Al final del show
Adriana Azucena Rodríguez – México
El ventrílocuo declaró su amor a la marioneta. Ella le dijo que no. Nadie volvió a saber de él. Ella, encerrada en el baúl oscuro, sabía que por fin era libre.
La poeta
Felicidad Batista – España
Llega como cada tarde. Se sienta en la mesa de siempre. Bajo una lamparita que languidece. Saca de su bolso un cuaderno de hojas blancas. Se deja llevar por una suave melodía de jazz. Mira a los escasos clientes. Nadie repara en ella. Una lágrima de luz resbala sobre una pequeña placa que la nombra. Pero, ya se sabe que las almas errantes nunca leen su muerte.
Calíope
Rubén García García – México
—Has clamado por el don de la ficción. Y ahora, ante mi ofrenda, frunces el ceño.
Bajé la mirada.
—Te lo agradezco, amada diosa. Pero duele más lo que llega tarde que lo que nunca llega.
El murmullo del agua llenaba el silencio. Calíope, con su mirada melancólica, comprendía mi desvelo.
—El tiempo es implacable —murmuré.
A lo lejos, Caronte aguardaba en su barca. Impaciente.
—¿Para qué el arado si la tierra ya se ha endurecido?
Calíope sonrió con tristeza. En su mano brillaba una moneda dorada.
Luna
Ildiko Nassr – Argentina
Le carcome la culpa. Llevó el cuerpo en sus brazos hasta el lugar en el que lo deslizó y cubrió de tierra. Lo hizo como un gesto automático en el que la pala tapaba el bulto hasta ya no ver nada. Dijo una plegaria y pidió por su eterno descanso.
Al regresar a casa, limpió los pelos del animal y lloró su ausencia. Recordó los regaños, las veces que la sacó de su cama, las horas que la había dejado encerrado mientras trabajaba. Su deseo de estar siempre juntas. Y lloró casi hasta quedarse sin lágrimas.
Guardó sus juguetes y rememoró las horas de juego y risas.
Nadie le enseñó a duelar una mascota.
Rinoceronte blanco
Juan Martínez Reyes – Perú
Todo de derrumbó, cuando supe que era el último de mi especie.