Error humano
Juan Martínez Reyes – Perú
Nadie sabía que la abuela había acabado con la mayoría de los pobladores. Sin querer, aquella noche dejó caer veneno en la olla de caldo en la fiesta patronal. Hoy, sin poder soportar más su conciencia, entre lágrimas le confesó todo al cura. No le cuente a nadie, porque esto únicamente lo sabemos la abuela, el cura, usted y yo.
La invitada de honor
Paola Tena – México
Cuando mi coche falló a la salida de ese pueblo sin nombre me vi obligada a tocar en la primera casa con ventanas iluminadas que encontré. Abrió una anciana vestida de luto. «Pase, la estábamos esperando. Perdonará que hayamos empezado sin usted», me dijo, caminando delante de mí a través de un pasillo estrecho hasta una sala en el fondo, en semioscuridad y habitado por mujeres rezando el rosario en un murmullo común. Hice amago de sentarme atrás, en una silla vacía. «No, hágame el favor, sin modestias. Usted es la invitada principal». Así que tomé mi sitio en el lugar de honor, dentro del féretro, en medio de la sala donde lo había colocado el encargado de la funeraria local, horas después del accidente de carretera.
Es amor
Estéfani Huiza Fernández – Bolivia
Un día, vos llegaste. Con los bolsillos vacíos, despacito, caminando con los pies descalzos hacia este corazón cobarde. Con tu carita de ensueño, con tu voz dormida y trémula, con esa manía de amarme a pesar y a mi pesar de ser hiel pura. Es amor, te lo juro, me dices, y no entiendo, o quizá no discierno por qué entonces siento que no siento.
Incógnita
Karla I. Herrera – Honduras
Su madre falleció a los ochenta y tres años de edad, sin embargo, en medio de sus visiones oníricas, el clarividente ha creído verla rejuvenecida, de unos cuarenta a cincuenta años y mucho mejor de lo que estuvo en vida. Ante esta presunta involución, él se pregunta, de vez en cuando, si el óbito retrocede en el tiempo o si, por el contrario, él se ha obsesionado con un pasado que no conoció a plenitud.
Diagnóstico
Laura Nicastro – Argentina
Le habían recetado una tomografía. Inmovilizado por cuatro cintas a una plataforma rodante, sintió que se deslizaba inexorablemente dentro del enorme cilindro de acero. Un corazón omnímodo lo engolfó. Quiso soltarse. No pudo. En la oscuridad le faltó el aire. Rodeado por ese latido gigantesco que lo atravesaba, cada pulsión le borraba los triunfos, las derrotas, los recuerdos.
Concentró todas sus fuerzas en gritar.
Cuando el técnico que estaba dentro de la cabina oyó el grito, suspendió el proceso e hizo que la plataforma emergiera del tomógrafo. Sobre ella un bebé desnudo lloraba furioso y su cordón umbilical se perdía en la oscuridad del tubo de acero.