Márcia Batista Ramos

“La narcocultura ha afectado con particularidad a cada sociedad que ha tocado, pero en la que se ven estructuras mafiosas imponiendo costumbres y tendencias sobre el resto de la población, en algunos casos sin o poca ética y estética.” 
Jesús Antonio Pardo León

Día que pasa la prensa, tanto escrita como televisiva, va dando un poco más de espacio y atención a las fiestas, arrogantemente, millonarias que derrochan medio millón de dólares en tres días, como si el boliviano promedio pudiera acceder a esa suma con el sudor de su frente. Mientras la prensa promueve titulares como: ¡El preste del año! o ¡La boda del año! queda en el aire la pregunta: ¿Cómo un profesional, independiente puede juntar semejante monto para su boda? o ¿Cómo comerciantes que no están en las listas de los grandes contribuyentes, derrochan tanto en una fiesta?

Detrás de las manifestaciones de despilfarro, de personajes “equis”, que de la noche para la mañana aparecen en los medios, como si se tratara de personalidades de la farándula de “Hollywood” o celebridades del “jet set” internacional, ostentando la millonada que están gastando en alguna conmemoración, está lo que muy bien caracteriza Giménez (2007): “la narcocultura define identidad de quienes la comparten, y es a partir del consumo, el lenguaje o la moda que va representando un estilo de vida, el cual es caracterizado a partir de distinción, respecto a otros sectores y clases sociales. La narcocultura también, representa valores de amistad, lealtad o compadrazgo propios del mundo del narcotráfico.” 

No podemos cerrar los ojos, como padres, educadores y personas normales, que vivimos muy al margen del submundo que poco a poco se consolida en Bolivia y más temprano que tarde, representará la ruina completa de la sociedad. Es necesario que seamos críticos, jamás envidiosos.

Como construcción social, se va gestando en nuestro país, de manera sólida, las culturas que crean expectativas de vida y legitiman el tráfico de drogas a través de formas simbólicas como comportamientos ostentosos, los grandes prestes, las inalcanzables bodas, series televisivas importadas que enaltecen al narcotraficante y su arquitectura aparatosa. Por eso la narcocultura, no es un fenómeno social irrelevante, sino que corresponde a la dimensión cultural del tráfico de drogas que ya se impuso en países de la región y ahora está invadiendo Bolivia.

La difusión mediática que tiene el estilo de vida de los narcotraficantes, aspectos como su lenguaje o consumo, va haciendo con que otros individuos empiecen a querer reproducir todo aquello que los medios muestran con normalidad, haciendo emerger así, la narcocultura. Un ejemplo de ello es la “Chapo-moda” que se produjo en México, con la elevada venta de camisas que vestía Joaquín “El Chapo” Guzmán en algunas imágenes y videos publicados en internet y la gente sentía una identidad cultural hacia él.

Hoy por hoy, los niños y adolescentes que miran toda la prensa nacional alardeando sobre “Bad Boys Blue, de Alemania; Grupo Samuray, de México; Eddy Lover, de Panamá; Yelsid, de Colombia, además de otros artistas de Perú, que son algunos de los que animarán el enlace matrimonial y otros grupos musicales de renombre en el ámbito nacional”, crecen con la idea de que el éxito económico no tiene precio, carece de ética y es lo único que importa.

Los medios, al dar cobertura a las “narco fiestas”, están contribuyendo e incentivando a la construcción de la identidad narco delincuencial aceptable socialmente, mediante la configuración de la corporalidad en la dinámica del poder económico, sin tomar en cuenta la ambivalencia que asume el poder económico dado a su origen nefasto.

Mientras la prensa promueve y documenta, asiduamente, la actividad de los nuevos ricos de Bolivia las autoridades cierran los ojos. La gente decente, se va arrinconando de a poco y la delincuencia en su paso errático hace gala de su excéntrico y soberbio derroche.