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Latifundio cognitivo: la concentración del pensamiento en la Era Wetware

Del extractivismo territorial a la apropiación de la arquitectura mental: mutaciones del poder en el Sur Global

“El problema no es que las máquinas piensen, sino quién estructura las condiciones de nuestro pensamiento.”

Márcia Batista Ramos

Durante siglos, América Latina aprendió a reconocer las formas del poder en aquello que podía ser visto, delimitado y recorrido —la tierra cercada, el territorio distribuido de manera desigual, la extensión inmensa sometida a la lógica de la concentración—, de modo que el latifundio no sólo configuró un sistema económico, sino también una gramática profunda de la dominación: una pedagogía silenciosa que enseñaba quién tenía derecho a habitar el mundo con plenitud y quién debía hacerlo bajo condiciones impuestas, dentro de márgenes estrechos y, muchas veces, invisibles.

Sin embargo, en la transición hacia la llamada Era Wetware, ese régimen de visibilidad comienza a desplazarse y el poder, lejos de desaparecer, se vuelve más abstracto, más difuso, más difícil de señalar, como si hubiera abandonado la superficie de la tierra para instalarse en una dimensión más íntima, más inasible y, por ello mismo, más decisiva: la del pensamiento.

No porque antes el pensamiento haya sido libre de toda forma de condicionamiento —nunca lo fue—, sino porque hoy esas condiciones dejan de ser difusas, culturales o históricas para volverse operativas, diseñadas, optimizadas y, en muchos casos, ejecutadas en tiempo real.

Es en ese desplazamiento donde emerge lo que podríamos llamar, con todas las resonancias históricas que el término arrastra, el latifundio cognitivo.

Si el latifundio clásico organizaba la concentración de la tierra y, con ella, la distribución desigual de la vida material, el latifundio cognitivo señala una transformación más radical, en la que lo que comienza a concentrarse no es un recurso externo, sino la capacidad misma de acceder, interpretar, modelar y anticipar los procesos mentales, es decir, aquello que constituye el núcleo más íntimo de la experiencia humana.

No se trata únicamente de influir en lo que pensamos, sino de intervenir —de manera progresiva, incremental, muchas veces imperceptible— en las condiciones desde las cuales el pensamiento se vuelve posible.

En este sentido, la reflexión de Michel Foucault sobre las tecnologías de poder —esas formas sutiles y capilares que no se imponen únicamente desde arriba, sino que atraviesan los cuerpos, las prácticas y los saberes— adquiere una nueva densidad, porque ya no se trata sólo de disciplinar conductas o regular poblaciones, sino de intervenir en la propia arquitectura cognitiva desde la cual esas conductas y decisiones emergen.

Al mismo tiempo, cuando Shoshana Zuboff describe el paso hacia un capitalismo de vigilancia, en el que la experiencia humana es capturada y convertida en materia prima para la predicción y el control del comportamiento, está señalando una etapa intermedia de un proceso que, en la Era Wetware, podría radicalizarse hasta alcanzar no sólo lo que hacemos, sino aquello que pensamos antes incluso de saber que lo pensamos.

Y no porque el pensamiento deje de pertenecernos por completo, sino porque comienza a ser acompañado, guiado, sugerido y, en ciertos casos, anticipado con tal precisión que la distancia entre decidir y ser conducido se vuelve cada vez más estrecha.

Así, el latifundio cognitivo no se limita a la acumulación de datos —fase que, en gran medida, ya ha sido naturalizada—, sino que se orienta hacia la apropiación de los mecanismos que hacen posible el pensamiento mismo, lo que abre un horizonte inquietante en el que las grandes plataformas tecnológicas, los centros de investigación avanzada y los complejos científico-industriales comienzan a constituirse como los nuevos propietarios de una infraestructura invisible pero decisiva: la infraestructura cognitiva de la humanidad.

Desde América Latina, esta transformación no puede leerse como un fenómeno aislado o meramente técnico, porque dialoga de manera directa con una historia marcada por lo que Aníbal Quijano denominó la colonialidad del poder, es decir, una estructura persistente de dominación que, más allá de la independencia formal, continuó organizando las relaciones económicas, políticas y epistemológicas del mundo moderno, situando a ciertas regiones como productoras de conocimiento y a otras como territorios de extracción.

Pero en esta nueva fase, la extracción no se realiza únicamente sobre recursos naturales ni sobre cuerpos disponibles para el trabajo, sino sobre la atención, la memoria, la percepción y, en última instancia, sobre la capacidad misma de imaginar y decidir.

En ese sentido, el latifundio cognitivo puede leerse como una nueva fase de esa colonialidad, una en la que el recurso estratégico ya no se encuentra bajo la tierra ni en los cuerpos, sino en los procesos neuronales, lo que transforma al cerebro humano en un territorio en disputa, en una superficie de inscripción donde se juegan nuevas formas de poder.

La pregunta que emerge, entonces, no es solamente tecnológica, sino profundamente política y filosófica: ¿qué significa habitar un mundo en el que el pensamiento puede ser, directa o indirectamente, objeto de apropiación?, ¿qué ocurre cuando las condiciones de posibilidad de la experiencia —aquello que, como sugería Hannah Arendt, sostiene nuestra capacidad de juzgar, de actuar y de aparecer en lo público— comienzan a depender de infraestructuras que no controlamos?

Y, más aún, ¿qué ocurre cuando esas infraestructuras no sólo median la experiencia, sino que comienzan a configurar los márgenes dentro de los cuales esa experiencia puede tener lugar?

En este contexto, la desigualdad adquiere una dimensión inédita, porque ya no se trata únicamente de acceso a recursos materiales o digitales, sino de acceso a las condiciones mismas del pensamiento, lo que podría dar lugar a una fractura más profunda: una división entre quienes participan en la construcción de estas tecnologías y quienes quedan inscritos en ellas como usuarios, como fuentes de datos o, en el límite, como territorios cognitivos disponibles.

Una desigualdad que ya no se mide únicamente en términos de riqueza o acceso, sino en grados de autonomía cognitiva.

Y es aquí donde el concepto de latifundio revela toda su potencia, porque permite nombrar aquello que, de otro modo, podría permanecer difuso: la concentración del poder sobre lo que hasta ahora había sido considerado irreductiblemente propio, irreductiblemente humano.

Tal vez, como advertía Jürgen Habermas al reflexionar sobre los riesgos de la intervención tecnológica en la naturaleza humana, el problema no resida únicamente en lo que la tecnología puede hacer, sino en las condiciones bajo las cuales decide hacerlo y en los marcos normativos —o su ausencia— que regulan su despliegue.

Pero incluso esa discusión normativa podría volverse insuficiente si no se reconoce que lo que está en juego no es sólo la regulación de la técnica, sino la preservación —siempre parcial, siempre en disputa— de un margen en el que el pensamiento no coincida completamente con las estructuras que lo modelan.

Porque si el latifundio histórico configuró paisajes de desigualdad que aún persisten, el latifundio cognitivo podría configurar algo más difícil de percibir y, por lo tanto, más difícil de resistir: una concentración del pensamiento, una forma de cercamiento que no expulsa cuerpos, pero que puede, lentamente, delimitar los horizontes de lo pensable.

No clausurarlos por completo, pero sí estrecharlos.

Y quizá sea precisamente allí, en esa zona donde la historia se vuelve casi imperceptible —y por eso más eficaz—, donde se juega una de las disputas más decisivas de nuestro tiempo.

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