Juan Martínez Reyes

Juego peligroso

Solo era cuestión de tiempo. Debían anotar un gol más para ser los ganadores de ese encuentro deportivo. Ambos equipos jugaban tensos. Sabían que el perdedor tenía que cumplir el castigo, dormir en la intemperie toda la noche. Eso era terrible, pues el frío gélido de las montañas podía ser mortal. Estaban empatados. El equipo rojo se esmeró en pulir una nueva táctica para ganarle al equipo azul. Los pases cortos fueron efectivos. El delantero anotó el tiro decisivo. Nada pudo hacer el arquero. La cabeza del campesino, que fungía de balón, quedó inmóvil en el arco.

Confesión incómoda

Jamás pensé que me rendiría ante ella. Lo mismo le sucedió a mi primo, quien quedó seducido por esta rubia. Veo con deleite las curvas de su cuerpo. La tomo entre mis manos y suspiro. La música se torna suave y las personas salen a bailar con sus parejas. Aquí, este recinto es el albergue de los bohemios, donde vamos a celebrar nuestros triunfos o a olvidar nuestras derrotas, que como yo, encuentran placentero este pequeño paraíso, un bar de la ciudad. La miro con fascinación. Ella me había enseñado a olvidar el dolor de un amor del pasado. La nostalgia se internó en mi mente como un dardo incrustado en mi pecho y, evocando unos versos del vate Jaime Guzmán Aranda, le dije: “El último acto de cada noche, después de amarla a ella es amarte a ti”. Algunos me vieron desconcertados, pero no me importó. Seguramente pensaron que era un desvarío de un ebrio o un juego pueril. La miré fijamente. No dijo nada. Qué podía decirme, si solo era una fría y amarga rubia, una Cusqueña de trigo.

Designio

Hacía varias noches que la soñaba. Ella le rogaba que fuera a rescatarla, porque estaba desesperada y quería encontrarse con su familia. Él sabía que era algo ilógico y que eso fuera real. Sin embargo, hizo lo que la muchacha de sus sueños le había encomendado. Además, ese encuentro podría ser algo extraordinario. Tras varias semanas de búsqueda infructuosa, al fin había logrado dar con el lugar que ella le dijo. Se encontraba encerrada bajo la montaña. Después de varias horas de excavación, pudo rescatarla. Su cuerpo yacía encogido, pétreo y frío por el clima de la zona. Así, el arqueólogo cumplió con el designio de la momia que se le presentó en sus sueños.

A quemarropa

– Dispara de una vez a quemarropa – sentenció, resignándose a su destino –. Ya no me importa. Además, lo volvería a hacer si tuviera la oportunidad.

Evocó esos días llenos de adrenalina y felicidad. Tenía la convicción de que el amor lo vence todo. Así transcurrieron varios meses, envuelto en el éxtasis de sucumbir hacia el abismo de lo prohibido. En uno de esos encuentros furtivos con su amada, decidió fugarse con ella. Esta noche, lamentablemente los encontraron y ahora estaba a punto de morir. Después de todo, debía pagar por el pecado de haberse enamorado y embarazado a la hija de “El Pepe”, el narco más temido de Cali.

– De esta no te salvará nadie – replicó “El Pepe”, con frialdad, apuntándole al corazón. Cuando iba a jalar el gatillo, la tierra comenzó a temblar y, el narco…

Instinto latente

Al verla, su belleza lo deslumbró. Ella dormía y no pudo evitar mirarla con deseo. Le acarició su rostro y besó dulcemente sus labios. Le pareció que ella estaba a gusto con las caricias y comenzó a quitarle la ropa. Luego, besó los médanos de su cuerpo con lascivia.

Los habían dejado solos. Había esperado esa oportunidad y debía disfrutar el momento. Sintió que ese fue uno de los instantes más felices de su vida.

Cuando llegó al éxtasis, se abrió la puerta. El profesor y sus compañeros lo miraron asombrados, tratando de comprender aquella escena de necrofilia.