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Microrrelatos – Colección de literatura breve CCXII

Jaque eterno

Jorge Larrea Mendieta – Bolivia

Jugaban ajedrez cada viernes, siempre ganaba el viejo. Una noche, el joven hizo jaque mate. El viejo lo miró sorprendido, y dijo: “Ahora te toca a ti.” Desde entonces, el joven envejecía más rápido. Cada partida lo hacía más gris. Hasta que un niño lo retó. Y perdió. El ciclo comenzó de nuevo. El tablero nunca se detiene.

Tour

Virginia González Dorta – España

Con delicadeza revisa la colección de cromos de los mejores corredores, famosos en su infancia. Al fondo de la caja, envuelto en un algodón amarillento, el mayor tesoro que conserva: uno de los dientes del ciclista al que se le partió el cráneo, muerto frente a su casa.

Ángel

Nélida Cañas – Argentina

Sentado en la casa de la infancia un ángel solitario fuma y mira las estrellas. Mira las estrellas y fuma. Desde la otra orilla su madre le sigue bordando las alas como el primer día.

El tatuaje

Carmen Nani – Argentina

Le sugirió que no se tatuara un escorpión en el brazo y menos con la cola erguida como si fuera a atacar. Elena sonrió con ironía. Esa noche antes de acostarse, acarició la figura, apagó la luz y esperó. El grito de su marido le confirmó que no se había equivocado en la elección del tatuaje.

Sisenég

Manuela Vicente Fernández – España

Cuando despertó contempló su cuerpo desnudo. Yacía al lado de la mujer y ambos se contemplaban mutuamente. Se recorrieron y reconocieron con la mirada y con las manos. Después exploraron el entorno, una profusa vegetación, poblada por diferentes seres animados, algunos provistos de plumas y otros de abundante pelo. Retrocedieron, desandando el camino, y contemplaron a las criaturas del agua a la par que veían volar las aves sobre sus cabezas. Siguieron retrocediendo hasta llegar a la noche y observar sobre ellos la bóveda celeste, cursada por numerosas estrellas y una inmensa y redonda luna. No se detuvieron en su caminar y en el retroceso asistieron a la separación de las aguas y a la formación de la tierra. Totalmente absortos, admiraron la creación del cielo, y, en esa mística contemplación, llegaron hasta el primer día para ver, maravillados, surgir la luz de entre las tinieblas. Dieron entonces un paso atrás, uno solo, que les bastó para sumergirse en el caos y crear a Dios en su pensamiento.

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