Polvareda (wéstern)

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De: Emilio Losada / Para Inmediaciones

Para el tío Gram Parsons, patrón de los renegados sonrientes

Lejanía de murmullos
De viejos ríos amados
Que quieren cambiar de cauce
Cielo de ansias y de astros
Y de estrellas maniatadas
Vicente Huidobro

De nuevo aquí, en el norte del Sur o en el sur del Norte; el occidente de Oriente y demás paparruchas, ya ves, como si todos esos reclamos te significaran algo. Fuera del ámbito usual, en cualquier caso, que es lo que verdaderamente te importa. Con ningún punto cardinal te casas, válidas para ti todas las latitudes, maldita sea la estampa de los indeseables que las delimitaron. Arriesgas poco por acá. Al menos en esta primera escala del periplo no eres nada funámbulo: transitas sobre red, ésta tu segunda residencia bien se podría considerar. Eso sí, sea lo que haya de ser. No cejas en el empeño de saltar las verjas de los jardines más inhóspitos. Te puede y pierde la curiosidad y en ésas no hay red que valga: unas veces tu incursión pasa absolutamente desapercibida, otras te libras de milagro y otras te la das. Y bien dada. Se te dice que no aprenderás nunca, cuando realmente nada ni nadie te ha enseñado más. En no pocas ocasiones le has echado arrestos a la zopenca vida, eso lo saben hasta tus viejos enemigos. La cosa te viene de lejos. Sabes defenderte, siempre has dado la cara por ti, y si alguna vez en el intento te has hecho un rasguño en el alma…, te jodes, chitón, a callar. Déjate de líricas fatuas, que más duelen los rasguños de verdad, los que rasgan la piel sin más. No dejes de tener presente lo que ocurre en esta obscena modernidad con el semejante no muy lejos de donde entre tragos de purpúrea ambrosía despachas estas líneas tan prescindibles como tu, de momento, pudiente calavera occidental.

Bien cierto es que estas últimas semanas no son nada gratas de rememorar. Ni en pensamiento ni en escritura, mucho menos en lo verbal. Recalas de nuevo en esa suerte de sanatorio abierto que has convertido a tu Tánger y es un alivio sentir que en el mismo instante en que pisas el puerto en cierta forma parece que ahí atrás se quedan cuitas, reveses, monsergas y fastuosos tumultos. Pero sabes que no debes confiarte: la tristeza puede ser muy puta en Tánger, y aunque de momento siempre le has sabido dar esquinazo nunca hay que bajar la guardia. Con este buen ánimo andas unos pasos, rechazas educadamente los primeros ofrecimientos a la vez que correspondes a las bienvenidas de los ociosos hasta que te instalas en la primera habitación de tantas: la 1 del Mauritania, con balcón sobre el toldo del Café Central. Deshaces esa aparatosa maleta aprovisionada de buenas letras castellanas, vino y escocés de categoría, combustible de lo más agradecido en estas tierras de Alá, e inmediatamente te dedicas a deambular y a emborronar en cafetines y oscuros bares de la ciudad nueva pedazos de esa especie de papel de estraza que aquí utilizan como servilletas a sabiendas de que, lógicamente, pocas de esas palabras urgentes sobrevivirán al postrer escrutinio racional. Las horas tangerinas son lentas pero las jornadas finan como en cualquier otro lugar, así que esta plácida rutina has de interrumpir a los pocos días, pues un par de viejas amigas se han dignado a pasar aquí el fin de semana tras tus reiterados ofrecimientos de hacerles de guía. Estableces para ellas la ruta de los resquicios de la época desmadrada de la otrora Ciudad Internacional y, ya en el Hafa, tras la ineludible relación de parroquianos ilustres, una de ellas te pregunta por esos amigos tuyos…, ¿cómo coño se llamaban? Sí, ese escritor de Madrid y el otro, el boliviano, al que recientemente le has compuesto una ranchera que por obra y gracia de la apabullante digitalia ha surcado el Atlántico. Es el momento de recordar que tras casi sufrir un fatal accidente al cometer el error de subir hacia el mítico café por el acantilado del Marchán empiezas a entablar contacto epistolar con el primero de ellos, Pablo Cerezal, el autor de la seminal Los cuadernos del Hafa. El posterior hallazgo de lo que es ya considerada por no muchos empero ilustres lectores una obra de culto en una biblioteca pública de tu ciudad es lo que provoca en un primer momento el apego artístico, el humano muy pronto se advendrá. Antes incluso del abrazo real con el elemento en cuestión el siguiente agosto en el Lavapiés mil leches ya le habías hecho llegar la poesía del caído Fernando Cañas y él te había correspondido enviándote una indiscutible muestra de la prosa histérica del maestro Claudio Ferrufino, el boliviano a la sazón, y con la reivindicación de los no menos histéricos versos de un poeta valenciano de nombre Javier Vayá. Pedís culminado el ocaso otros tres tés a la menta y monologas en el lánguido impás sobre estos tunantes y sus libelos infamatorios. Bien jodida anda la cosa en lo que a la actividad en sí de dar sentido a este maldito trasiego con palabras se refiere: machaca con mezquindad incontenida la puñetera realidad. El profano ha de sortear una ingente cantidad de basura para dar con ellos. Y encima a la penca vida últimamente le ha dado por hacer mella de la cabrona. Aunque poco a poco las cosas se van enderezado. El ala del sombrero del levantino se va asomando a la superficie cada vez más, el bravo Claudio de seguro que a su enésimo exilio voluntario sobrevivirá y, recién instalado en el Villa Muniria ya de nuevo solo en la ciudad, está sonando por enésima vez el «Christine’s Tune» de The Flying Burrito Brothers cuando el hermano Pablo te hace llegar buenas nuevas. Se conoce que le ha vuelto a coger carrerilla a la tecla y que en aspectos más íntimos las cosas se le empiezan a enderezar. Ah, los histéricos queridos: aullido desnudo, tángana constante, hiriente y prolija autenticidad en obra y trasiego. Sólo el artefacto merece el esfuerzo de la lectura, y éstos ya le han arrancado al subsuelo más de uno. El día que un puñado de lectores se den cuenta de lo que se están perdiendo entre tanta trapisonda, otro gallo cantará. Que próspero recorrido tengan los tres en sus diatribas estéticas, y más aun en lo vital.

Ditirambos y sinceras adhesiones aparte, ¿qué hay de ti, críptico, pálido e inusitadamente calmo Lejano? De tener demasiado en cuenta a los demás de nuevo vuelves a pecar. ¿Qué fue de tu grito, a qué viene este mutismo tuyo? Desconocido estás, no sueltas prenda al respecto, los sapos que te afligen no dejas croar, y mira que de la lengua se te intenta tirar en esas noches retomadas. La belleza siempre te obtura la razón, ante todo la priorizas y así te va. Es de suponer que este silencio responde a un pacto de no agresión que en todo caso se debe respetar. Aunque diríase que algo en ti empieza a despertar. Mírate ahora, haces de nuevo eufórico la maleta presto a perderte entre las misteriosas montañas del Rif. Pese a tener controlados de antemano los oasis donde te toparas con una salvadora Flag ‒en el paraíso del kif lo tuyo seguirá siendo el trago, a estas alturas a nadie vas a engañar‒ incrustas en el equipaje tres botellas de Cabernet de la tierra. Puede que saques algo productivo de esta huida, estás concienciado de que tienes que retomar viejas disciplinas, se está prolongando demasiado tu lucha a muerte contra la pereza y la mansa estabilidad, que es lo que más daño te está haciendo. Dispuesto estás a agarrar alguna de esas letras y músicas que sin duda han de aguardarte fluyendo en el éter de la noche rifeña. Has de recordar que siempre, de alguna manera apenas comprensible, te acaba fructificando la siembra, a veces incluso no del todo meritoriamente. Las intenciones son buenas y no será por lo escrupuloso de la preparación. Llevas el cañón y el tambor bien engrasados, las cachas lustrosas, munición acumulada como para abatir a un regimiento; no te temblará el dedo en el disparo. Se te ve repuesto, ya casi es imperceptible la marca de la soga en el gaznate. Esta vez por poco te libraste, hermanito, los pocos compinches que quedan para la cobertura desgraciadamente andan lejos. Te la tuviste que apañar solo, pero una vez más lo lograste, sobreviviste, eres de gatillo rápido cuando se trata de finar ayeres anquilosados. Con alguna que otra letra en la maleta vuelves a Tánger. Atrás quedan Tetuán, Chauen…, los nuevos nombres propios, los taxis compartidos. Los oriundos te saludan como uno de ellos. Hace tiempo que te sientes aceptado. Los camareros salen de la barra para abrazarte, el de la Pensión Fuentes, al que le compraste un poco de polen para una de tus amigas, a grito pelado desde la galería te pide que subas a echar un té. En cada incursión la adaptación es mayor. Ahora, como el rayo, tras casi tres semanas, llega el momento del regreso a casa. Se te ve andrajoso, algo más flaco y con los bigotes crecidos; eso sí, con la cabeza alta, como has resuelto. Dispuesto a recuperar ritmo, histeria y carnaval encaras de esta guisa ese otro sur del Norte, sur del Sur o como coño lo quieran llamar con ímpetu renovado y al trote, siempre al trote. No merece la pena retomar el camino si uno no está dispuesto a dejar, obviando todo peligro y advertencia, una gran polvareda atrás. La efímera, bruta y mística polvareda, ya sabes. Va, adjudícate la caranalgada, es de las tuyas, y si eso otro día la defiendes. Arrea y sigue rumiando ese gran aliciente. Tienes una nueva mirada en mente, estás preparado para leer el nuevo libro, hay que establecer contacto en breve, así debe de estar escrito, son demasiados los pálpitos. Fin del comentario. Canta una y otra vez el eterno Gram la mañana del regreso «Hot Burrito #1». Luego vacías las últimas botellitas de Flag en tu querido Terminus y balbuceas tu plegaria a unos ojos imposibles mientras arrastras la maleta hacia el puerto. Desde luego, críptico estás, Lejano, cabrón. Ah, la belleza, la belleza…

Tánger, primero de septiembre de 2018

*“Balada de Claudio Ferrufino”, de Termostato:


Emilio Losada: Barcelona, España. Escritor y cantautor. Principales obras en formato largo: La quintaesencia suave (novela, 2008), Los ángeles rasos (novela, 2014), Ventajas de estar en la ruina (poesía, 2015) Aviones de fuego (novela, 2015 en México; 2017 resto del mundo publicada por la Editorial Renacimiento). Como músico compone, canta y toca la guitarra en el grupo de rock Termostato. En solitario se hace llamar El arrepentido Portabales o simplemente Emilio Losada.