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“Preguntar es escribir: una conversación con Guillermo Ruiz Plaza”

Guillermo Ruiz Plaza nació en La Paz en 1982, pero escribe desde Francia, donde reside desde hace muchos años. Su literatura no busca el ruido ni la consagración: busca el silencio, la grieta, la pregunta. A lo largo de su trayectoria ha construido una obra que transita con naturalidad entre el cuento, la novela, el ensayo y la poesía.

Desde Prosas sacras hasta Los claveles de Tolstoi, pasando por títulos como El fuego y la fábula, Sombras de verano, El tacto y la niebla o Días detenidos, su escritura se ha caracterizado por una prosa contenida, introspectiva, a veces filosófica, otras fantástica. En sus libros, los personajes se mueven entre lo real y lo imaginario, entre la lucidez y el delirio, entre la memoria y el olvido. Ruiz Plaza no escribe para explicar el mundo, sino para volverlo más extraño.

Esta mirada será el eje de la entrevista que realiza Inmediaciones, donde se exploran las preguntas y silencios que sostienen su obra.

  • No sé si escribo para volver el mundo más extraño; diría que escribo para iluminar el mundo desde la extrañeza.

Esta entrevista no busca definirlo, sino escucharlo.

  1. ¿Qué significa escribir desde la distancia? ¿Francia es exilio, refugio o simplemente otro lugar?

En la ausencia se siente mejor el peso de la presencia. No entendí lo que era ser latinoamericano hasta que me establecí en Francia. Vivir tan lejos del país me permitió, además, comenzar una búsqueda. Al buscar el país en mis páginas, también me buscaba a mí mismo. Por lo demás, el pueblo donde vivo es un buen lugar para escribir. Rodeado de verdor, de árboles, de silencio.

  • ¿Qué te enseñó el silencio europeo sobre la memoria latinoamericana?

Al llegar aquí entré en relación con peruanos, chilenos, argentinos, mexicanos… y de inmediato comprendí que, más allá de las diferencias, se da una cercanía inmediata, inevitable. Latinoamérica es nomás una gran patria, aunque suene a cliché bolivarista. El problema es que, lastimosamente, proliferan los nacionalismos, incluso los regionalismos, hasta el absurdo. Al salir y enfrentarte a un mundo que a veces puede resultar hostil, se agradece escuchar de pronto a dos latinoamericanos charlando en la calle o en un café, y es grande la tentación de unírseles.

  • ¿Qué lugar ocupa Bolivia en tu literatura? ¿Es escenario, es fantasma, es raíz?

Desde un principio me propuse llamar a Bolivia por su nombre. Nombrar sus ciudades, sus calles, sus ríos, su gente. No es solo música verbal, sino que me permite afianzar mi voz y mi mundo. Es un país tan grande y rico en el plano geográfico, y tan pequeño, casi invisible, en el político, que, para mí, el solo hecho de nombrarlo le confiere más densidad. A la vez, cuando estoy allá, no puedo evitar la sensación de que nunca partí. Como si fuera irreal todo el tiempo pasado en Europa. Estamos hablando de más de la mitad de mi vida.

  • ¿Qué te llevó a explorar lo fantástico desde lo cotidiano? ¿Hay más verdad en lo irreal que en lo real?

Lo que nos enseñaron que era real, nada o muy poco nos dice sobre la realidad en sí. La razón del positivismo de Occidente aplastó nuestras creencias ancestrales. Nuestra visión del mundo, que era mágica y estaba ligada a la naturaleza, quedó relegada al olvido. Explorar lo fantástico es indagar los límites de lo real, que son o deberían ser tan elásticos como la imaginación. Ir más allá de la razón utilitaria y descubrir el mundo desde la extrañeza y el asombro. No por romanticismo o evasión, sino para adentrarse, justamente, en lo real.

  • ¿Qué te obsesiona más: el estilo o la atmósfera? ¿Y qué palabra te persigue cuando escribes?

Definitivamente, la atmósfera. Después el lenguaje, las imágenes, se irán acoplando, tras reescrituras sucesivas, hasta ajustarse a ella. No hay una palabra en particular que me persiga. Creo que son muchas. Y una de las tareas al reescribir es la de evitar las palabras innecesarias y también los tics de lenguaje: esas palabras que vuelven una y otra vez a la página.

  • ¿Qué te enseñó Prosas sacras sobre la poesía? ¿Y qué te reveló Los claveles de Tolstoi sobre la historia?

Creo que es la primera vez que me preguntan algo acerca de mi primer libro, Prosas sacras (Plural, 2009), y me alegra mucho. Ese libro, hoy casi inencontrable, me trae muy buenos recuerdos. Lo escribí a orillas del Garona, en la biblioteca y los parques de la Universidad de Toulouse. Es el fruto de cuadernos sucesivos, de los cuales no quedó sino un libro raquítico. Le tengo cariño a Prosas sacras, me enseñó a perderle el miedo a la escritura. La poesía no la aprendí entonces, sino antes, al leer a Girondo, Octavio Paz, Henri Michaux, René Char…  

Los claveles de Tolstoi es un regreso al cuento, pero no tal como lo había estado practicando en Sombras de verano. Quise hacer algo distinto y escribí seis cuentos largos vinculados entre sí, que conforman una especie de unidad. Incluso hay quienes lo han leído como una novela fragmentaria. Los escribí en 2019 y la primera mitad de 2020, cuando en Bolivia se había desatado la crisis política y sobre el mundo se cernía la sombra del Covid. La historia se había echado a correr por las calles; así es como irrumpe en varios de los cuentos del libro.

  • ¿Qué te incomoda de la literatura boliviana actual? ¿Hay búsqueda o hay repetición?

Por la distancia, no leo todo lo que me gustaría leer. Pero lo que leo me gusta. No creo que haya repetición. Al contrario, hay cada vez más atrevimiento, y eso se agradece. Ahora que estuve en la FIL de La Paz me traje un montón de libros, y los voy leyendo de a poco. Edwin Guzmán, Jorge Campero, Alex Aillón, Claudio Ferrufino (Virginianos me ha parecido un precioso libro de poemas en prosa). He releído Ustedes brillan en lo oscuro, de Liliana Colanzi, y me ha gustado más que la primera vez. Miles de ojos, de Maximiliano Barrientos, una novela rarísima y muy bien escrita.  

También he visto una película, El último blues del Croata, de Alejandro Suárez, que me ha dejado muy buen sabor de boca. Es una bocanada de aire fresco en nuestro cine. Recomiendo también, por cierto, las dos novelas de Alejandro: El perro en el año del perro y Por nuestra Perestroika. La cultura en Bolivia está muy viva.

  • ¿Creés que la literatura boliviana sigue buscando validación en el exterior? ¿Qué implica escribir sin esperar reconocimiento?

Siempre buscaremos validación en el exterior si, dentro del país, no hay crítica ni académicos dispuestos a indagar en la rica producción literaria de los últimos lustros. Algunos académicos de Estados Unidos, España e incluso Francia estudian, por ejemplo, a Edmundo Paz Soldán. No sé si lo hacen en Bolivia… Por suerte, no es un problema generalizado. Hay académicos bolivianos, dentro y fuera de Bolivia, que se lanzan a estudiar a nuestros autores, y sus esfuerzos son importantes.

Creo que es necesario cierto reconocimiento. Si no te abre la puerta ningún editor y nadie lee lo que publicas, ¿cómo piensas seguir? En el otro extremo está el escribir para publicar, aguardando ansiosamente el qué dirán, siguiendo las modas para ver si por ahí, a lo mejor… Ese camino no es deseable.

Si no me lo pasara bien escribiendo, y si no sintiera la necesidad, dejaría de hacerlo. Por supuesto, el que me lean –y ahora en mi visita a La Paz me di cuenta de que así es– es una gran alegría y sirve de aliciente para seguir.

  • ¿Qué libros te han acompañado como refugio? ¿Y cuáles te han dolido más que la realidad misma?

En la ruta, de Kerouac. Durante un tiempo me refugié en los cuentos de Buzzati; en otro, en los de Isaac Bashevis Singer, y en otro más, en la saga de Elena Ferrante, La amiga estupenda. Leo y releo mucha poesía. Pero son los cuentos y los ensayos de Borges a los que vuelvo cada cierto tiempo, como se vuelve a casa.

No recuerdo ahora un libro que me haya dolido mucho, pero sí una película: La tumba de las Luciérnagas, de Isao Takahata. Me la recomendó mi hijo. Realmente inolvidable.

  1. ¿Qué autor o autores bolivianos recomendarías sin dudar? ¿Y cuáles te han decepcionado, aunque los respetes?

Recomiendo a todos, sin excepción. Tanto a los narradores como a los poetas. Porque uno de los imperativos de nuestra literatura es la de leernos de una vez, sin prejuicios, generosamente. Ahí, todavía, sobre un estante, me esperan los libros de Rodrigo Urquiola, Camila Urioste, Daniel Averanga, Alex Aillón, Quya Reina, Alfonso Murillo, Diego Mattos… Si escribo reseñas de literatura boliviana es justamente para invitar a su lectura.

  1. ¿Qué lugar tiene el amor en tu escritura? ¿Es tema, es atmósfera, es herida?

Es un tema presente en varios de mis libros. Pero no solo el amor romántico, sino el amor a ciertas ciudades, el amor a la aventura, el amor filial, y también, claro, el desamor. Sin olvidar el amor del arte y la literatura. Ni eso otro tan valioso que es la amistad, tema central de El hombre tocado de viento.

  1. ¿Qué pregunta nunca te han hecho y te gustaría que te hicieran ahora, aunque incomode?

La que me acabas de hacer.

  1. ¿Qué le dirías al Guillermo joven que escribía desde La Paz sin saber si alguien lo leería? ¿Y qué le dirías al Guillermo de mañana?

Al muchacho le diría que dejara de comer porquerías y se pusiera a hacer deporte, ese gran aliado. Al de mañana no le digo nada, porque a lo mejor es un espejismo. En los últimos años me he puesto a hacer yoga y meditación. Sin obsesión, claro, pero intento ser regular, y uno de los desafíos es habitar el presente.

  1. ¿Qué significó volver a Bolivia después de tanto tiempo? ¿Fue reencuentro, extrañeza, confirmación?

Este año fui para visitar a mi viejo, que por fortuna no estaba tan delicado como se creía, y pude pasar tiempo con la familia y los amigos. Incluso participé en unos cuantos eventos literarios y culturales. Caminé mucho por la ciudad. Fui al Lago, que siempre me asombra. Entré en comunión con mis raíces y volví regenerado.

  1. ¿Cómo viviste la Feria del Libro en La Paz? ¿Qué te sorprendió, qué te incomodó, qué te conmovió?

No asistía a la FIL desde 2013. Fue una gran alegría. Vi a varios amigos. Conocí a Phillipe Claudel, escritor francés al que leí con admiración. Me topé con lectores que me reconocieron y me saludaron con cariño. Presenté dos libros y también el de un amigo poeta, Alex Aillón. Al cruzar la pasarela que lleva al Campo Ferial me conmovió el fluir del Choqueyapu, incansable. Veo ahí el símbolo de nuestro país, que persiste a pesar de todas las adversidades.

  1. ¿Sentiste que el público boliviano ha cambiado en su forma de leer, de preguntar, de escuchar? ¿Qué te dejó esa experiencia?

Sinceramente, no lo sé. Tengo la impresión de que empezaron a leerme a partir, sobre todo, del Premio de Novela. Luego publiqué Los claveles de Tolstoi, El hombre tocado de viento, Viaje febril al invierno, y así mis lectores se fueron afianzando. A fines de julio organizamos una velada en un café paceño, y asistieron amigos y lectores. Recién ahí me di cuenta de que me leían y algunos incluso con entusiasmo. Es muy grato saber eso. Volví a Francia agradecido, con energía renovada.

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