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Literatura y educación en Bolivia: una mirada desde la historia, la escritura y el aula

Escribo sobre literatura y educación en Bolivia no solo como observador, sino como parte del problema y de la esperanza: como historiador que ha leído los silencios del país, como escritor que cree en la palabra como forma de resistencia, y como docente que ha visto, en el aula, cómo la educación puede encender o apagar una conciencia.

Desde la historia, Bolivia es un país atravesado por la exclusión simbólica. Durante siglos, se nos enseñó a repetir relatos oficiales antes que a interrogarlos. La literatura, que debió ser un espacio para cuestionar el poder, la memoria y la identidad, fue relegada a los márgenes del sistema educativo, reducida a fechas, nombres y resúmenes. Se nos enseñó qué leer, pero rara vez cómo leer, y casi nunca para qué leer. Así, la palabra perdió su filo crítico y se convirtió en un adorno curricular.

Como escritor, me preocupa profundamente que la literatura en la educación boliviana haya sido despojada de su dimensión humana. Leer no es acumular información; es entrar en conflicto con uno mismo y con el mundo. Es reconocer el dolor, la belleza, la injusticia y la contradicción. Pero en muchos espacios educativos, la literatura se enseña sin emoción, sin riesgo, sin vida. Se la neutraliza porque pensar duele, y escribir con honestidad incomoda.

Desde la docencia, la realidad es aún más clara y más dura. He visto estudiantes inteligentes, sensibles y creativos convencidos de que no saben pensar ni escribir, porque el sistema les enseñó a obedecer antes que a interpretar. He visto cómo se privilegia lo inmediato, lo técnico y lo “útil”, mientras se desprecia aquello que no produce resultados rápidos. En ese esquema, la literatura parece inútil, cuando en realidad es esencial: forma criterio, lenguaje, ética y conciencia histórica.

Bolivia necesita una educación que entienda la literatura como una herramienta de formación ciudadana, no como un lujo cultural. Un estudiante que lee críticamente comprende mejor su contexto; uno que escribe con libertad aprende a nombrar su realidad y a no aceptar el discurso impuesto sin cuestionarlo. Por eso la literatura siempre ha sido peligrosa para los sistemas autoritarios y profundamente necesaria para las sociedades que aspiran a ser democráticas.

Como historiador, sé que los pueblos que olvidan la palabra terminan repitiendo la violencia. Como escritor, creo que la palabra puede sanar, pero también denunciar. Y como docente, estoy convencido de que enseñar literatura es enseñar a pensar, a sentir y a resistir.

Defender la literatura en la educación boliviana es defender la dignidad intelectual del país. Es apostar por una escuela que no solo forme profesionales, sino sujetos críticos, sensibles y libres. Porque cuando la educación renuncia a la palabra, el poder habla solo. Y cuando la palabra vuelve al aula, incluso en silencio, la historia comienza a cambiar.

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