Metáforas que quiebran murallas: el arte como bandera

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De: Rodrigo Villegas Rodríguez / Para Inmediaciones

Mientras el mundo se resquebraja, se descompone, los artistas – no todos, como es de suponerse – nos impactan la retina con espejos de mundos de los cuales no nos habíamos percatado, o, quizá, no habíamos querido ver. Un arte comprometido, digamos. Uno que realizan para que giremos la cabeza a todos los lados posibles y reconozcamos los problemas prolongados de nuestra sociedad. Uno enfocado en despedazar las montañas que nos impone el statu quo, que nos quiere callados. Mudos.

En estos tiempos de Bolsonaro, Trump, Putin, Maduro, Ortega y tantos otros, es clave que podamos apreciar nuevas imágenes de la destrucción silenciosa a la cual se nos pretende retornar. Obvio con discursos más llanos, menos furiosos, con pretensiones de cuidar lo establecido, lo que corresponde – “Con mis hijos no te metás” –, lo que no se debe mover. Palabras que definen un tiempo: el de la intolerancia adormecida que mueve una vez más sus dedos, intentando recuperar su cuerpo rojo, sediento.

O del discurso blancoide de “La nueva burguesía viene a quitarnos todo, tenemos que protegernos, porque al fin y al cabo somos diferentes, se nota al tiro”. Temor a los negros, a los indios, a los homosexuales, lesbianas o cualquier persona que amedrente un espacio exclusivo. Un miedo infundado por la violencia. Una a la cual, lamentablemente, parecemos retornar.

Así nació el Ku Klux Klan, los nazis y los fascistas. Discursos de superioridad, de totalitarismos, de un salvaje predominio de la piel. Lo que comenzó con pequeños grupos de resentidos y destructores se elevó a la enésima potencia, llegando a comenzar guerras y genocidios. Unas ganas tremendas de no querer “ensuciarse”, de no permitir franquear las murallas de la sangre privilegiada.

Quizá el mayor representante de estos dictadores del discurso silencioso sea Donald Trump. Con la bandera de “primero Estados Unidos”, esta ex estrella de televisión y multimillonario ha conseguido la presidencia de su país con la llamada a defender lo suyo, lo que siempre les ha pertenecido y que ahora se les pretende usurpar. “Hay que erguir murallas, debemos mandar al ejército a las mismas si es necesario”. No hay paso. Nadie más que nosotros, los culitos blancos, podemos vivir en esta tierra de estrellas nubes y franjas sangre.

Cuando la caravana de inmigrantes llegue a la frontera estadounidense veremos de qué es capaz este millonario y despótico hombre de peluquín amarillo.

Porque la ideología se introduce así, apelando a la brutalidad del cuerpo. Y hay muchos intelectuales que inyectaron sus pensamientos en este desmembramiento de especies. El escritor francés Louis Ferdinand Céline (Viaje al fin de la noche) era fascista; Martin Heidegger, el filósofo alemán, nazi. Y así tantos otros.

Es gracioso incluso ver cómo algunos escritores y periodistas apabullan con memes y otras publicaciones en el Facebook – hoy en día herramienta eficaz y por demás potente para declarar ideas y demostrar la clase de personas que uno es – acerca de su misoginia, su intolerancia y su conservadurismo radical. Es gracioso pero a la vez alarmante, porque vemos que tras él hay varios otros y otros y así, que se van reproduciendo como hormigas. Por supuesto estas personas están re chochas con Bolsonaro y otros parecidos, porque llegan a “salvar al mundo de la decadencia”.

Pero hay otros, valientes y dispuestos a utilizar su arte como arma de combate ante estos futuros tiranos – sus discursos nos han demostrado que están para eso y más –.

Uno de ellos es Spike Lee. Director de cine afroamericano conocido por tratar la temática racial en varios de sus largometrajes. Mucho más en su más reciente producción: BlacKKKLansman. O en español: Infiltrado en en Ku Klux Klan.

¿De qué va la peli? Un breve resumen: a principios de los años setenta, una época de agitación social con la encarnizada lucha por los derechos civiles, Ron Stalworth se convierte en el primer agente negro del departamento de policías de Colorado Springs. Como es de suponerse este oficial amateur no es bien recibido en su nuevo lugar de trabajo. Pero se da mañas para realizar una labor muy peligrosa, una que le puede costar la vida: ingresar a la secta que odia y mutila a los negros.

La peli puede llegar a tener altibajos en la construcción en sí de la historia, de la trama, pero, a pesar del reconocido afán de Spike de cruzar los límites, quizá, del panfleto, esta cinta emite un mensaje, uno que se hace más explícito en los últimos minutos, en los cuales toma forma de documental: Trump y el discurso del miedo, Trump y las banderas neonazis, Trump y el Ku Klux Klan, Trump y la muerte silenciosa.

(A las horas del balotaje y la posterior victoria de Bolsonaro, se conoció que el elegido por el 55% del pueblo brasileño recibió una llamada de Trump. En ella lo felicitaba por el logro y lo invocaba a dialogar, ya que veía muchos “criterios” similares).

Porque así como Spike Lee con Trump, varios artistas – cantantes, fotógrafos, cineastas y escritores – expresaron su reticencia frente a Jair. Uno de ellos fue Caetano Veloso, el laureado cantautor brasileño, que dijo que, frente a esta hecatombe que parece venir, iba a defender la libertad y a su país a través del arte. De la música y de las palabras.

Porque en momentos como este, el de la cercanía de la violencia mediata, de los muros que se nos quieren imponer, el arte puede llegar a ser el arma más trascendental para resistir y combatir a los ideales de los radicales. Puede convertirse en una bandera blanca. En el documental recién presentado por NatGeo acerca de la vida y obra del cantautor argentino e ícono del Rock latinoamericano, Charly García, en una de las escenas y preguntas acerca de su compromiso artístico en contra de la dictadura de los setenta, de cómo logró zafarse de las garras de Videla, el Gran Charly respondió algo así: “Había que pensar más, ocultar el mensaje en la canción, darle belleza, utilizar las metáforas, trabajar las metáforas”.