Luis Rosales y el Diario de una resurrección

Santos Domínguez / Inmediaciones

Un libro más es un libro menos, afirmaba Julio Cortázar. Dicho de otra manera, cada nuevo libro es un escalón menos en ese particular camino de perfección, en esa búsqueda de la voz propia por la secreta escala que sube todo poeta consciente.

Lo recordaba estos días mientras releía el Diario de una resurrección, el libro que Luis Rosales publicaba en junio de 1979. Apenas dos meses después, en agosto, fechaba Félix Grande el texto prologal (La poesía de Luis Rosales más junta que una lágrima) de la Poesía completa de Rosales en Trotta.

Donde acababa aquel prólogo querría empezar yo, haciendo mías las palabras que escribía allí Félix:

“Yo debo mucho a Luis Rosales. A su espléndida obra, a su cabal forma de ser. Sé que es uno de mis maestros /…/ Creo además que Luis Rosales no es sólo maestro mío: es uno más de los maestros, no muchos por desgracia, con que cuentan la conducta liberal y la poesía de nuestro tiempo.”

Ese magisterio tiene en mi caso una fecha concreta, 1974, y un título, Como el corte hace sangre, un libro que se editó en Cáceres en una edición artesanal muy restringida y que fue una revelación para el joven aprendiz de poeta que yo era entonces.

Luego supe que aquel era un libro no tan menor como se podría deducir de las pocas reflexiones críticas que ha suscitado, supe que ese silencio era menos un problema del libro que una declaración de insolvencia de la crítica. Supe que sus poemas seguían la línea iniciada cinco años antes con El contenido del corazón, un deslumbrante conjunto de poemas en prosa que se habían publicado en 1969 aunque su origen estaba en 1940, antes por tanto que La casa encendida, uno de los vértices del triángulo esencial que resume lo mejor de la poesía de Luis Rosales.

Cinco años después de Como el corte hace sangre aparecía el tercero de esos vértices, el  Diario de una resurrección, que era la culminación del ciclo iniciado con El contenido del corazón, pero era mucho más que eso. Y lo sigue siendo hoy: un libro tan milagroso, tan nuevo, tan futuro que se pudo escribir mañana.

Pero ahora vuelvo al pasado, al tiempo en que conocí a Luis Rosales. Fue en 1983, en unas jornadas de poesía luso-españolas que se habían iniciado en Coimbra, siguieron en Lisboa y terminaron en Cáceres con una lectura poética en la que participamos algunos poetas locales a instancias de Sánchez Pascual. Aquello  tenía algo de excursión de las Misiones pedagógicas, de peregrinación poética que recordaba a otras que se organizaban en los años cincuenta. Promovía aquellas jornadas la asociación Prometeo, un grupo de poetas madrileños de un entusiasmo admirable. Sin formar parte de esa asociación, como poetas invitados, venían Francisco Garfias, Luis Jiménez Martos, Carlos Murciano y Luis Rosales.

            Luis Rosales había publicado el año anterior Un rostro en cada ola, un libro sorprendente y de enorme calidad y fuerza poéticas. Pero yo le recuerdo leyendo en el escenario un texto del Diario de una resurrección. Era un poema largo sobre un vagabundo extremeño. Oigo todavía su voz solemne y cadenciosa y veo sus dedos índice y pulgar unidos, como oficiando, mientras lee algunos versos:

se llamaba Molina,

nació en Extremadura y había vivido andando.

Quien ha hablado con Luis Rosales alguna vez, ya no olvida nunca su aspecto, ni sus gestos, ni su palabra. Rosales tenía por entonces casi 75 años, pero su aspecto seguía mostrando a un hombre de físico poderoso, alto y ancho. Su indumentaria era algo trasnochada, como la montura de sus gafas gruesas. Y detrás de sus gafas, unos ojos pequeños, expresivos, inteligentes y de un azul cálido y muy líquido. Unos ojos proclives a la sonrisa, a la benevolencia, al guiño vitalista y a la complicidad. Eran los ojos de un hombre limpio y entero, que a veces se perdían, sin sombras melancólicas, en el pasado o en la ensoñación. Entonces entraban en acción sus manos, unas manos grandes y delicadas que dibujaban las palabras en el aire, como si las acabara de descubrir, como si se le acabaran de revelar después de un largo y placentero esfuerzo. Con suavidad de entomólogo, Luis Rosales cogía entonces las palabras con dos dedos y nos las regalaba, exactas y dominadas. Tenía un gesto muy característico en ese trance. Apoyaba el dedo índice de la mano derecha en el borde inferior del labio y con su dulce acento ceceante silabeaba despacio y satisfecho. Su voz era poderosa, era la voz de un buen bebedor de coñac y fumador antiguo, pero la controlaba y la administraba cuidadosamente en susurros lentos y suaves. También equilibraba casi musicalmente las palabras y los silencios y sembraba la conversación y la frase de pausas sugerentes.

Y así era, transitivamente, su poesía. Una poesía que se convierte en integración y en juntura, en una manifestación creativa que habita en la frontera de lo clásico y lo contemporáneo, de lo íntimo y lo prójimo, del jardín y del bosque como esas tapias del Retiro a las que alude en el texto inicial de El contenido del corazón, el libro en el que Luis Rosales ha encontrado su tono de voz y la raíz que alimenta su obra posterior. Un mundo de frontera en que conviven una sencillez casi prosaica con la alucinada visión superrealista, y la intensidad poética de la voz lírica con la voluntad narrativa. Porque como escribió memorablemente en varias ocasiones, lo vivo es lo junto.

Vuelvo ya a centrarme en el Diario de una resurrección, que resume la obra de Luis Rosales. Sus poemas convocan la infancia y la madurez, el presente y el pasado, lo elegiaco y lo celebratorio, la palabra y el silencio, el yo y el ello, la memoria y la imaginación, la reflexión y el sentimiento en una integración poética cada vez más despojada y más sencilla, en una depurada sutileza que consiste en nadar entre dos aguas.

Porque Rosales era desde El contenido del corazón un náufrago metódico que nadaba obcecada y desesperadamente entre el azar y la necesidad, entre lo milagroso y lo cotidiano con la libertad del versículo, del verso libre o del poema en prosa, dueño de una expresión que se mueve entre la contención y el desbordamiento del sentimiento y la palabra.

Y su trato con la palabra – entendida no como forma, sino como materia sensitiva y como cauce del pensamiento-, su uso sabio del adjetivo que se posa en el poema para provocar el deslumbramiento del destello o el desasosiego y el escalofrío de la sombra, siguen siendo una lección para los poetas que nacimos medio siglo después.

A partir de El contenido del corazón hay en la obra de Luis Rosales una profunda unidad de estilo y de tono que junta poemas y libros en el fraseo inconfundible de sus textos y en un tono de voz que como él decía llevaba implícito todo lo que hemos vivido.

Y por tanto, todo lo que hemos leído. Además de esa constante sombra tutelar de Antonio Machado, el Pedro Salinas de Razón de amor y de La voz a ti debida, que resuena en La absolución (“pero si tú me lo pidieras/ en ese instante mismo nacería”), el Jorge Guillén que dejaba su fe de vida escrita en Cántico y en las estrofas de Salvación de la primavera que abren el Diario de una resurrección.

O Juan Ramón, al que hace un homenaje en La luz interrumpida, uno de los poemas que prefiero de Rosales, un texto interrogante y dubitativo, una afirmación de la paradoja que resume ese cruce de fuerzas contrarias que juntan la poesía y la vida. Una integración que está asumida ya en los primeros versos:

Nunca pero contigo, aunque la vida sea

la luz de esa mañana que nunca viviremos.

Y el poema sigue milagrosamente en una luz matinal que no existirá nunca, en un tren que llega cuando no se le espera, en una hora de alondra que acaba siendo espejo, mirando y sin mirar un ayer venidero, viviendo y sin vivir unos recuerdos por hacer, bajo un sol amarillo o una tarde de invierno, con las manos de sombra, ceniza y despertar, entre el luto y la vida, entre el nacimiento y la nieve.

Porque en el Diario de una resurrección, un libro que Rosales escribe al filo de los setenta años, el camino de vuelta se ha transformado en vía de esperanza, el náufrago avista una orilla cercana y el desengaño abre la puerta al optimismo en esa llegada desesperada y alegre a la vejez.

La suma de angustia y alegría da aquí como resultado la plenitud. Y por eso es el libro más abarcador de vida desde una radical conciencia de la temporalidad:

Y esto es morir: borrarse de sí mismo.

Luis Rosales mantuvo un aprecio especial por este libro, del que dijo que era una obra en la que “mi expresión está más trabada y fundida que en mis obras anteriores.”

Diario de una resurrección compendia poéticamente vida y obra en unos poemas que concentran las características más notables y duraderas de la poesía de Luis Rosales: la suma de sensibilidad y experiencia, la capacidad expresiva y su fuerza evocadora, el equilibrio entre lo racional y lo irracional, entre el testimonio y la imaginación, la memoria y la reflexividad, el diálogo entre lo interior y lo exterior:

Pues lo interior y lo exterior son solamente aspectos de una misma frontera, decía en un verso de Sobre el oficio de escribir, el último texto del libro.  En ese mismo poema leemos:

Y me pongo a escribir,

y me pongo a escribir a borbotones,

con ininterrumpida facilidad,

para marcar la linde que separa la vida en dos mitades,

y saber dónde empieza el corazón.

El Diario de una resurrección es, sí, un libro escrito a borbotones, pero con un constante ejercicicio de precisión. Si Rilke escribía era poeta y odiaba lo impreciso, Luis Rosales pone al frente del libro este lema que no es sino una variante de la propuesta rilkeana:

La imprecisión es el infierno conocido.

Acabo con otras palabras de Félix Grande en el prólogo a la poesía completa de Luis Rosales:

“Hay libros que nos impulsan a  encontrar nuestro más íntimo lenguaje poético; hay libros que nos impulsan a  encontrar nuestro más íntimo lenguaje vital. Hay libros que nos animan a abolir las fronteras tras de las que se encuentra la plenitud de nuestra más honda experiencia.”

Esas líneas no se referían al Diario de una resurrección, pero él me permitirá la apropiación interesada porque me sirven para decir que el Diario tiene probablemente esas tres plenitudes a la vez: la del lenguaje poético, la del lenguaje vital, la de la honda experiencia.

Y juntas son su mejor ejemplo, su mejor lección.

Santos Domínguez.

(Ponencia leída el 14 de abril de 2010 en los actos conmemorativos del nacimiento de Luis Rosales celebrados en el Centro de Estudios Históricos de Madrid.)