No me jodas No te jodo, narrar El Alto

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De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para Inmediaciones

El Alto

Todos los sábados – bueno, casi todos – subo a El Alto. Vivo en Chasquipampa, una de las zonas recónditas de la Zona Sur, quizá una de las renegadas – así como Ovejuyo, Wilacota, Pedregal, Bolognia, entre otras – por cierto grupo de blanquiñosos de esta parte de La Paz (“¿Vives en Chasqui?/ No, en Cota Cota, hermano, ¡cómo crees que voy a vivir en ese campo!). Así que la distancia que debería recorrer en minibús para llegar a mi destino sabatino sería al menos de dos horas. Pero es de una: el teleférico amarillo me transporta en veinte minutos hasta Satélite. Cinco minutos hasta La Ceja – preferentemente en mini “Panorámica directo” – y la media hora en la cual llego hasta la Curva Olguín hacen más o menos 60 minutos.

El destino: Buena Fuente.

Un periódico dedicado al periodismo (metafísica popular no es, señores/as, aunque parezca). Buena Fuente es un periódico mensual – a veces bi, otras tri, ya les cuento – dedicado a la cobertura de los eventos que atañen a los periodistas – como que sigue sin entenderse del todo. Un ejemplo: cuando a un periodista de, pongamos, Red Uno, lo despiden o maltratan o, diametralmente opuesto, es condecorado con algún reconocimiento pues ahí están los periodistas de Buena Fuente, persiguiendo y profundizando el tema, colaborando – si es el caso – a los periodistas y sus derechos.

La oficina: Calle Mil Gradas (¿en verdad son mil gradas?). Una puerta delgada de metal pintada de rojo.

Ingresé al periódico y al Club – porque sí, antes de funcionar como periódico lo hace como un club de periodismo para jóvenes que deseen profundizar ciertos conocimientos acerca de la labor que o ya desempeñan (los “primeros pasos”) o estén cerca a hacerlo – el año pasado. Sacamos, el 2017, alrededor de cuatro números. Digamos uno cada tres meses. Material humano no faltó. Fuimos como ocho los integrantes activos del Club – muchos de los antiguos ya trabajan en otros medios escritos de La Paz –, entre los nuevos y el director y la presidenta del Club. Manos habían. Faltó dinero. Imprimir 500 ejemplares no es nada barato, más aun sabiendo que de aquellos apenas se alcance a vender unos cincuenta (con mucha suerte).

Así que me acostumbré a hacer de mis sábados un recorrido La Paz – El Alto, El Alto – La Paz. Las reuniones comenzaban a eso de las tres de la tarde y terminaban a las siete u ocho. Noche. Llegaba a Satélite con sol y salía de La Ceja con la luna y el frío atroz de la urbe alteña. Alguna vez llovió.

Poco a poco me fui acostumbrando a El Alto. No es que nunca hubiese ido – mi abuela vivía en Santiago Segundo cuando yo tenía unos cinco años y mi papá nos llevaba (a mi hermano y a mí) a visitarla los fines de semana casi de forma sagrada –, es más, allí, en El Alto, se encuentra uno de mis lugares preferidos en todo el mundo: la Feria 16 de julio. Pero de ahí nada más. Mi percepción de El Alto se congelaba en la 16 y la ex casa de mi abuela – ahora vive con nosotros en Chasqui –. La llegada a Buena Fuente me hizo conocer y – no sé la legitimidad de lo que voy a decir/escribir – querer a El Alto.

¿Pero qué hace un periódico/Club especializado en, vamos a llamarlo así, asuntos periodísticos cerca de la Autopista y del Multifuncional? ¿De la Feria 16 de julio y de la famosa Campana?

Más preguntas existenciales (no filosóficas, sino realmente de cuál es su propósito): ¿Qué putas hace un pingüino en plena Feria de la 16 o un Api video homo erótico en el Barrio Chino de La Ceja? ¿Una estatua de un perro o una hilera de quioscos donde chamanes y yatiris pelean por su territorio con basurales y tierra meada mientras leen la suerte de los turistas a unos metros de la parada de los minibuses que bajan hacia la Garita?

La ciudad de las oportunidades, donde todo, todo se puede. A veces por rebeldía, a veces por cultura. Con que No me jodas No te jodo. Mucho de esto, de El Alto, en un libro.

No me jodas, No te jodo.

 No me jodas No te jodo (2018, Sobras Selectas) es un compendio de crónicas seleccionadas por – suscribo las palabras de Rodrigo Urquiola Flores, escritor paceño y vecino chasquipampeño – el vendedor de libros más famoso de Bolivia: Alexis Arguello. La editorial creada y dirigida por él es, como leí en algún periódico, alteña.

Una de las formas narrativas más interesantes para narrar un determinado lugar – calle, macrodistrito, ciudad, país – es la crónica. A través de los pasos que dan los cronistas en el territorio del que pretenden contar, nos van acercando a ciertas cualidades quizá no verificadas en un proceso propio, es decir nuestro. Las anécdotas y “pensamientos en voz alta” acercan al protagonista con el lector y con el contexto. Visibilizan, quizá, ciertos escenarios que nosotros, en una incursión por los mismos parajes, hemos transitado.

Las 17 crónicas del libro cumplen con aquel cometido. A través de sus descripciones nos acercan a esta ciudad a veces caída en ciertos clichés como es El Alto.

Algunos de los autores han nacido en El Alto; otros no (incluso hay uno por demás conocido que ni siquiera nació en Bolivia). Cada cual entiende – ¿entiende? – a la ciudad a su modo, aporta un detalle más para conocer más de este espacio de tierra del planeta que ha hecho de su lema el conocido El Alto de pie, nunca de rodillas.

A pesar del intento de no estereotipar a El Alto – como escribió Arguello en la Nota preliminar – con ciertos símbolos que han creado “los de afuera” –, las crónicas – muchas de ellas – coinciden en ciertos territorios y tópicos: el frío, el miedo a ser asaltado, la justicia popular representada en mensajes escritos en paredes (Auto sospechoso será quemado) y otros más enfáticos: muñecos de ladrones colgados en los postes.

Y lo más resaltante: la frialdad, valga cierta redundancia, de los alteños para con sí mismo y más aún con los visitantes. Mucho de eso en el título escogido para el libro. No te metas en mis asuntos y yo no me meto en los tuyos. Si te metes yo me meto. Y así, hacia el infinito. Que nadie se joda.

“La ciudad de El Alto es una ciudad hosca, podría decir que casi hostil”, o “Era la ira, la ciudad de la ira”, entre otras aseveraciones que denotan a la ciudad más joven del país como parca, cerrada en lo suyo. Agresivos en cierta forma, incluso. Quizá el frío, quizá el exceso de trabajo. Cada crónica cuenta su versión pero coincide en ciertos tópicos.

Pero en otros no. Y he ahí la gran virtud de un libro necesario como es este.

Un grupo de jóvenes científicos que alimentan la nueva ola tecnológica con sus proyectos, tristemente, poco escuchados; el pan que se reparte y que antes se amasa y que antes se aprende a moldear al mismo tiempo que moldeas tu carácter, consciente de que aquel trabajo es vital más para los otros que para ti, un símbolo de la vida en el fuego del horno; el ajayu que se debe recuperar, llamar al viento; el secuestro del primer equipo profesional de fútbol para ser atendidos por las autoridades; la búsqueda de placer en la oscuridad de las salas de cine porno donde los hombres buscan más de ellos para satisfacer su libido y salir a la Ceja, a la 6 de marzo o ir a Río Seco como si “nada hubiera pasado”; o la búsqueda de los amautas, regentes de la espiritualidad, para sanar y saber qué pasos dar.

Buena Fuente

Bajo del Teleférico amarillo; estoy en Satélite, la Zona Sur de El Alto, el territorio que alguna vez – como se lee en la crónica Veintisiete de Gabriel Mamani – deseó (quién sabe si no lo siguen pensando) independizarse de la ciudad que les daba “mala fama”. Salgo y me compro una gelatina roja en bolsita. Precio: un boliviano. Quién sabe cuántos días estuvo allí, entre las verdes, celestes y amarillas.

Subo a un minibús. Es sábado, 3 de la tarde. No hay mucha demanda de pasajeros. En unas horas ingresar a un carro que llegue hasta la Ceja será combatir con cholas voluminosas y agresivas y con muchos jóvenes cadetes de policía que retornar a sus casas por el fin de semana. El lunes deben retornar a Calacoto, a la Escuela de Policías.

Ceja. Pasaje: un boliviano. Camino hacia el Multifuncional; de ahí, a cinco minutos está el periódico. Varios peluqueros parados en las puertas de sus locales me invitan a cortarme el pelo (Joven, pasá). Ocupan algo más de una esquina. Cruzar a la plaza rectangular del frente precisa de la máxima atención de los sentidos: no sabes cuando un camión o micro va a aparecer de pronto y pretender atropellarte si no sales de su camino ante la ausencia de semáforos (la gente de El Alto es una ciudad rebelde, con causa y sin una, escribe una de las cronistas).

En la plaza, pegados a la pared, quioscos plateados de lado a lado. Venden libros: la mayoría cristianos. Himnarios y biblias, además de dvds musicales de sus grupos de adoración favoritos.

Uno no: un casero que vende libros usados a buen precio (no es el único: en la 16 de julio, los jueves y domingos se encuentran tesoros como baratijas – solo como ejemplo compré un Solzhenitsin y un Sienkewics, ambos Nobel de literatura, a tres pesitos –). Entre lo más resaltante encontré las novelas Los premios de Julio Cortázar y El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría. Con menos de 50 bolivianos ya los tenía en mi mochila.

Camino. Cruzo al frente nuevamente. Bajo las gradas, por suerte apenas unas cuantas de la mil que pretende el nombre. Comunico me llegada al grupo de WhatsApp que tenemos y me abre algún integrante del periódico, en la mayor parte de las veces el director y fundador: Freddy Poma.

Freddy, en su condición de emprendedor y joven y destacado periodista – fue auxiliar de docencia varias veces y becario en algunas fundaciones –, fue invitado a viajar a Colombia y, recientemente, Estados Unidos. Llevó algunos ejemplares pasados de Buena Fuente y los dejó en el Newseum, de Washington, museo especializado en la evolución del periodismo mundial.

Freddy nació en El Alto. Muchas veces, al salir de la oficina – un pequeño cuarto pintado de celeste y con fotografías ampliadas de los más destacados periodistas de la historia mundial enmarcados en las paredes –, Freddy nos acompañó hasta la Ceja solamente con polera o con alguna chompa delgada. “No me hace frío, estoy acostumbrado”, alegó muchas veces ante nuestra preocupación. (El frío al que los alteños están acostumbrados).

Los integrantes del periódico son universitarios o egresados de Comunicación Social.

Llegaban desde diferentes partes. De la Católica o de la UPEA. De la UMSA la mayoría.

Desde Villa Fátima, Villa San Antonio, Obrajes y Chasquipampa (yo). Otros desde Satélite, Villa Adela o Villa Dolores.

Ocho de la noche. Después de coordinar las notas que debemos realizar para la edición que se viene – la realización puede durar una semana como dos meses – y analizar ciertos eventos periodísticos que se vivieron en la semana pasada, caminamos rumbo a la Ceja: minibuses a 1,50 nos llevarán hasta la Pérez. Subimos – los que debemos “regresar a La Paz” – y nos despedimos de nuestros compañeros que se quedan, entre ellos el director. “Hasta el siguiente sábado”. Retronaremos a El Alto el siguiente sábado.

No es que te ralles así

El libro debía titularse No es que te ralles así, la frase que hizo famosa e hizo famoso a Ronald Ramos, joven albañil y finalista del Bailando por un Sueño de Red Uno. Lo dijo Arguello en una entrevista radial con María Galindo. Pero, cuando estaba casi decidido, decidió no aferrarse a aquellas palabras de Ramos, el alteño condecorado por defender su honor de ebrio (Reyéndote, jo jo jo jo).

El Alto pedía un libro propio, uno que, además de lo antropológicos y sociológicos, utilice a la narrativa literaria y periodística para acercarse hacia esta ciudad plena de historias y reflejos nacionales – hasta el momento la única novela que toma como referencia a El Alto como contexto total y no como simple tránsito es La puerta, de Daniel Averanga (después de su lectura no vi Satélite de la misma forma) y el cuento Feria 16 de julio de Aldo Medinaceli) –.

Averanga, autor de una de las crónicas y referenciado en por lo menos dos de las otras – como el  escritor alteño más conocido de Bolivia era difícil para algunos autores no mencionarlo –, escribe acerca de la violencia machista que pasa, e ciertas circunstancias, desapercibidas o constituidas como algo natural. Y comienza: Creo que al amor de hoy se confunde con la desesperación y porque estamos aburridos. Quizá metáfora de cierta percepción inhibitoria de El Alto. La ansiedad por ser alguien. Por formar parte de algo. La ciudad del que uno acaba enamorándose a pesar de ser de Sopocachi (“Vivir estido”), chasquipampeño (“El guardián y las piedras”) o de España (“El secuestro más extraño del fútbol”). Porque los alteños nacen queriéndola y rechazándola. Amando ese pedazo de territorio donde todo – todo – es posible.

Incluso modificar el lenguaje a nuestro antojo: No es que te ralles así.