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Navidad en Echesortu

El espíritu de la Navidad tiene la facultad de impregnarlo todo, la ciudad más lejana, el pueblo más pequeño, todo, con su magia.

Podríamos decir que es la prueba más cabal de la globalización, o mejor que eso, de la unión y la inclusión. Para que haya concordancia con la idea de paz. Ese día el mundo entero aguarda la llegada de la Navidad, y aún con costumbres diferentes, el sentimiento más profundo es el mismo.

Y Echesortu no se abstiene de este encanto. Pero qué puedo decir yo, cuando cualquier persona que camine, en estas fechas, por calle Mendoza, podrá ver los muérdagos floreciendo en los dinteles, y los enamorados besándose debajo, para lograr la felicidad eterna. Las vidrieras de las tiendas con sus maniquíes vestidos de rojo, verde y dorado, ensayando disimuladas sonrisas complacientes.

Las jugueterías del bulevar Avellaneda, con sus juguetes impecables, relucientes, haciéndole guiños a la gente para que los chicos los pidan en la cartita a Papá Noel, Santa Claus, el Viejo Pascuero, o San Nicolás, como prefieran llamarlo. ¡Emocionarse con el pesebre viviente de la parroquia San Miguel Arcángel! Y quedarse mirando a los ojos al niño Jesús.

A la caída del Sol, en los restaurantes y bares, del barrio, escuchar coros de voces blancas entonando tiernos villancicos, ver a la gente pasar sonriente en todas direcciones con paquetes, que despliegan alegría con sus coloridos envoltorios, y saludarse muy amables. Los clubes olvidarse de todas las revanchas y organizar, juntos, bailes y kermeses.

En el mercado es común ver a las señoras, muy elegantes, luciendo importantes peinados nuevos, intercambiándose recetas de vitel-toné, pavo relleno, arrollados, y, en las esquinas, limpiarán los parabrisas muchachos con gorritos rojos, que terminan en un pompón blanco, desplegando su inmensa sonrisa como gorriones.

Los duendes de la calle abrirán las puertas de los coches invitándolos a sumarse a la fiesta, y en cualquier esquina toda la gente se reunirá asombrada, y con incontrolable alegría, ante un pino gigantesco adornado con guirnaldas de luces con los colores del Arco Iris y en la cúspide, allá arriba, casi inalcanzable, maravillosa, la estrella de Belén iluminando el firmamento de almitas desbordadas de felicidad. Mientras tanto, en las plazas, los niños reirán como cascabeles y jugarán a hacer angelitos en el arenero, como si hubiera nieve, mientras miran extasiados, en el cielo, la estela del trineo.

Sí, ya sé que deben estar pensando que soy demasiado fantasioso, que fumé algo raro, o soy un fabulador sin límites. Pero es que aprendí a querer este barrio, caminándolo, cuadra por cuadra, recorriendo sus calles, sus cortadas, conociendo su gente y siento que en el centro mismo de Echesortu nace indefectiblemente, cada año, la Navidad, que en cada ventana en donde brilla la parpadeante luciérnaga de una guía de colores, hay un Papá Noel cambiándose para repartir regalos, no importa a quien, y que esa noche todas, todas las casas tienen chimenea, y que nadie debe estar solo, porque es un barrio de puertas abiertas, sonrisas cómplices y abrazos.

Quizás no me crean, pero deberían hacer a un lado la duda y salir a caminar el barrio con alma de niño, a redescubrirlo con el asombro intacto. Olvidarse por completo los pesares y rencores y mirar con el corazón como repican como campanas las voces de todos cuando desde atrás de una enorme sonrisa incontenible desean ¡Felicidades!

No van a poder evitar el contagio, y al otro día van a repetir en un tono suave a todo el que se les acerque: ¡Qué bonita es la Navidad en Echesortu!

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