Amalia Caridad Cordero Martínez /Cuba.
Mi primer instinto fue buscar a mi madre; después, el primer dedo que aprisioné, el primer llanto avisando que era hora de alimentarme, fueron lecciones que incorporé. Así me di a conocer. Para que ganara equilibrio, me sostuvieron hasta que comencé a traspasar puertas. Fui dando tumbos hasta la cocina, donde grabé la imagen de mi madre frente al fogón encendiendo el carbón. ¿Cómo se hace? Pregunté muchas veces. Y muchas veces, con gran paciencia, me lo explicaba. Mi tarea diaria era poner la mesa, según ella orientaba. Se sucedieron el orden en la casa, los cuidados al comprar algo. Allí no se podía vegetar mientras quedara algo por hacer. Gané hábitos de colaboración y de enfrentarme sola a cada tarea hasta concluirla. Nunca escuché a alguien hablar más alto que otro, y las palabras se repetían hasta pronunciarlas bien. Confieso que a veces no tenía deseos de cumplir aquellos deberes hogareños. Pero mis padres sabían más que yo. Tejían los hilos que venían de atrás y los suyos propios, para que yo me sostuviera en el trayecto que me esperaba porque, en aquel campo donde nací, el tramo hasta el horizonte, donde vivía el futuro, quedaba muy corto y era escabroso.
Todas aquellas historias se tatuaron en mi piel. Las siento en el olor del oréganillo en los frijoles negros, en la canela de un arroz con leche, en las arrugas de mis manos, tan parecidas a las de mi madre, que pelando viandas me inculcó que no podía descuidar la alimentación de los míos.
Temprano, con gran acierto, pusieron un libro en mis manos, y de verlos empuñar un cuchillo o un azadón aprendí a manejar un lápiz. Ahí fue que brotaron mis alas. Mi única profesión no sería la de ama de casa, aunque he estado segura de que todo lo que aprendí desde el primer paso es lo que me ha abierto las puertas hacia los espacios donde cuajaron mis sueños y donde he escrito la historia que he protagonizado.
Como yo, tantas mujeres tienen estas y otras experiencias. Cada una de nosotras es un árbol genealógico que reúne imágenes con muchos silencios que traemos bajo el brazo. También somos un libro de muchas páginas escritas, a veces con sonrisas, otras con lágrimas, siempre con un ímpetu que, cuando se ejerce, mueve montañas. Cada mujer tiene una escritora dormida. Guarda un arsenal de palabras, de metáforas, de paisajes en su memoria, en espera de que ella escriba la poesía de su vida.
De esa vida debería llevar un diario que contara la época de cada una. Esa en la que tenemos un espacio muy bien ganado, con la mirada hacia adelante. La prioridad es continuar abriendo caminos en defensa de nuestro lugar en el hogar y en la sociedad. Que nadie minimice tu dolor, porque detrás has dejado las uñas arañando la vida para avanzar hasta donde has llegado. La luz ya se ve, no la perdamos.