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¿Qué es la crónica?, una pregunta al aire

Ulises Paniagua

La crónica de un pueblo, al igual que la crónica urbana o barrial, no es Historia. No es periodismo. Tampoco es la estadística resultante de un sexenio, mera investigación académica o la promoción gastronómica, inmobiliaria o turística de una colonia o un “rancho mágico”. Es todo ello al mismo tiempo y una masa creativa distinta, imaginativa y encarnada, al mismo nivel.

La crónica de un barrio, al igual que la de un pueblo o un pueblo originario, es a su vez espiritualidad profunda y banalidad del día a día, criminalidad y leyenda, mitología urbana y recreación fantasiosa (o no) de sucesos paranormales o extraños dentro de calles, casas o edificios que representan un lugar. La crónica es el relato, y muchas veces el metarelato de los afectos y la solidaridad al paso del tiempo (o a pesar de él) en la médula de un sitio. Tiene mucho que ver con la antropología, la sociología, con las ancestras y los ancestros y por supuesto con la y el habitante. Es memoria, identidad, invención amorosa, rito socio-cultural.

Quizá el término que se aproxima mejor a la crónica de un pueblo o un barrio es el de “imaginario”. Cornelius Castoriadis refiere como un “imaginario” a las representaciones sociales encarnadas en instituciones, y lo utiliza para designar la mentalidad, cosmovisión y conciencia colectiva de un grupo social. Hay un término similar en Émile Durkheim: las representaciones sociales, que se internan más en un nivel macrosocial. Ninguno de los dos términos cumple con rigor con la función de la crónica. Esto ocurre porque el asunto es más profundo. Si bien la o el cronista debe apegarse a las fechas y sucesos reales hay una parte de ficción en su narrativa. La definición de «imaginario urbano», según el colombiano Armando Silva, refiere a representaciones psico-socio-culturales que se originan en el uso cotidiano de espacios urbanos. Estos imaginarios no sólo son representaciones abstractas, sino que se «encarnan» en objetos ciudadanos, generando sentimientos sociales como el miedo, el amor y la ilusión. Silva argumenta que los imaginarios urbanos son procesos psíquicos que operan como modos de aprender el mundo y expresan múltiples fantasías colectivas, lo que los convierte en herramientas importantes para comprender la ciudad contemporánea. La y el cronista trabajan con estos elementos.

Sucede que la verdad, la verdad única, no existe. Lo cierto, hoy en día, posee distintos ángulos. Éste no absolutismo en las apreciaciones macro o micro histórico-sociales permite descubrir distintas verdades, y por lo tanto comprender que la visión del cronista es siempre exagerada, aún en lo mínimo, pues la crónica requiere del asombro de propios y extraños. “»Hay cosas, sin embargo, que no vio, más las escuchó de otros hombres sinceros y veraces. Por lo cual referimos las cosas vistas por vistas y las oídas por oídas para que nuestro libro resulte verídico, sin tretas ni engaños.»”, aclara Marco Polo en sus memorias de viaje. En su novela “Los recuerdos del porvenir”, Elena Garro describe la historia de un pueblo contada por el propio pueblo: Ixtepec. Tal libro, brillante por cierto, es un buen ejemplo de la ficción que anida entre la supuesta realidad cronística y la pura ficción literaria.

¿Qué podemos decir sobre los códices mexicas, el Mendoza, el Florentino, donde se narra la Historia de una fundación, la de Tenochtitlan tras mucho peregrinaje, con una alta dosis de mitología? Es que detrás de todo ello había un Tlacaélel, que bien sabía que el carácter misterioso, legendario de su origen, le vendría bien al pueblo mexica. Por su parte, “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”, de Bernal Díaz del Castillo fue terminada en 1568 y publicada muchos, pero muchos años después de los sucesos (1632). Es más una fantástica reconstrucción de los hechos desde los ojos de un soñador, que un documento fiel. Hay en ese libro información valiosísima, aunada al desconocimiento de otra cultura y al estímulo de la imaginación que los hechos enrarecidos o heroicos construyen. Es innegable: no es propiamente un libro de Historia, pero lo es. No es una novela de aventuras, pero se puede leer de ese modo. No es una biografía, pero lo resulta. Lo mismo ocurre con las “Cartas de relación” de Hernán Cortés, donde éste jura que fue salvado entre una horda de guerreros mexicas por el mismísimo Santiago Apóstol, una proyección muy “fumada” pero válida y muy interesante. Porque el cronista es, a la manera en que el escritor Nabokov habla de un cuentista o un novelista, un encantador, aquel que sabe mantener expectante a la audiencia relatando eventos que, bien mirados, podrían tener poco de mágicos o fascinantes.

Comenta la escritora española María Angulo: «la crónica son muchas las estrategias narrativas para crear esas subjetividades, para lograr un yo narrador, un sujeto medianamente original, desde el que se enuncia el relato. La crónica toma de la literatura, más que del periodismo, ese afán por conseguir un estilo autorial reconocible. Una marca, un sello de autor.»

Luego entonces, ¿qué es la crónica? La respuesta es múltiple, aunque científica, sensible y sagrada a la par. La crónica es un corazón palpitante entre muchas disciplinas y la vida cotidiana; demasiada fidelidad la vuelve un recuento gélido; demasiado protagonismo la convierte en acto de merolicos. Debe poseer el toque, la prestancia de la sorpresa y lo vivo: convivir entre el mundo de lo cierto, de lo que podría ser y lo que necesitamos creer que es. La crónica no es mentira, pero no es del todo una verdad. También pertenece al reino de lo sagrado, del ritual: “Solamente se cansa uno de lo nuevo, pero no de las cosas antiguas”, apunta Byung-Chul Han defendiendo los ritos y lo sagrado que habita alrededor de nuestro mundo en apariencia material.

Gabriel García Márquez definió a la crónica como “un cuento que es verdad”. Carlos Monsiváis consideró al cronista como el “maestro del arte de comentar literalmente y críticamente la realidad”. La enciclopedia Espasa-Calpe comenta que se trata de un género que combina la narración de hechos reales con un enfoque estético y personal. Tienen razón. La crónica ha sido y es todo eso. Continuará siéndolo mientras sobreviva la humanidad. Como escribió Gabo en su “Crónica de una muerte anunciada”, hay que resistirse “a admitir que la vida terminara por parecerse tanto a la mala literatura”.

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