El libro de moda no contiene revelaciones estrepitosas, sus denuncias no están respaldadas con pruebas, ofrece ecos de murmuraciones en casi todos los casos ya sabidas. Pero Ni venganza ni perdón (Planeta, México, 2026) resulta de enorme interés como relato palaciego del poder sin principios ni reglas, de la política subordinada a los caprichos de un cacique al que rodea una claque sumisa y obsequiosa.
El libro suscita expectación porque se trata del testimonio de un disciplinado alfil y operador de Andrés Manuel López Obrador. Aunque dice que le tiene agradecimiento y aprecio (“sigo considerándolo mi hermano”) Julio Scherer Ibarra, que fue su consejero jurídico, describe limitaciones y abusos del ahora ex presidente.
El relato es construido por el periodista Jorge Fernández Menéndez, coautor del libro, a partir de entrevistas con Scherer. Abogado de enorme, y según diversas opiniones turbia influencia, hijo de uno de los periodistas más importantes del siglo XX mexicano, Scherer Ibarra utiliza este libro para defenderse de distintas acusaciones. Es un personaje discutido y discutible y lo que dice ha de tomarse con precaución.
Más allá de sus aclaraciones, Scherer muestra un ejercicio del poder concentrado en una sola persona: “el mundo del Gobierno en los pasados seis años se llamó Andrés Manuel López Obrador. Él gobernaba, él decidía, él actuaba, él conversaba, él estaba en todo. Andrés Manuel era el gran orquestador y el gran tomador de decisiones”. Aunque considera que tiene buenas intenciones, su asesor jurídico advierte que se trata de un personaje muy elemental: “no entiende la economía global”, “no es un hombre de números”, “no es un buen administrador”. AMLO no comprende sofisticaciones técnicas, lo suyo es el discurso ante las masas: “tiene una vocación casi de misionero”. Es, repite Scherer, un “catequizador”.
Catequiza, aquel que instruye en una doctrina sustentada en la fe. López Obrador infundía creencias, pero no razones. Así, durante la pandemia, “Andrés Manuel seguía siendo ese predicador cristiano que lo llevó a decir cosas como ese detente, que francamente nada tenía que ver ni con la política, ni con la salud, ni con la religión, ni con nada”. La persuasión infundida por ese predicador era reforzada con dinero público: “Todos estos programas sociales que se dieron iban acompañados de ese proceso de catequización”.
López Obrador no tuvo colaboradores, sino subordinados. No esperaba opiniones, sino obediencia. Scherer recuerda en varias ocasiones “la lógica del 90 y el 10” que priorizaba la fidelidad muy por encima de la capacidad. Reconoce que la lealtad aunque sea mucha, sin eficacia “no es lo más adecuado ni para el Gobierno, ni para el Congreso, ni para el propio presidente de la República”. Pero a López Obrador no le interesaban las decisiones racionales sino la construcción de apariencias y la concentración de poder.
El secretario de Salud, Jorge Alcocer, era “un gran médico” pero llegó a esa posición “porque… ayudó mucho a su esposa, a Rocío: era el médico de cabecera de Rocío”, dice refiriéndose a la primera esposa de López Obrador. Manuel Bartlett, dirigió la CFE aunque era “una persona que desconocía el sector, que no sabía lo que implicaba una empresa de ese tamaño, que ignoraba lo que se tenía que hacer”. María Elena Álvarez Buylla, directora del Conacyt, “fue tremenda desde el inicio, con errores de todo tipo, confrontada con la comunidad científica”. Hugo López Gatell “hizo mucho daño”. Rosario Piedra Ibarra, en la CNDH, “desde un inicio la supimos inexperta en la materia”. El vocero de AMLO, Jesús Ramírez Cuevas: “un personaje espantoso”, “Jesús hizo mucho daño en el Gobierno”, “un gran manipulador”. El fiscal General, Alejandro Gertz Manero, recibió “un nombramiento del que la sola propuesta de verdad me avergüenza”. Adán Augusto López, en Tabasco, “gobernó el estado a su antojo durante los tres años que estuvo en el cargo y luego vino a ser secretario de Gobernación”.
La excesiva centralización acentuó la ineficacia. “Que el Ejecutivo tenga un control vertical de todo el Gobierno es una de las grandes fallas del Estado mexicano. El presidente no puede estar todos los días revisando si la agricultura, si la educación, si la salud… si ya salió el Conacyt con lo del glifosato, si la relación con Estados Unidos, si hubo 14 muertos en el Estado de México”. Pero sobre todo, el despotismo y la desconfianza de AMLO inhibían a sus funcionarios: “Si el presidente tomaba una decisión y le decías que estaba equivocado, se enojaba o se molestaba”.
Fidelidad sin eficiencia. Scherer cuenta que Arturo Zaldívar, siendo ministro de la Corte, se acercó a López Obrador antes de la campaña presidencial de 2018 para asegurarle: “vengo a decirle que voy a estar con usted siempre, que me la voy a jugar con usted” y el entonces candidato le prometió que, si ganaba, lo haría presidente de la Suprema Corte.
Los principios morales y políticos, aunque López Obrador y su movimiento se ufanan de ellos, les resultan moldeables según las circunstancias. A pesar de que se oponía a que sus candidatos hicieran alianza con el PAN, partido al que abomina, en 2010 López Obrador le autoriza a Scherer que promueva una postulación común en Oaxaca: “me dio luz verde para pactar hasta con el diablo con tal de ganar”. En 2018 Morena hace alianza con el Partido Encuentro Social, de posiciones de ultra derecha, y en Morelos postulan a Cuauhtémoc Blanco. Scherer recuerda: “Era el pragmatismo absoluto, no importaban los ideales, lo que importaba era que ganáramos las elecciones y así ganamos Morelos”.
Principios, proyecto, incluso promesas, son avasallados por el pragmatismo. Para López Obrador, de acuerdo con su colaborador de muchos años, la política no tiene el propósito de acercar posiciones diferentes como las que hay en cualquier sociedad, sino de imponer a los demás los intereses propios. Con crudeza y sin escrúpulos, Scherer justifica: “A ganar la guerra. De eso se trata la política: está hecha para eso, para platicar, para conversar, para acercarnos y para hacer acuerdos. Acuerdos, no negociación. El término negociación para Andrés es espantoso. Andrés Manuel no permite la negociación”.
Por eso López Obrador desprecia al Congreso, que es espacio de mediaciones y negociaciones. Para las candidaturas a senadores y diputados de mayoría toma en cuenta “a una persona con arraigo, que funcione localmente y que tenga un amplio conocimiento del estado”. En cambio, la designación de candidatos plurinominales la resuelve “mediante una tómbola… No es el gobierno de los mejores, sino el gobierno de quienes tuvieron más suerte; es el Congreso de quienes tuvieron más suerte”.
López Obrador no hace política de masas, sino de espaldas a ellas pero tomándolas como pretexto. La política siempre es una actividad de encuentros y desencuentros personales, entre individuos que proponen, negocian y acuerdan por lo general en reuniones privadas. Sin embargo López Obrador ha querido aparentar otra cosa. Scherer Ibarra confirma que tampoco en sus maneras de hacer política el obradorismo es diferente a otros grupos. El líder y sus subalternos van de un conciliábulo a otro. La nómina de restaurantes a los que acude Scherer aparentemente le da verosimilitud al relato pero, sobre todo, revela un constante entramado de encuentros discretos. Julio Scherer el periodista, padre del abogado, y López Obrador, “regularmente cenaban en La Cava”. Scherer Ibarra y Enrique Peña Nieto, “comíamos en un restaurante en la carretera a Toluca”. Scherer Ibarra y AMLO, con sus esposas, tenían “comidas llenas de alegría y casi siempre las hacíamos en el restaurante El Cardenal de la Alameda o el de Avenida De la Paz”. Él mismo y Arturo Zaldívar iban juntos “rumbo al University Club”. Sin embargo cuando se reúne con un dirigente magisterial de Chiapas, en un hotel de Polanco, “no nos quedamos ni en el restaurante ni en el bar: subimos a uno de los espacios privados del hotel, cada uno por su lado, y ahí nos encontramos”.
Las cotidianas conferencias de prensa no son foro para informar al pueblo, sino recursos de intimidación. “Las mañaneras le funcionaron muy bien, porque ningún empresario quería verse exhibido en una; ningún periodista quería verse exhibido en otra” admite Scherer, asiduo a tales sesiones, sin rubor alguno. Pero las puyas presidenciales y el descrédito, que al menos debilitaba a quienes no eran sus incondicionales, a los empresarios los perjudicaba poco en opinión del abogado. Cuando Claudio X. González padre se queja con él porque lo mencionan en las conferencias de prensa, Scherer le responde: “Estoy de acuerdo con que el presidente los molesta en las mañaneras y los molesta bastante, pero ¿cuándo el presidente les ha hecho daño?, ¿cuándo le ha hecho daño a usted?”. Más allá de la retórica, el gobierno de AMLO fue condescendiente con los grandes empresarios.
Casi todo el libro está dedicado al relato en primera persona de Scherer, a partir de sus conversaciones con Fernández Menéndez. Las intervenciones y los comentarios de este último se encuentran en cursivas, de tal manera que es fácil distinguir la voz de cada uno de ellos. Además hay algunos recuadros, casi todos en marcos sombreados en gris y con un tipo de letra más pequeño. En esos recuadros se muestra un par de relatos del cineasta Luis Mandoki (sobre la noche del 2 de julio de 2006 y una cena con donantes de la campaña de AMLO en 2012). En otro, se transcribe parte de una entrevista de Jorge Fernández con Alfonso Romo, que coordinaría la Oficina de la Presidencia. Parece claro que los textos en esos recuadros no son atribuibles a Scherer.
Sin embargo las afirmaciones que hay en cuatro de esos recuadros han sido mencionadas, en diferentes notas en los medios, como las revelaciones más importantes del libro y, posiblemente por confusión, se le adjudican a Scherer. Los cuatro textos son denuncias acerca de Jesús Ramírez Cuevas, Coordinador de Comunicación en el gobierno de López Obrador y actual Jefe de Asesores de la presidenta Sheinbaum. El primer recuadro se refiere a la prohibición, finalmente cancelada, a la importación y el uso de maíz transgénico, decisión en la que, se dice, influyó ese funcionario. El segundo, es un texto en cursivas sobre la entrega de cuantiosos contratos de publicidad a una empresa propiedad de un colaborador de Ramírez Cuevas. También hay todo un capítulo, enmarcado como recuadro, sobre la participación de Ramírez para que en 2022 un grupo de ex trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas recibiera una pensión adicional a la liquidación que ya habían conseguido. Y al final de otro capítulo, un recuadro más asegura que Ramírez Cuevas “y otros funcionarios”, quizá inclusive López Obrador, tuvieron tratos con un personaje llamado Sergio Carmona para que financiara campañas de Morena, entre otras en Tamaulipas. Carmona, que sería acusado por cuantiosos robos de combustible, fue asesinado en noviembre de 2021. En el libro se asegura que hay “informes reservados del Estado mexicano” sobre presuntos encuentros de Ramírez y Carmona y que, en Estados Unidos, “las pesquisas avanzan” sobre ese caso. Sin embargo no se ofrecen evidencias que sustenten tales acusaciones. Al final del libro hay una imagen de código QR que supuestamente remite a documentos sobre ese y otros asuntos, pero al menos en los días recientes la liga a ese sitio no ha funcionado.
El título del libro alude a una frase de Jorge Luis Borges que Fernández Menéndez cita con frecuencia. “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón” escribió el gran autor argentino en Elogio de la sombra. Habrá numerosas apreciaciones sobre las motivaciones de Scherer. En todo caso este libro, que retrata a López Obrador en la plenitud de su antidemocrático absolutismo, permite recordar que todo poder sin límites termina por extraviarse en su propia sombra.