva Inglaterra, cuando era joven y lovecraftiano.
En mis avatares semanales entre leguleyos agrarios tengo horas para sentarme en las plazas. Siempre con un libro que la mayor parte del tiempo no abro. Más interesante contemplar a la gente que sumirme en la ficción. Usualmente en el café con un cortado chico enfrente. Aunque he parado un poco. La última vez que vine acompañado fue con Carol. Por lo general en solitario. Sonrío recordando a mi padre que venía aquí, él que tenía tan bella sonrisa, afirmando que ponía cara de perro mientras bebía su café porque no quería que nadie se sentase con él. Él que tenía tan bella sonrisa. Por lo serio que era, quizá.
Los mismos parroquianos de siempre. Veníamos hace treinta años, más chico el lugar, pero bueno y aromático café, mixturas de los yungas bolivianos que se han hecho un espacio entre los baristas del orbe.
En el piso, el Diario de Irak, de Mario Vargas Llosa. Ideal para hoy en que los kurdos iraquíes comienzan a posicionarse de las montañas del norte de Persia, aguardando por el principio de su mundo y tal vez el fin del nuestro. Los raros leopardos del Caspio estarán ocultos ante la debacle. Soñé con este espacio a ambos lados, en las dos costas. Leyendo a Gorki e imaginando la extraña vida salvaje. Mar agitado, parece alta mar y es un gigantesco lago.
Hora de descender las trescientas escalinatas hasta la planta baja. Nada de Sísifo, alejado del drama. Un simple ejercicio de muslos y rodillas. Me sentaré en el sofá de marrón claro y continuaré con Hesíodo. Voy a abrigarme con el chaleco que me acompañó en tantos cientos de noches entre lechuzas y tormentas. Permanece, algo raído, pero cálido e íntimo como ya no suelen ser las mujeres.