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Mercantilizando la educación universitaria…

La gran cantidad de universidades bolivianas está contribuyendo de forma dramática a empobrecer la educación y la investigación superiores. Los entusiastas del mercantilismo dirían que en tanto más competencia haya, las empresas se esforzarán más por la calidad de sus productos o servicios (lo cual puede ser cierto en algunos casos) para enamorar al potencial consumidor. Pero creo que en educación ese razonamiento no se aplica, ya que, por lo que se ve, la calidad académica de la universidad en Bolivia es de muy bajo nivel debido, entre otras cosas, a la grosera cantidad de casas de estudios superiores que hay y que se siguen abriendo. Podría haber trescientas universidades y estoy seguro de que la calidad de la educación no ascendería un ápice. Todo lo contrario.

Si una pizzería no mejora su producto con un mejor queso, una mejor masa y un mejor precio respecto a los de la competencia, fracasará y terminará quebrando. Pero esa relación no ocurre en la lucha empresarial en la que están sumidas las universidades (sobre todo privadas) en Bolivia, toda vez que, a mayor competencia, la calidad del producto (la enseñanza académica y la investigación) no está mejorando, sino que se está empobreciendo. Y esto sucede porque si las mejores universidades bolivianas (repito: sobre todo privadas) mejoraran sus mallas curriculares con contenidos de primer nivel, contrataran a los mejores profesores y lanzaran programas o becas de investigación en pro de la ciencia y el conocimiento, la mayor parte de los padres de familia y los mismos bachilleres no se verían seducidos por nada de ello: se seguirían guiando por su instinto práctico y pragmático (propio de la era del consumismo y la inmediatez) y, en consecuencia, eligiendo lo más mediocre, rápido y barato.

Lo que generalmente quieren los jóvenes y sus familias en esta era en la que todo es efímero y desechable es obtener un cartón de licenciado de manera práctica y acelerada, sin transitar por una odisea de trámites engorrosos y, sobre todo, sin mucho esfuerzo intelectual. La licenciatura, así, es un proceso rutinario al cabo del cual la titulación es casi obligatoria, ya que la reprobación es casi imposible. Lo mismo ocurre con los programas de posgrado, que se están convirtiendo en productos lucrativos en vez de espacios donde se puedan ensanchar los conocimientos humanísticos y científicos y donde se pueda debatir. Por ello, las universidades, hoy con sólidas unidades de mercadotecnia cuyo objeto es publicitar sus ofertas (poco falta para que anuncien promociones de venta), están implementando cantidad de cursos de formación continua en toda suerte de áreas (redacción, gastronomía, lenguas, citación APA y un larguísimo etcétera) para captar estudiantes que eroguen dinero.

Seamos sinceros: ¿quién hace hoy un diplomado, un curso de formación continua o una maestría con el fin de aprender nuevos talentos o de escribir un trabajo investigativo en el que se descubran nuevas cosas o se aporte al desarrollo de la tecnología? Pocos, sin duda. La gran mayoría de aspirantes a un cartón de magíster, taller o diplomado paga una matriculación con el fin de engrosar su ya barroco, recargado y pomposo currículum, en el cual están registradas hasta sus visitas al dentista y sus viajes al exterior. (Pudiendo equivocarme, podría decir que con el tiempo la tendencia engullirá incluso a los programas de doctorado.)

Cuando las universidades diseñan nuevos programas académicos, estos muchas veces estos pasan a la burocracia del Ministerio de Educación, institución que hace un trabajo de revisión que es un saludo a la bandera. Cuando hay alguna observación, esta no es relativa al fondo del programa, sino a formalidades sin trascendencia. Con todo esto, cabe preguntarse: ¿en qué se ha transformado la universidad boliviana? Puede que el fenómeno de banalización académica tenga que ver también con la era del consumismo, pero considero que en Bolivia la calidad académica (siempre mala por escolástica y rutinaria, pero ahora también por demasiado laxa y poco exigente) está en niveles muy bajos, dignos de ser repensados y reorientados.

A todo esto, se añade otro problema no menor: la indigencia cultural y de pensamiento crítico con la que los bachilleres, víctimas de un siniestro sistema educativo escolar, llegan a las aulas universitarias. Con jóvenes que no saben leer ni investigar, por una parte, y universidades-empresa cuyo objetivo central es acumular dinero ofertando títulos, por otra, el resultado no puede ser sino deprimente. Es necesario que tomemos conciencia de todo esto y trabajemos por resolverlo, a menos que nos conformemos con tener una sociedad de profesionales (enfermeras, abogados, ingenieros, economistas, etcétera) ignaros, con un título bien enmarcado pero comprado.

Ignacio Vera de Rada es profesor universitario

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