Libertad

0
1050

Christian Jiménez Kanahuaty

Para mi padre

Ecléctica de Claudio Ferrufino-Coqueugniot más que ser un libro que reúne las columnas escritas por él entre 2003 y 2006 es una experiencia de libertad. Quizás esta sea una palabra de difícil uso en estos días en los que nos hemos acostumbrado a lo reiterativo, a lo común, a las cárceles de la soledad de lo conocido y esperable; o puede que sea una palabra incorrecta cuando todo es inmediato, porque la libertad como otras tantas, es una palabra lenta. No se la consigue de un día al otro. Y, es más, en el momento en que se la vislumbra, parece escapar para anidarse en otros espacios menos conocidos. La gran búsqueda vital a la cual los seres humanos nos enfrascamos tiene que ver con esa palabra.

Sin libertad no sólo no habría arte, sino que ni siquiera se lo podría definir. Sin libertad no existiría la ecléctica forma en que el autor de este libro nos conduce, entre reflexiones que para nada son solamente digresiones, por pasajes que van desde los viajes iniciativos a las lecturas primordiales de los libros a los que siempre regresa ya sea para obtener una nueva dosis de esa sabiduría anclada en las páginas de escritores rusos como Tolstoi o Babel; también encontraremos guiños familiares sobre el nacimiento y crecimientos de sus hijas, pero son señales para que luego de unas líneas el escritor que vive en el padre nos hable de ciertas películas norteamericanas o europeas que conforman el horizonte de mirada por el cual el mundo de Claudio Ferrufino-Coqueugniot pierde fronteras.

No se trata de una detonación que nos enseña que todo es material para la escritura. No. Aquí, en este libro, hay algo más radical. Aquí se demuestra que todo es material para enriquecer y profundizar la propia existencia y descubrir los múltiples pliegues que tiene.
Libertad creadora, pero también libertad lúdica al ir indagando entre pasajes desconocidos para asombrarse de la propia ignorancia. Y es que si hay otro rasgo importante en la escritura del escritor que presentamos ahora, es que no deja escapar la oportunidad para reconocer casi con impaciencia la propia ignorancia. Ferrufino-Coqueugniot en ese sentido es quizá un escritor que intenta a toda costa decir la verdad.

Este libro tiene su razón de ser porque también, como pocos, nos acerca a la bitácora o cuaderno de notas de un escritor en progreso. Cada libro, cada película, cada pintura, todas las canciones y los discos y las anécdotas de los amigos que están dispersos en el mundo, sirven, para que él, como autor conforme, luego de calibrar lo necesario, un mundo ficcional propio y autónomo que coquetea con la autoficción. Escribir es un acto de la voluntad y no sólo una vocación parece sugerir cada una de las columnas. Y es que, si la música es la filosofía de los pobres, las columnas de opinión de nuestro autor son literatura abreviada para personas que están todo el tiempo conectadas a la modernidad.
Pero se presenta una lucha porque la modernidad implica no cuestionar y seguir el rumbo. Construir zonas de confort y aniquilar la duda. Ferrufino-Coqueugniot, pone freno a ese acontecimiento y cuestiona, incómoda, duda, sugiere, interroga y presenta otras posibilidades; aquellas que van desde la plaza principal de Cochabamba y termina en Praga. Para él no hay límites. No es que la escritura sea un lugar sin límites. La vida misma lo es.

Leer este libro da sentido a la palabra libertad. Da orden y genera las ganas de escribir, de salir a las calles y devorarlo todo. Pero, la clave es que no es el afán consumista lo que motiva este acto: es más bien, el reconocimiento de que, como personas, como humanos, merecemos más. Deseamos todo el tiempo y por ello nuestro estar en el mundo es ecléctico, porque podemos conectar cosas que aparentemente no tienen conexión y lo hacemos porque así damos orden y sentido a todo cuanto nos rodea.

Y entonces tenemos entre manos un libro que es capaz de ser muchos libros al mismo tiempo. Es un libro de viajes como los que escribió en su momento nuestro querido Paul Theroux, es un libro de ensayos escrito por un escritor al calor de ejemplos como los de Borges o Tolstoi. Es un cuaderno de notas como el que llevaban los impresionistas cuando estaban sumergidos en trabajos que les abrirían nuevas puertas artísticas y de representación de la realidad.

Unir conocimientos y texturas y matices: de eso se trata Ecléctica. Del viaje que nos espera en sus páginas, de las coordenadas vitales con la que regresamos. A veces hay que perderse para volver a encontrarse. Más viejo, menos cansado, más sabio tal vez, pero, sobre todo, con la energía de saber que lo que hicimos valió la pena; eso debería enseñarnos cada libro, o al menos los libros que buscamos para que nos den un poco de oxígeno cuando más lo necesitamos. Que nos hagan soñar despiertos y que nos hagan pensar que el mundo es complejo, pero abarcable. Que el arte salva.

Claudio Ferrufino-Coqueugniot en este libro nos entrega tres años de su vida, habla con nosotros de lo que le pasó, lo que leyó y por dónde estuvo en ese tiempo. Nos deja acompañarlo y sentir cada palabra y frase, es también entender que la escritura es un permanente juego con el recuerdo y la memoria. Acá la memoria no es esquiva. La recuperación de todo lo vivido es un acto de fe. Una manera de decir que todo lo hecho y todo lo que hay por hacer está bien. Que las equivocaciones cuentan, claro, pero no por eso vamos a detenernos. Cada paso nos acerca hacia el destino que como la Ithaca de Kavafis, es inalcanzable porque lo importante es el camino, no el destino al cual se debe arribar.

Así, entonces, este libro, espero que sea una de esas experiencias de lectura que rompa con los prejuicios y deje sin valor el miedo a lo desconocido. Que este libro celebre la libertad creativa, la liberación de las fronteras, y sobre todo, la libertad para poder vivir en este mundo sin claudicar ni ampararnos en el confort de lo estable y recurrente.