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Lectura y escritura: un recuerdo triste

De: Daniel Averanga Montiel / Para Inmediaciones
Dedicado a mis amigos y maestros Ramón Rocha y Jaime Nisttahuz

En 2008 viajé a Potosí para un encuentro entre educadores de Escuela de Padres y visitamos la casa de uno de los organizadores. Yo aún estaba soltero y quien sería mi esposa (2010) y luego mi ex esposa (2011) viajaba junto a mí, y éramos lo que se dice una pareja sin problemas: ambos trabajábamos como educadores y facilitadores. El presidente de Escuela de Padres La Paz, Flavio Díaz, un tipo fenomenal y amigo mío, nos presentó a los anfitriones y la pasamos bien, porque entre el diálogo y la explicación de la casona colonial donde estábamos, de pronto apareció un anciano que caminaba lento y sonreía a cada paso, a cada esfuerzo. Se nos presentó como el padre de la organizadora y se sentó junto a nosotros.

—…Y así se puede decir que estamos muy bien en Escuela de Padres, filial La Paz —dijo Flavio.

—Es un gusto saber que están así —acotó la organizadora.

—Ya trabajamos con los hijos de los padres que vienen a nuestras oficinas —acotó mi, por entonces, novia.

En ese momento, el anciano comenzó a hablar, como si no nos hubiera escuchado, como si no supiera que nos interrumpía:

—A mí me intervinieron de las córneas hace un tiempo, porque ya a mi edad sucede de todo, es mucho esfuerzo, pues, y la vejez me ha pasado factura… Antes leía tres libros a la semana —en esta parte su voz comenzó a fallar, y habló como si recordara a un pariente muerto—, ya no puedo leer, ¡ya no, y nadie aquí me puede leer porque están ocupados con sus trabajos…!

El anciano lloró desconsoladamente, y fue en ese momento que caí en la cuenta de la biblioteca que tenía detrás. Dos muebles grandes, que casi cubrían la pared, estaban atestados de colecciones de libros con tapas de cuero. Su hija lo atendió y llevó a otro cuarto, mientras nos quedábamos en silencio, sin poder creer lo que acabábamos de presenciar.

Luego Flavio y mi por entonces novia bromearían sobre aquel recuerdo, sobre esa situación tan superflua para ellos. Yo no me reí, ni siquiera atiné a asociar lo que había visto con algo chistoso.

Hay tanto qué leer, infinidad de libros que nos acompañan cuando las personas que te rodean son tan huecas, que en cierta medida me puse en el lugar del anciano y lamenté su soledad. Después, ese mismo día, supe que la esposa del anciano había muerto unos años atrás, y que ella, como era menor que él por casi un lustro, sí le leía, y que juntos se reían cuando terminaban un libro de Jorge Mansilla, alias Coco Manto; el anciano me dijo que los cuentos de Jaime Nisttahuz le hacían sonrojar, y que, por eso precisamente, su esposa se los leía; también me contó que su libro preferido era “Las minas del rey Salomón”, de Haggard, y la novela “El run run de la calavera”, de Ramón Rocha; al verlo con esa impotencia, aquel día, me sentí triste por su situación. Uno de los pocos lectores apasionados había perdido la única herramienta que se necesita para poder acompañar a los escritores al mundo que han creado.

Hoy en día es difícil encontrar a gente que encuentre en la lectura el arte de conectarse con el mundo que fue visto (que es visto aún) por escritores. Me digo siempre: hay tanto qué leer, qué comprender, que resulta desesperante ver que un lector ya no puede ver con sus ojos lo que uno sí puede.

Desde niño valoré a los lectores, sea de historietas, periódicos, libros o revistas. Los veía como personas que aprendían sin la intervención de lo empírico, que podían hacer una introspección de lo leído hacia sus propias existencias y que, al leer, podían conectarse al mundo de mejor manera.

Por eso interpretar el caso del anciano, como una situación cómica precisamente por creer que leer puede ser algo fútil en este mundo, hoy en día, es algo típico en cierta gente.

Con los años, encontré a gente que leía como una forma de encontrarse a sí misma, comprenderse por medio de la riqueza de lo que otros ya vieron y escribieron; sigo pensando en el anciano y su situación como una tragedia, aunque mucho tiempo después, incluso después de mi separación, me dijeron algunos parientes, y más, los padrinos de mi matrimonio, que leer y escribir (y creer que se puede vivir de la escritura) eran una pérdida de tiempo, hoy también los comprendo, no porque tengan razón, sino porque la lectura es una forma de compañía, y la escritura su complemento, y no todos encuentran en esos dos ámbitos, lo mismo.

Leer, escribir, vivir, suenan a términos tan separados para tanta gente…

Hoy trato de comprender por qué esas personas me decían eso, vivo con lo que puedo y vivo de las letras; no es mucho, no es como tener un auto o un cholet, pero tampoco pido mucho. ¿Llegará el día que la gente pueda encontrar esa conexión con el mundo, como para algunos es la lectura?

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