Alberto Hernández / Escritor Venezolano
´La República de los Ríos, cuya capital era yo, Cachuela Esperanza´ HCO
´En la raíz del árbol /crece el siglo/. Dientes graves/ y cegueras vendidas. / El sol se manotea/ las entrañas, / avisando, avisando´ A.H. Del poemario Amazonía
¡Caños! ¡Caños! Un maravilloso laberinto de calladas travesías de aguas muertas con el paisaje náufrago en el fondo´ Rómulo Gallegos: Canaima
1.-
´Sobre una piedra construiré tu iglesia´, dijo la voz inmensa de quien trajo a este mundo la caridad y el perdón. Y sobre esa piedra, la misma que no deja de ser, nació un pueblo en medio de la nada. Allá en Bolivia, entre los mogotes de la selva y la corriente sonora de los ríos. Y también en esa alejada provincia, olvidada por este hoy aturdido, la ambición, la explotación de un producto natural que dio origen a la locomoción, a los viajes sobre ruedas de caucho.
Esta historia la cuenta el escritor Homero Carvalho Oliva, reconocido narrador de ese país en el corazón de la América del Sur, que también cuenta con un trozo de la gran Amazonía, reserva de todas las riquezas donde el abuso y la glotonería han hecho de ella una región peligrosa, pero también plena en eventos narrables, en anécdotas y relatos que hoy han sido convertidos en la novela ´La República de los Ríos´.
Fluye Bolivia como los pasos de Heráclito. Fluyen los ríos como el tiempo. Y con él, las riquezas recién descubiertas. La Amazonía es un revuelo de aves carroñeras que busca anidar en el flujo de la sangre arbórea. Es preciso un poema trágico, un historial de ofensas, pero también de conductas que se ofrecen como fundadoras, como plataformas que hacen de la selva un tesoro, el soñado y antiguo El Dorado que, desde las orillas del Norte de Sur América son engullidos por los buscadores en la tupida geografía del más retirado rincón de este terruño bautizado por Colón como Tierra de Gracia.
Homero Carvalho Oliva ha entrado en este mapa, en la topografía de las agallas de quienes rebuscan a machete la sangre de los árboles, alimentados por la también sanguínea corriente de los ríos. Tantos son, tantas las arterias y venas que le dan forma a esa anatomía de cosmos recién fundado por nombres casi olvidados, por espadas y acuerdos, por libertadores u opresores, por malvivientes y empresarios que se acuñan el apelativo de ingenieros del progreso.
Y entonces, el oro, la naturaleza abierta como mujer deseosa, pero también arisca. El árbol, ese árbol del cual brota la goma, el milagro que servirá para mover el mundo. Los que buscaban oro lo encontraron: El Dorado fue el mineral amarillo, luego la goma con sus consecuencias mortales, con sus múltiples cabezas oliendo cada rincón de la selva, de esa Amazonía, pulmón del mundo, respiración del silencio e igual canto de pájaros entre la niebla nocturna. Y en medio de ella, de las sombras, los macheteros, los ´siringueros´, como los ´purgüeros´ que Gallegos menciona en su novela ´Canaima´: todos en los matorrales, entre los gruesos tobillos de la ´Hevea brasiliensis´, depósito de la riqueza, heridos por el filo metálico para ver salir el líquido blanco, gomoso, elástico que serviría para civilizarse en las grandes ciudades luego de ser procesado en factorías donde la ambición y el dinero son los personajes de esta historia.
Carvalho Oliva, narrador, poeta, hombre de letras de Bolivia, la amante de Bolívar, hace posible que nos aproximemos, a través de esta crónica novela, como él la bautiza, para confirmarnos que la tierra sabe contarse, que una ciudad enclavada en la selva es personaje/ narradora, en una primera persona que nos conduce por todos los rincones de una historia donde caben todos los afectos y defectos de quienes ambulan, esclavizados muchos, enriquecidos pocos, quienes tejen una genealogía de la cual quedaron los rastros de sus apellidos.
Yo soy Cachuela Esperanza, dijo in pectore la ´ciudad´ asentada en medio de un tesoro. Una comunidad donde abunda el trabajo obligado y mal pagado, la invasión reveladora de las más oscuras intenciones. El autor se vale de datos históricos, de una bibliografía que le permite hacerse de una ´verdad´ en la que navegan datos y fechas, citas y análisis, personajes y bestias, caños, muchos caños, como los menciona Rómulo Gallegos, convertidos por Carvalho Oliva en los ríos inéditos para el resto del mundo. Ríos que vienen de las más antiguas lenguas de los aborígenes originarios, y que unos aborígenes venidos de otras sangres se apoderaron de la Amazonía y la desentrañaron, hirieron sus troncos, su savia fue libada por máquinas que hicieron de la rueda elástica un nuevo descubrimiento. La selva que ocupamos, desde Venezuela, Colombia, Brasil, Perú, Ecuador y Bolivia es la misma que sangró para mover –a través de los ríos– calles y carreteras, vuelos y acuáticas propuestas de un progreso que nos sigue marcando.
Allí se fundó ´La República de los Ríos´, esta novela/ crónica que nos entrega el autor boliviano para disfrute y conocimiento de sus lectores.
2.-
Relata Cachuela Esperanza, voz protagónica que cuenta su propia historia. Voz también testigo u omnisciente porque conoce las conciencias de quienes han llegado a su útero. Nombra con todas sus letras el inmenso bosque donde por años se inculcó la malicia, el trasiego de un producto a través de las corrientes de Bolivia, de un país sembrado para celebrar la libertad.
Carvalho Oliva narra, pero también describe o detalla con precisión todo lo que su ojo mira, todo lo que su olfato huele, todo lo que su oído escucha. Sus sentidos están puestos en lo que exclama Esperanza, en lo que reclama, en lo que celebra desde sus adentros como ciudad o república rodeada de ríos, de los nombrados y de los invisibles, del Madre de Dios, del extenso Mamoré, del también poderoso Beni, del Piray, del Madera, sin dejar de pensar en los que sirvieron para colmar de otras riquezas a tierras extrañas: el Abuna, el río Grande o Guapay, el Itenez, el Pilcomayo, no todos selváticos, venidos de los Andes sin mar que reconocer como propio; sí, helados, colmados de la fuerza que vitaliza la cosmogonía de una cultura cuya razón de ser fue ser selva, altura, frío o calor, sangre, savia, linfa, icor, agua, el agua que nunca deja de fluir, la popular y la filosófica. Ríos que se nombraron república por su libertad, pero también por conducir los aperos y envoltorios donde iba parte de esa savia blanca hacia otros derroteros.
3.-
Todo comenzó con Nicolás Suárez Callaú, con su enfermedad, con su muerte y su velatorio, y desde esa agónico y final funerario, el novelista cronista desarrolla el universo de estas páginas, toda la historia de una familia que se involucró con otras, con mercenarios, comerciantes, empresarios y aventureros que hicieron de la Amazonía centro de explotación minera: la goma para el caucho de los automóviles, el caucho para toda ocurrencia mecánica o tecnológica. Pero el vientre de esta historia es la que promueve en el lector su atención: ´Cachuela Esperanza´ es, precisamente, la esperanza de una mejor vida, cuestión que no ocurre porque ningún pueblo explotado es feliz. No obstante, el signo inequívoco de este trance narrativo nos lleva, como lectores y personajes, a decir que este relato no ha terminado. La selva de América Latina, sus ríos, sus cuencas, sus minas siguen siendo, para propios o extraños, el ojo abierto para extraerle todas sus riquezas. Por eso cuenta la narradora: “Los ríos vibraban con el vaivén de los vapores que surcaban sus aguas, transportando consigo fletes y esperanzas”, es decir la circulación sanguínea de los árboles, la herida de sus venas para extraer el caucho.
Ese Yo tan individual de la geografía explotada, el de Cachuela Esperanza, tiene en el autor la más ferviente tentación de continuar contando sus vivencias, sus rasguños, sus cicatrices, las raspaduras o heridas a machete contra la piel de esos inmensos personajes que hablan desde su silencio.
Como se trata de una crónica novela, Homero Carvalho Oliva se vale de muchas referencias, de muchos nombres que pasaron por esa tupida geografía, pero también él como sujeto observador, como personaje igualmente relatado por la ciudad. En varios diálogos los Carvalho se solicitan, se hablan con la ciudad, la recorren para recoger la historia, sus, sus intimidades, sus públicas detentaciones para desde la misma novela construirla.
Y así como Rómulo Gallegos penetraba la intrincada selva de Amazonas para decir de ´Canaima´, en ´La República de los Ríos´ el autor boliviano escribe: ´…el oro fluía de los árboles amazónicos…´, y ese Piraí, o el Mamoré se vertían para que ´la topografía obligara a cambiar la senda de tierra por el curso de los ríos´.
Por eso, la geografía habla, se pronuncia con palabras, no con el viento, no con el aire: se dice desde el agua, desde la corriente, desde el tejido o entramado de su anatomía circulatoria, por esa razón, el pueblo, el caserío, la ciudad se pluraliza: ´aquel lugar somos nosotros´. Pero también los ríos acusan su lenguaje, son capaces de nombrarse y hasta de sufrir junto con los árboles ´la era de los dioses (que) fue sustituida por la era del caucho´. El ´siringuero´ era un todo, también parte de los ríos, de aquella república naciente, de aquel yo femenino que se cuenta desde su ´ello´ y ella misma, preñada de nombres, personajes, eventos, vidas y muertes, lujos y pobreza.
4.-
Estigmatizados ´los hombres de os árboles´, son los ríos sus cómplices y testigos. Portadores de agua, la poderosa fuerza de sus corrientes, la bien poblada piedra transformada en alimentos que forjaba la esclavitud de indios y mestizos. Pronuncia la voz: ´el mapa secreto de los árboles´, y éstos se vierten sujetos, personajes, actantes entre el fragor de las acciones de los explotadores, y entonces la ciudad, su teatro, su hospital, su hotel y hasta una cárcel. Nicolás Suárez fue el fundador de ese emporio. Trajo la fuerza de su labor como ambición tremenda, pero también como factor ´civilizatorio´ en el que también cabía el deporte para los pudientes. Mientras tanto, los ríos hacían su trabajo: llevaban el plasma de los árboles a otras tierras donde hay otros árboles útiles para dar sombra y frutos que congestionan los mercados públicos y privados.
De boca de la ciudad se oyen las referencias a personajes que fueron ríos de palabras: Jorge Luis Borges, José Eustasio Rivera, García Márquez, Fernando Pessoa, Homero el griego y Homero el boliviano, dos sonidos que inculcan músculo a la historia, a esta épica que no se da por vencida.
5.-
Cachuela Esperanza es convertida en otra voz, la que emerge del imaginario del autor, quien, a su vez en ella, ese él poderoso de la selva: una obra de teatro, la intervención de varias voces, monólogos que gimen desde la genealogía de los fundadores y de los que se han convertido en espectadores de sus propias esperanzas e ilusiones.
Citado Raúl Otero Reiche: ´Soy un río de pie´, fortalece la idea dela humanización de quien siendo viajero es también agua sinuosa, revelador de los que lleva a cuestas la corriente. Y también hablan los ríos a través de Thiago de Mello, William Ospina, Rómulo Gallegos, Nicomedes Suárez, y Homero Carvalho: poetas, narradores, ensayistas, ensayistas, soñadores, citados por Ana Pizarro. Ríos de palabras para identificarse con esa esperanza que se ha fundado entre los árboles del sacrificio.
En el capítulo titulado ´La república de los ríos´, la voz cantante exclama:
´Existen historias que nunca fueron citadas en los libros y otras que los pueblos inventan para fortalecer la identidad´, caso este que nos sumerge en la propuesta de esta novela: crónica salida de los pobladores, uso de la imaginación, la ficción como poética y la historia extraída de las páginas escritas.
Un cruce, un enjambre de personajes, hijos de las corrientes donde alguien, más urgido por las letras recordaría a Heráclito y sus fragmentos, el fluir de la conciencia, el de las arterias heridas o curadas de la tierra, las raíces profundas de los árboles portadores de ambiciones, envidias o riquezas. Es también, por ser ríos los protagonistas como los árboles, ´la república de los remeros´, de los que empujan canoas y barcazas con la fuerza de su origen.
Toda una geografía donde habitan los ´fantasmas que sobran en esta tierra´. En esa ´república imaginada´, revuelta por las tantas anécdotas, verdades y mentiras, árboles y caños, intrincados caminos, orillas peligrosas, hombres perturbados. De allí que ´las crónicas familiares son un laberinto´, porque la descendencia, la ascendencia genética conforma la voz narradora desde ella misma.
Y entonces el cambio, la sorpresa de la pequeña comarca: ´Reconocí al narrador porque una anciana que barría su acera lo miro y le dijo que se parecía mucho a Nicolás Suárez´. Por los bigotazos, hoy, blancos del que ha hecho posible este libro.
No deja de estar presentes las guerras, los remilgos dela estupidez humana, la única existente, porque la inteligencia es la única porción humana que es estúpida: la del Acre, la muerte.
6.-
Pasado ese pasado el presente es futuro. Es hoy del mañana que cada día creamos. Ya la selva no es blanco, para la explotación de la goma. Ya no es el árbol el que provoca la ambición desbocada. Otra savia, otra hoja, más peligros aún porque mata al consumidor: la cocaína. La selva ha servido de sembradío, de conuco, de empresa agraria para la producción de la droga que mantiene en vilo a la sociedad actual. La selva es el ojo de la producción del vicio, de la muerte aspirada. Una narcocracia que trajo el ocaso de la goma, la del caucho ahora sintético.
Los antiguos árboles continúan allá, en el fondo de la selva, con sus viejas heridas, con sus recuerdos dolorosos. Los ríos no han cambiado su curso. Siguen siendo una república, una res pública que marca su libertad, su democracia acuática.
´La República de los Ríos´ no termina de leerse. Es lectura permanente, el correr entre rectas y curvas de aguas impetuosas.