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“Nazismo y ajedrez”, reseña literaria de la NOVELA DE AJEDREZ de Stefan Zweig

De Carlos Battaglini / Inmediaciones

Todo empieza cuando un pasajero de un trasatlántico que se dirige de Nueva York a Buenos Aires, descubre que el campeón del mundo de ajedrez Czentovic, se encuentra a bordo. El pasajero no tarda en sentirse fascinado por la personalidad del genio ajedrecístico, un rara avis dotado de un talento para el ajedrez sin igual.

El pasajero (que es a su vez el narrador) no puede resistir la tentación de conocer al campeón, pero no lo tendrá nada fácil debido a la personalidad esquiva y huraña de éste. A su causa se le une un orgulloso escocés de nombre Mc Connor, que está acostumbrado a lograr lo que persigue. Entre los dos, se las arreglan para retar a Czentovic a una partida, previo pago de una jugosa cantidad de dinero.

Como era de esperar, Czentovic vapulea a sus contendientes aficionados. Lo hace con una arrogancia y suficiencia tal, que solo hace picar más el orgullo de éstos que vuelven a desafiarlo. Sin embargo, esta vez se une a la partida el señor B., un espectador que interviene en un momento decisivo en favor de los amateurs. A partir de ahí, tomará las riendas y llevará la partida hasta unas milagrosas tablas que provocan la crispación de Czentovic.

El pasajero y Mc Connor no pueden estar más excitados y tratan de organizar una nueva partida entre el señor B. y el campeón del mundo de ajedrez. Con mucho esfuerzo, se logra convencer al señor B., que resulta ser un noble vienés víctima del nazismo. Pero no se trata de una víctima de un campo de concentración, sino de una “víctima refinada”, categoría más sofisticada que engloba a los que poseen altas sumas de dinero o bien han estado en contacto con clases pudientes.

Era el caso del señor B., que en su momento trataba con miembros de la burguesía austriaca repudiados por Hitler. A este tipo de prisioneros ‘refinados’, los nazis los destinan a un aislamiento total que mina progresivamente su moral y capacidades mentales y neurológicas, hasta que desesperados, acaban por confesar donde está el dinero. Es así como el señor B., desesperado dentro de un habitáculo donde no hay nada, excepto una cama, o una ventana sin vistas, irá consumiéndose paulatinamente.

«Sólo le salvará el robo de un libro de ajedrez que encuentra dentro de los bolsillos de una chaqueta de un gerifalte nazi, que sustraerá antes de ser interrogado una vez más por la Gestapo».

El señor B. comenzará a descifrar esos raros símbolos, utilizando la cama como tablero y los restos de comida como las migas, como piezas. No tardará en comprender unas partidas que llegará a reproducir una y otra vez en su mente, hasta el punto de memorizarlas obsesivamente. Cuando llega el momento de la partida con Czentovic, se crea una expectación inusitada. El señor B. es capaz de hacerle frente al campeón del mundo, pero al mismo tiempo no puede evitar el resurgimiento de los brotes psicóticos del pasado.

En esta novela corta (género en el que Zweig fue muy prolífico) se combinan varios aspectos centrales. Por un lado, tenemos la representación del apasionante, pero también oscuro mundo del ajedrez y sus extravagantes personalidades y por otro tenemos la barbarie del nazismo, esta vez mostrando una faceta no tan conocida: los trastornos psicológicos. Dichas torturas psicológicas se nos muestran incluso más crueles que las físicas, ya que les sustraen el alma a los hombres y los arroja a la nada más absoluta.

La novela es también un alegato contra la arrogancia, en este caso la de Czentovic que mira por encima del hombre al resto de la humanidad por no tener su talento ajedrecístico; y una defensa de la humildad, evocada en la figura del señor B. que a su vez demuestra hasta que punto puede resistir un ser humano.

Hay que reconocer el mérito de Zweig a la hora de adentrarse con exitosamente en los turbios mundos del ajedrez no sólo desde el punto de vista psicológico, sino también técnico. A diferencia de por ejemplo La Tabla de Flandes, de Arturo Pérez-Reverte, donde se consigue sumergirse en los mundos del ajedrez, con una pasión y psicología admirables, se yerra por el contrario desde el punto de vista técnico: la partida reproducida en la novela es sencillamente un disparate como todos los que saben leer ajedrez reconocerán.

Portada del libro NOVELA DE AJEDREZ de Stefan Zweig

En cambio Zweig está bien documentado, conoce el mundillo del ajedrez y los jugadores destacados de la época, tales como Alekhine, Capablanca, Tartakower, Lasker o Bogoljubov. Desde esta atalaya, dejará algunas perlas. Por ejemplo, cuando el pasajero narrador dice eso de que “el ajedrez posee la maravillosa cualidad de no fatigar la mente. Como toda la energía del pensamiento se concentra en un campo estrictamente delimitado, ni la más intensa actividad mental llega a cansarla, sino al contrario, consigue aumentar su ligereza y vivacidad”.

«Con todo, los que han jugado mucho al ajedrez y sean unos estudiosos del mismo, saben que el ‘milagro Czentovic’, es sencillamente imposible».

No hay ningún precedente en la historia del ajedrez de alguien que se haya convertido en campeón del mundo a base de observar partidas ajenas y en tan corto espacio de tiempo. Tampoco hay antecedentes sobre el caso del señor B., es decir, alguien que haya sido capaz de derrotar a un campeón del mundo a base de reproducir partidas mentales extraídas de un libro.

Ni siquiera nos vale el caso de Bobby Fischer (y de otros niños prodigios) ya que el genio de Brooklyn, antes de ser campeón del mundo, tuvo que invertirle miles y miles de horas. A pesar de ello, tenemos que concederle a Zweig su derecho a hacer uso de su ‘licencia poética’ (o literaria) ya que nos presenta una novela escrita con pasión y con entusiasmo, cargada de mensajes verídicos.

La novela se nos cuenta desde una primera y segunda persona, a través de la cual, Zweig hace uso de una encomiable capacidad retórica que encuentra su máxima expresión en el extenso monólogo que sale de boca del señor B. que nunca resulta aburrido. La contribución del señor B. es tan relevante, que acaba desbancando a su naturaleza antagónica Czentovic como eje central de la novela, como si se simbolizase también la derrota de la arrogancia a manos de la humildad.

Que no teman los que no entienden de ajedrez. Zweig tiene el mérito de ‘horizontalizar’ el juego al lector común, o dicho de otro modo, de adentrar al lector medio en un mundo ajedrecístico que en principio le puede resultar ajeno, cuando no complicado o aburrido.

Con todo, he de decir que a pesar de haber disfrutado de esta novela fluida, intensa, agradecida, no he acabado de engancharme a Stefan Zweig. Lo siento, pero aún no acaba de atraparme su estilo estridente, sonoro, pasional, como si me faltase algo, seguramente una mayor participación del lector, eclipsado por un estilo que prescinde de elementos insinuadores.

Al transcurrir la obra a bordo de un trasatlántico, no pude evitar hacer una cruel comparación con el cuento Teddy de Salinger. Y es que en Novela de ajedrez, uno no tiene esa sensación navegante que siente completamente en el famoso cuento del autor norteamericano. En cuanto a la traducción del alemán al español de Manuel Lobo, digamos que es correcta (sería interesante saber si el uso excesivo del adjetivo ‘displicente’ es cosa suya o de Zweig) aunque no parecía un libro muy complicado de traducir.

Se puede afirmar también que esta novela (que ya va por la decimocuarta edición) publicada por la imprescindible editorial Acantilado, está considerada como la gran novela sobre el ajedrez. Desde mi punto de vista, si eso es cierto, la gran novela sobre el ajedrez está aún por escribirse.

La mentada Tabla de Flandes de Pérez-Reverte, alcanzó un nivel notable, y aunque no sea novela, el reportaje de E.J. Rodríguez para Jot Down sobre la figura de Bobby Fischer, es una auténtica delicia. No obstante, insisto, la gran novela sobre ajedrez está pendiente de ser escrita.

Stefan Zweig acabó Novela de ajedrez en su exilio brasileño, en plena segunda guerra mundial, bajo los influjos de una expansión nazi que parecía imparable. Aterrorizado por el esparcimiento bélico alemán y japonés, tomaría la decisión de suicidarse en Brasil en el año 1942, unos días después de haberle enviado el manuscrito de Novela de ajedrez a su editor norteamericano.

A pesar de que su fama y reputación han sufrido altibajos a lo largo del tiempo, por aquella época se había convertido en un escritor muy prestigioso, gracias a una extensa obra literaria, entre las que se encuentran por ejemplo sus Momentos estelares de la humanidad, Los prodigios de la vida, o una famosa biografía sobre María Estuardo, entre otras muchas más novelas cortas, ensayos, obras de teatro, poemas y más biografías.

Enfrentado a los nacionalismos extremos y firme defensor de la libertad, sus últimas palabras fueron, “creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra”.

¿Y tú lector, has leído a Stefan Zweig? ¿Has leído Novela de Ajedrez? ¿Qué te pareció?

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