Márcia Batista Ramos
La ciudad amaneció cansada, con todos los malos olores concentrados en la ruta del carnaval. Después del estruendo, del exceso, del grito y de la carne celebrada sin tregua, el silencio cayó como una sábana húmeda sobre las calles. Las graderías, que habían sido testigos de la ebriedad colectiva, ahora parecían esqueletos abandonados de una fiesta que ya no existe.
Desde la madrugada, el aire se volvió más leve. Sin bandas. Como si el mundo recordara que no todo es urgencia, que hay un ritmo antiguo que no responde a los calendarios humanos. El ritmo del silencio, que libera del dolor.
Los barrenderos ingresaron a la avenida para realizar su trabajo. Sus escobas raspaban el alba con un sonido áspero, como si quisieran despertar incluso la conciencia.
En los rincones, el carnaval agonizaba respirando débilmente: un zapato sin dueño, una máscara rota, una botella vacía mirando el cielo. Los restos de la fiesta hablaban en voz baja de una felicidad breve, casi feroz, como si la alegría hubiera sido una batalla.
La ciudad parecía otra. No más limpia, no más justa, no más santa. Apenas más consciente de su fragilidad.
El sol ya no era el mismo. El sol subía despacio, sin entusiasmo. Los árboles parecían que se inclinaban un poco más ante el miércoles de ceniza. El olor era distinto al del día anterior. No era de fiesta. Era de resaca.
El mundo entero parecía respirar más despacio. Como si supiera que la eternidad también necesita pausa.
Las campanas sonaban con una gravedad distinta. Las palabras se volvieron breves, y el silencio adquirió un espesor casi sagrado.
Las iglesias abrieron sus puertas desde temprano. La gente llegaba con los ojos inflamados, la piel pegajosa, la memoria fraccionada. Algunos no recordaban todo. Otros recordaban demasiado. El cansancio igualaba a todos.
La liturgia recordaba que la vida no es posesión, sino tránsito. Que el cuerpo es una morada prestada. Que el tiempo no nos pertenece.
Un sacerdote tomó las cenizas. Polvo de ramos bendecidos el año anterior. Fuego antiguo convertido en signo.
Uno a uno, los fieles inclinaban la cabeza. Tal vez no por costumbre. Apenas por gravedad.
El dedo del sacerdote trazó la cruz sobre la frente de cada feligrés, y en ese gesto mínimo ocurrió algo que el carnaval no pudo conceder: la pausa.
-Recuerda que eres polvo. Y al polvo volverás.