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Los infelices (de Fesal Chaín)

Miguel Sánchez-Ostiz

Fesal Chaín, el autor de Los infelices, es un escritor chileno combativo que vive por Valparaíso. Le conozco desde hace años por las redes sociales. He seguido con bastante asiduidad sus comunicaciones sociales, políticas,  de pura humanidad en muchas ocasiones, de seria resistencia y oposición al régimen político actual y su compromiso con los más desfavorecidos, no solo en las redes sociales, donde todo es fácil y altisonante, sino en la calle, en la radio comunitaria, en el barrio, dando la cara: Sitio Cero es el sitio en el que participa. 

Su novela, Los infelices,  está editada en Chile, por Visual+ y la distribuye LOM. Por abreviar diré que trata del golpe del 73, el de Pinochet, pero no de los días del salto a la Moneda, sino de lo que tiempo después vino,  de la podredumbre moral que se extendió por el país de forma que las gentes y las cosas «tenían un halo gris, una tela invisible que velaba las figuras». Chaín se pregunta  qué fue, a pocos años vista, de aquellos militantes fervorosos de Unidad Popular, los que creyeron en un Chile socialista que diera voz y vida a los más desfavorecidos, que era y son muchos, a los originarios siempre expoliados. Un médico, un contable, una administrativa, un nada… clase media venida a menos, condenados a la cesantía,  obsesionados con sobrevivir o con medrar a costa de olvidar y dejar muy atrás las convicciones y la represión en carne propia,  porque total p’a qué, ese es el solo, de la podredumbre el p’a qué, si lo hacen todos, si la vida es corta y hay que disfrutarla, qué más da ser parapolicía, torturador, soplón, cómplice  de las infamias de los uniformados, si con eso se gana algo, se come y viste y vive y bebe mejor. Para eso no hace falta ni comprometerse siquiera, con estar ahí y poner la mano  y sonreír y callar basta y sobra. ¿Crueldad la de Chaín en su vitriólico pintura? No, al revés, un intento de intentar entender no ya a sus personajes, sino a sus conciudadanos, los miles de chilenos que fueron como ellos y que sentaron la madre de  lo peor del hoy apaleado, reprimido, empobrecido, exhausto. Firmeza en el relato y piedad también, todo un logro, al menos para mí. Ojalá encuentre los lectores que la novela se merece.

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