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Obra Completa de un escritor vivo

Willy Camacho, de Editorial 3600, vino con la generosa idea de publicar mi Obra Completa. Comenzó el 2018 con el que quizá es el libro más ambicioso: Muerta ciudad viva. Y comienza el año con tres obras más de una serie que hasta ahora incluiría unos 17 volúmenes entre novelas, columnas, artículos, algunos cuentos y un único, extraño, poemario de juventud.

Fuera del regocijo normal y no vanidoso de ver impresa la producción propia, el asunto lleva a una reflexión sobre la muerte. Cumpliré 59, lo que en un país como los Estados Unidos se considera aún joven y productivo, y resultará raro ver ya cuatro libros de una creación de vida como objetos reales, concretos. Siempre existe la ilusión de pervivir y, aunque no sea del todo cierto, algo así lleva incluida esta fantasía de inmortalidad, por pequeña que fuere.

La muerte… Dice la sabiduría popular tercermundista que luego de los 50 uno ya va jugando los “descuentos”, equiparando la vida con un juego de fútbol con un mínimo de esperanza para quien vaya perdiendo. Y uno no es Messi ni Cristiano, sino un defensor rudo y no muy hábil, más ducho en destruir contrarios que en crear goles, y poco se puede hacer.

A pesar de que la edad mencionada está fuera de consideración como “vieja” acá, ya las empresas de seguros de vida, las de entierros, cremaciones, han comenzado con sus ofertas para el futuro próximo, como si importara… Sin embargo es un llamado de atención. Se ha traspasado un límite ficticio en número pero real en el quehacer diario, y lo que fue ya no es -y no de manera supuesta- y las acciones y previsiones deben tener en cuenta que la cronología ha comenzado a correr en sentido contrario. Inevitable. Irrefutable.

Queda escribir, ir anotando a diario los entuertos como los contentos y qué mejor que se vayan publicando, quedando el testimonio del hombre común ante el esfuerzo, ante la magnitud del mundo, que creado o inesperado es gigantesco, apabullante, desdeñoso de la pequeñez del individuo, e inexorable.

Mi hija Emily me regala un libro de exploradores del Polo para mi cercano viaje al país de nacimiento, con motivo de la presentación de los libros. Es, sin querer, una bofetada dulce al padre para ejemplificar la vida de los hombres bravos. Valientes.., le digo; no como yo.., añado. No,  papá, responde, y me dedica en la primera página que soy muy bravo y muy amado.

Volvemos a la edición, con tapas preciosas de una artista boliviana y uno vasco, amigos ambos. Bromeo que los editores ya están oliendo el funeral y aprovechan para sacar de los archivos textos ya antiguos, unos pocos nunca publicados, y apuntalarlos dentro del conjunto que vendría a ser la cultura nacional. Mencioné la vanidad, enfermedad de la que nunca he sufrido, y que debiera ser el síntoma primero en aparecer al considerarse la obra de un hombre joven todavía valiosa para plasmarla en su totalidad. Pues no se presentó ella, o él si masculinizamos la cosa como El Mal. Por el contrario me hizo pensar en las horas que han pasado, los ríos secos de mi tierra por donde ha corrido el polvo debajo de puentes inservibles. Los años, los muertos, los vivos, el tiempo que desdora y también decora, el silencio del olvido, y las atronadoras voces de la soledad.

Cierta desazón también, la necesidad de ver aquellos diecisiete objetos que has parido con sangre, ya juntos. Reunir a la familia toda alrededor del cadalso, que es el lecho de muerte, de la guillotina que espera todavía cubierta de cuero, que al deshacerse mostrará no solo el filo sino el brillo. Entonces recuerdo a Georg Trakl, el desdichado poeta que me prestó un título, y hablo del último oro de las estrellas extinguidas. De un firmamento en el que hemos de desvanecer.

Imagen: Stasys Eidrigevicius

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