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Luis “Cachín” Antezana: el que pensaba sin pedir permiso

Inmediaciones

“Para poder enseñar, hay que leer, hay que aprender a leer y hay que aprender a enseñar.”
Luis H. Antezana

No era un iluminado. No caminaba sobre las aguas ni hablaba en parábolas. Pero tenía algo que hoy escasea: pensaba con honestidad. Y eso, en estos tiempos, es casi milagroso.

Luis Huáscar Antezana Juárez, más conocido como “Cachín”, nació en Oruro en 1943. Doctor en Letras por la Universidad Católica de Lovaina, traductor, ensayista, docente, crítico literario. Pero más allá de los títulos, fue un lector feroz, un maestro incómodo, un pensador libre. A los siete años, eligió comprar Los tigres de Mompracem en vez de un texto escolar. Sabía que podía recibir una paliza, pero también sabía que no podía dejar pasar ese libro. Así empezó su vida: leyendo sin permiso, pensando sin miedo.

No enseñaba para que lo aplaudan. Enseñaba porque no podía evitarlo. Porque cada signo, cada palabra, cada gesto del mundo le pedía ser leído. Y él leía. Leía como quien respira. Como quien sospecha. Como quien ama.

No le gustaban los homenajes. Le incomodaban los elogios. Prefería el café largo, la conversación que se alarga hasta que ya no importa la hora. Si alguien lo citaba, respondía con una sonrisa torcida y un “¿y eso de dónde lo sacaste?”. Porque para él, pensar no era rebeldía: era necesidad. Como quien se rasca donde pica. Como quien no puede dormir sin entender qué está pasando.

Su pensamiento no buscaba brillar. Buscaba cuidar. “La crítica no es destrucción, sino cuidado”, decía. Y lo practicaba. Con sus alumnos, con sus colegas, con los textos que tocaba. No corregía: acompañaba. No pontificaba: preguntaba. No adoctrinaba: abría caminos.

Entre sus obras más destacadas están:

  • Elementos de semiótica literaria (1977): una exploración pionera sobre cómo la sociedad produce y consume signos.
  • Álgebra y fuego. Lectura de Borges (1978–2000): un diálogo profundo con la obra de Borges, desde la filología y la pasión.
  • Un pájaro llamado Mané (1998): ensayo literario que mezcla fútbol, arte y filosofía.
  • Dice que dijo (2003): una meditación sobre el lenguaje, la cita y la memoria.
  • Prólogos y epílogos seguidos de un post scriptum (2020): textos que acompañan, interrogan y desvían la lectura.
  • Hacer y cuidar. Lecturas de Jaime Sáenz (2021): un homenaje crítico al poeta paceño, leído con afecto y rigor.

Pero más que libros, dejó una forma de leer. De estar en el mundo. De mirar con sospecha y ternura. De no aceptar lo dado sin antes preguntarse por qué.

Cachín no dejó escuela. Dejó inquietud. No dejó discípulos. Dejó lectores. No dejó respuestas. Dejó preguntas que todavía nos arden.

Hoy lo recordamos no solo por lo que escribió, sino por cómo nos hizo leer. Por cómo nos enseñó que el pensamiento no es soberbia, sino ternura. Que la palabra, cuando se usa bien, puede ser un refugio.

Y aunque ya no esté, sigue apareciendo. En una frase que nos incomoda. En un texto que nos obliga a volver a empezar. En ese silencio incómodo que él sabía habitar mejor que nadie.

Gracias, Cachín. Por no pedir permiso para pensar. Por enseñarnos que leer también una forma de resistir. Por recordarnos que “la extrema habilidad posible” no está en el brillo, sino en la mirada que no se cansa de buscar belleza.

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