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Reseña literaria de “El talento de los demás”, de Alberto Olmos

Carlos Battaglini

El Talento de los Demás, es una novela escrita por Alberto Olmos que narra la vida de Mario Sut: un niño que iba para estrella del violín y que acaba trabajando como telefonista después de haber perdido repentinamente todo su talento.

La obra se divide en tres partes. En el primer capítulo, El talento de Mario Sut se nos presenta al personaje y su cotidianeidad. Mario es un virtuoso del violín que pasa su adolescencia practicando y saltando de hotel en hotel participando en muchos concursos. Mario es también un niño homosexual que está enamorado de su profesor Eduardo.

Se trata Sut de un niño con un carácter agrio y que aún no ha superado la muerte de su padre suicidado, (“fui al salón y liberé mi instrumento. Creo que lo abracé como si fuera mi padre de regreso de la muerte”). La pérdida de su querido padre lo deja solo con una madre frívola con la que no tiene una buena relación.

Mario no es feliz. No sólo por sus especiales circunstancias sino porque un día pierde de repente todo su talento, todo su don y pasa a convertirse angustiosamente en una persona normal, a la vez que empieza a encontrar geniales y talentosos a todas las personas que lo rodean.

Atormentado, Sut acabará dejando el violín.

La segunda parte lleva por título El talento de los demás donde se presenta a diferentes protagonistas, la mayoría jóvenes “artistas” que tratan de hacerse un hueco en el mundo del cine o la literatura, aunque la mayoría de ellos son unos perdedores (“entonces Olga Tere dijo: “Somos todos unos frustrados”) y que además se han rendido al “sistema”.

En esta ocasión ya no es Mario (que ahora es un eficiente teleoperador) el que habla, ni el personaje principal. Sin embargo, a pesar de que Mario Sut no es el protagonista de esta parte, su presencia es importantísima, ya que todos los protagonistas sienten un especial interés por él.

En la tercera parte, Un final para Mario Sut, de nuevo Mario se convierte en el protagonista aunque no en el narrador de los hechos, ya que se utiliza la segunda persona. En este último capítulo, Mario recupera su orgullo y sus ansias de éxito. No es que vuelva a retomar el violín, sino que se inscribe en un concurso donde gana el que no se queda dormido. Mario resistirá heroicamente hasta llegar al límite de un final incierto.

Durante toda la obra, el concepto del talento adquiere una importancia suprema, hasta casi llegar al paroxismo, sin que al final se llegue a una verdad total sino más bien a algunas certezas posiblemente refutables debido a la imposibilidad absoluta del concepto.

Así, las vicisitudes del talento giran alrededor de la vida frustrada de Mario Sut, enlazando con el vacío producido por la pérdida del padre y también con el intento de una “generación democrática cool” por hacerse artista y destacar y la subsecuente frustración por no conseguir nada y otros aspirantes a la gloria que aparecen en el tercer capítulo… todo bajo diversos conflictos e hilos conductores: el padre, el violín, un misterioso regalo recibido por parte de Mario por parte de un japonés, el corto de Carlos con Sut de protagonista etc. Conflictos todos rellenos de cargas metafóricas.

La primera parte es la mejor, la más lograda. Resulta difícil no dejarse impregnar por ese estilo seco y agresivo y hasta casi celinesco que Olmos le imprime a la prosa alrededor de la sufrida existencia de Mario que no para de preñar dudas y tormentos.

La segunda parte empieza con fuerza también, pero poco a poco la novela se va resintiendo de un exceso de escenas guays. Tenemos efectivamente en este capítulo a demasiados personajes guays y absurdamente mal hablados que viven a lo guay, con sus frases guays y sus comportamientos progres y su mala leche que acaban por cansar cuando no irritar.

Demasiado Malasaña, sobredosis de la Plaza Dos de Mayo. En esta segunda parte, Olmos introduce la ‘variante Faulkner’ jugando con las voces del narrador, confundiendo con un mismo nombre, se pasa de la primera a la tercera persona etc. sin que quede muchas veces del todo claro quién está hablando. Mario, igual que pasa en El Ruido y la Furia con Benjy, ya no es el personaje nuclear, sino que da paso a nuevos protagonistas.

En la tercera parte, sigue el despiste de voces y personajes, donde la sombra alargada de Faulkner es aún palpable: saltos en el tiempo, largas extensiones de texto sin poner ni un punto y más confusión en un último capítulo que acaba siendo pesadísimo.

Sabemos que Olmos siente predilección por William Faulkner y en la novela se le rinde en cierto modo un homenaje en forma de estructura fragmentaria, voces dispersas y confusas etc. Sin embargo, los intentos faulknerianos no resultaron ser muy afortunados. En efecto, la ingeniería estructural por ejemplo de El Ruido y la Furia está a años luz de los intentos técnicos de El talento de los demás. Si bien la novela magna de Faulkner causa sufrimieto y dolor ante tanto enredo, acaba creando finalmente admiración compensatoria, mientras que los triviales intentos faulknerianas de Olmos impiden todo tipo de asombro.

Parece claro por otro lado, que con El talento de los demás, Olmos quería empezar a consagrarse como un escritor con mayúsculas escribiendo una novela larga, la cual como se ha dicho, se le acaba quedando demasiado extensa. Aún así, los esfuerzos de Olmos son claramente meritorios como la superación de la losa del pudor aunque no llegue a ser un libro transgresor.

No se logra. A propósito de la transgresión, hoy en día parece que muchos escritores la buscan introduciendo frases con connotaciones racistas o sexuales en sus obras ¿la única manera de ser transgresor, revolucionario es siendo un ‘racista’, un ‘pervertido sexual? La respuesta debería ser no.

Por otro lado, Olmos utiliza un lenguaje sencillo pero ayudándose de un vocabulario riquísimo y unas construcciones ingeniosas e inteligentes, siendo algunas de ellas hasta geniales. A pesar de todo (especialmente en la segunda parte) Olmos no puede evitar un lenguaje excesivamente cool claramente influenciado por el estilo norteamericano y anglosajón (sin ir más lejos el repetido uso del ‘jo’, tan de Salinger en El guardián entre el centeno) lo cual acaba sonando a impostura en muchas partes de la novela. Asimismo, Olmos también se atasca a veces con la prosa, la cual carece de cierta fluidez en determinados momentos de esta novela que se puede calificar de parcialmente fragmentaria, si es que se puede considerar del todo novela.

Respecto a las descripciones, éstas no están del todo logradas, sobre todo las gestuales (apenas hay gestos físicos en la novela, ¿bueno o malo?) pareciendo a veces que le falta color a la prosa o dando muchas veces la sensación de que el adjetivo elegido no es el más idóneo. Olmos opta por centrarse más en los personajes que en el paisaje, el cuál apenas se detalla. Esto no puede calificarse de error, sino la preferencia por un enfoque más personalista.

En cuanto a las metáforas, algunas son lánguidas, poco visuales y carentes de precisión. Los diálogos son correctos, con alguna que otra virguería interesante. En referencia los personajes, el único realmente logrado es Mario Sut (muchas veces los personajes se confunden debido a sus voces parecidas) aunque se ven bastante bien otros como el violinista japonés, Eduardo y el enigmático Víctor, barman del Cocktail.

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