Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Vergüenza debía darme. “Este domingo de octubre vergüenza debiera darme”, decía el poeta peruano Nicomedes Santa Cruz hablando del Día de la Madre, y que cómo se podía escoger un día para venerar a alguien que debía venerarse a secas y cada instante.

París, 1986. La Internacional. El mito vivía. Marx y Bakunin, páginas que leí en Herbert Read. Toda la contradicción, pelea, celos, las familias de los pensadores ejemplificando lo de cada uno. El sobrio y autoritario Karl; el liberal y cornudo Mijail… Estaba Herzen, la inmensa sombra de su pensamiento, el zar ruso en el exilio tocando a rebato su campana (Kolokol/Колокол) llamando a rebelión.

Tengo casi 26. Estoy sentado con Abel Paz y alguien otro. Paz habla de su nueva biografía de Durruti. En mi sagacidad boliviana ese libro está anotado en la cabeza; ahora falta conseguirlo, plata no tengo ni para el metro y me salto las máquinas de boletos como hacen mis amigos malianos y senegaleses. Hasta que un anarquista argentino se apiada, llevaba gorra ácrata y anteojos, y me regala una moneda marrón de diez francos. Igual, delante suyo, me salto la traga papeles y le digo que compraré baguette. Salud y revolución. Me pierdo en las gradas y corro entre la multitud, alegre, aunque a veces se me escapan lágrimas por un amor alemán perdido… No sé si aman las alemanas, pero esa piel de jabón se deslizaba por la greda de mi pecho con dulzura, por la amarillenta lama que cargaba en los botines luego de atravesar desiertos por ella para finalmente refugiarme en un bar argelino cerca de la Gare du Nord. Había devuelto el ticket que me llevaría a sus piernas. Me negué, en arrebato de orgullo. Borré la huella del tren a Estrasburgo, del otro vagón a Singen y Radolfzell. Nunca vería los colores de Max Pechstein y demás expresionistas refugiados cerca del lago; nunca la vería más, la olvidaría, sus manos zombies no cubrirían de frío mi sexo y la explosión de mi amor saldría otra vez, para cualquiera, con trompetas a lo Carmina Burana.

La vi tres años después y no dejaba de mirarme mientras reuníamos las sangres. Después me la arrebató mi hermana, pero esa es otra historia de desasosiego y pérdida de credibilidad y reputación. No la cuento por ahora. Como corolario diré que al fin ella se casó con un anciano y el vejete se encabritó con su memoria de mí. Qué culpa tengo yo. Pero, comprendo, hay que cuidar rugosos corazoncitos que no están ya para cabriolas o juegos de cama.

París. Para llegar a la Federación Anarquista Francesa había que cruzar la Place de la République. Un gran mítin del Partido Comunista Turco. Me abrazan y me besan kurdos y anatolios. Sonrío, extiendo manos, beso, busco ojos negros de turca comunista, por si acaso. El lobo tiene hambre, está solo, anclao en París como Gardel sin ser Gardel. Si esto no es tango qué es. ¿Viste? Decime…

Fédération Anarchiste Française. Entro con un aura que quizá deba al Che. Bolivia… allí murió. Sus manos cortadas tamborilean sobre el recuerdo. A todos nos ligó algo de su legado, de una manera u otra; siempre seremos los que venimos del país donde se truncó un sueño y donde renace el ave fénix, aunque eso sean pajas progresistas de gente que ansía riqueza y que le gusta caminar por sobre lomos de pobre.

Besos y más besos de turcos, ningún beso comunista mujer. Puro machos, qué mierda.

Los anarquistas franceses tienen buenos estantes con libros y cassettes. Cierto que no es la librería común, con precio marcado. Pero hay un precio solidario, o nada, si no puedes pagar. Pero, qué haría con mi ser boliviano si salgo decentemente con libros regalados. Vengo de un pueblo rebelde… y ratero. El libro de Abel Paz es voluminoso, con tapa roja. A mis 26 no tenía vientre, además de andar en París hambreado, asaltando viejas para sacarles sus monedas de a diez, buenas para los teléfonos públicos y llamar a Germania solo para hacerme putear por mi inconsciencia, mi inconsistencia y mi infantilismo. Pues libro al estómago, detrás del cinturón y base de vello púbico. Voy por otro: El concilio de amor, de Oskar Panizza, obra que marcó mi juventud. Pequeño, con un dibujo de los señores del cielo y alguna nota sobre la sífilis que llegó al mundo como castigo. Van dos. Agarro una cinta de canciones revolucionarias en yiddish, de 1905 hasta el golpe de octubre y la muerte en la cheka. Y salgo. Merci, camarade, merci, à bientôt. Llego a mi prestada cama de la Rue Chauvelot y abro una lata de cuscús con chorizo, de un franco, y la devoro fría. Me acaricio un poco con el único efecto de dormirme de inmediato, con la bragueta abierta.

Valencia, 1986. Amplios cuartos de la CNT, original, en el mediovevo del centro valenciano. Segundo, tercer piso. Anarquistas punk holandeses toman cerveza de la botella. Yo soy de vaso pero no queda otra, del pico. Estoy extasiado. Hablamos, con Alain Labrousse, en la radio de la CNT contra Fidel Castro. Me llevo textos de anarquistas cubanos de Miami. Chúngara Libertaria, la publicación, según recuerdo.

Ambiente de concordia y revuelta, de solidaridad, de amor. Abrazo, pero de reojo busco entre los libros de la biblioteca comunal cuál me voy a llevar. Marco el guión de Bambule, de Ulrike Meinhof. Vivo enamorado de aquella mujer aunque muerta. Y La marcha de Radetzky, de Joseph Roth. Mejor estarán en mis manos que en las de camaradas obnubilados por la felicidad y el paraíso. Soy práctico. Y ladrón.

Ya expropiadas de los expropiadores por consenso las dos obras me siento a digerir alcohol. Un viejo buenazo y trabajador en serio me regala un afiche de la Columna de Hierro donde dice combatió. Pienso, reflexiono, cómo voy a robarle a esta buena gente tan agraciada y cariñosa. Más tarde, en los bajos de la Confederación Nacional del Trabajo, bien borracho de agua de Valencia, pienso igual. Hasta me animo a devolver lo confiscado, pero pongo mi atención en las tetas de una compañera combativa, pareja del secretario y hago lo imposible a nombre del amor libre de seducirla y pasar la noche en vela. Como a las dos de la mañana cierro en la página 21 de la novela de Roth. Ni ganas de abrirme la cremallera ya. Extraño mi casa, la planta de capulí que crece en el rincón y cuyos frutos redondos como tomates, amarillos y algo agrios, como mientras huelo el guiso que prepara mamá y la tarde de las cinco cae como telón de fondo.