Maurizio Bagatin
Llegué por primera vez un dia de enero. Frío mediterráneo, tal vez “crudo” pero sin la humedad del valle de la Padania de donde yo venía. Tarento era ya negra, pero de un negro aun diáfano, cristalino como el mar Jonio. ¿Oxímoron? Al llegar todo me pareció un oxímoron, el clima, su gente, su arquitectura, su historia. Tanta historia y Foggia es la única ciudad italiana que no tiene un centro histórico. Su inmenso Tavoliere (Tablas de las Apulia) sigue siendo uno de los graneros de la península. Cruzándolo en tren disfrutas del contraste entre el amarillo del trigo y el rojo de las amapolas; una vez en invierno lo vi bajo una milimétrica nevada, el choque era soberbio, y la luz que parecía emitir el cielo favorecía este encuentro entre la paz del invierno y la voluntad de la inminente primavera.
Con Agnese hablamos de la Vía Apia, la Regina Viarum del Imperio Romano. Ella me lo confirmó, no deberíamos seguir con el eterno refrán de que “todos los caminos llevan a Roma”, finalmente deberíamos reconocer que “todos los caminos empiezan a Roma”. Sorbiendo negroamaro y degustando aceitunas negras, pan de Altamura y queso madurado de oveja nos deleitamos de las peripecias de Virgilio que retorna de la Grecia, de Adriano y de la pax romanae. Delicias regionales, el canto de los últimos campesinos que hace retorno a sus hogares con el rostro bronceado y las manos secas y callosas, en la boca un higo seco y el silbido que inspira el viento de levante. Hay un tren que un dia hizo emigrar a la mayoría de ellos, una esperanza decepcionante. Vimos Rocco y sus hermanos y una lagrima salió de sus ojos negros. El sol sigue ardiendo, parece no querer tramontar nunca hacia el impaciente y lejano oriente. A la frisella se le estruja un tomate y antes de cortarlo se le añade aceite de oliva, “es la receta antigua”, me hace recuerdo. Mucho rato hablamos de la Pizzica y de la Taranta. Una terapia que el tiempo la hizo folclor. Ernesto De Martino, un antropólogo napolitano y un etnomusicólogo, Diego Carpitella, se sumergieron en este fenómeno cultural hasta “capturarlo” en La tierra del remordimiento, una obra que se sigue estudiando. Escuché la sikuriada cuando recién llegué en Bolivia, un éxtasis parecido. Baile que cura con un delirio aparentemente sin fin. Afrodisiaco, solar, telúrico.
Noches de luna llena en Ostuni y caminatas bajo la nieve en Martina Franca. Noches peripatéticas, inspiradas en filósofos griegos que la Magna Grecia instaló en Tarás y el recuerdo de Publio Virgilio Marón que desea se destruya su obra, la Eneida. Divago. Mis lecturas se coagulan en momentos históricos aparentemente precisos, un párrafo del Cristo se detuvo en Eboli acompaña a Horace Walpole. Extraños encuentros-desencuentros. Mares que se unen y se mezclan abrazando una región muchas veces llamada “el taco de la bota”. Otranto, puerta de Oriente se hace gótica y en mi metabolismo literario fluye la Lecce barroca, recordando el destino que la Xyllela fastidiosa ha brutalmente otorgado a los milenarios olivos del Salento. Ahí fue la vez que perdí un tren en Bari y me encontré en la ciudad de Lecce, enceguecido por el sol veraniego que se reflejaba violentamente en las piedras amarilla de la Florencia del sur.
“C’è un nome sulla pietra, c’è una stella./Menhir di salmodiante memoria./Nella voce del vento senti il fremito/delle cose che non hanno compimento”( Hay un nombre en la piedra, hay una estrella. /Menhir de salmodiante memoria. /En la voz del viento sientes el temblor/de las cosas que no tienen cumplimiento), escribe el poeta Antonio Prete. Desfilan desde una vieja lista los nombres del sur, de lo que seguimos llamando “Meridione”: Arena, Cozzolino, Di Pierro, Lepore, Minervino, Pesce, Pisacane y Troja. Las cruzadas pasaron por aquí. En un pueblo del Salento me hicieron conocer a un árbol de algarrobo de pantagruélica grandeza, tendría mas de quinientos años, los monjes cistercienses además del árbol custodian la receta de un antiquísimo licor de hierbas. No lejos de ahí, en Oria, me contaba Giovanni Pellegrino, pasaron todos los que pudieron pasar, sarracenos, longobardos, turcos, bizantinos, pasaron Virgilio y Junio Cesar, Octaviano y San Pedro, aquí hace una pausa antes de ir a Roma.
Saco el pan del horno, observo de la ventana los tres árboles de olivo que Pina trajo hasta aquí en una valija. Tres Leccino de Nardó que transplanté hace más de veinte años en esta tierra y va el recuerdo a Federico II, el alemán que legiferó a favor del verde de la Apulia del siglo XIII. Algo que aún no hemos aprendido aquí.