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La vuelta al mundo en 80 días: la epopeya literaria que convirtió al tiempo en protagonista

El 30 de enero de 1873, Jules Gabriel Verne (Julio Verne) transformó la literatura de aventuras con la publicación en volumen de La vuelta al mundo en 80 días. Más que una novela, fue una epopeya que convirtió al tiempo en protagonista, reflejó la confianza en el progreso del siglo XIX y nos enseñó que viajar es también descubrirnos a nosotros mismos.

 “El tiempo es la única riqueza que no se recupera jamás.” 
— Jules Verne

Jorge Larrea Mendieta

El 30 de enero de 1873 se publicó en Francia la primera edición en volumen de La vuelta al mundo en 80 días, obra de Jules Verne que rápidamente se convirtió en un fenómeno mundial. No era simplemente una novela de aventuras: era un espejo de la modernidad, un canto al progreso y una metáfora de la condición humana. En un siglo marcado por la revolución industrial, el ferrocarril, los barcos de vapor y el telégrafo estaban transformando la manera en que los hombres y mujeres concebían el tiempo y el espacio. La posibilidad de recorrer el planeta en un lapso tan breve como ochenta días parecía un desafío imposible, pero también una promesa de lo que la ciencia y la disciplina podían lograr.

Verne supo captar esa tensión entre lo posible y lo imposible, entre la precisión de los horarios y la incertidumbre de los viajes, y la convirtió en literatura. Su protagonista, Phileas Fogg, encarna la racionalidad extrema y la confianza en el progreso, mientras que su criado Passepartout aporta la emoción, el humor y la humanidad que hacen de la historia algo más que un cálculo matemático. La novela, primero publicada en entregas en el diario Le Temps, se convirtió en un acontecimiento social: los lectores seguían con ansiedad cada capítulo, comentaban en cafés y tertulias si realmente era posible cumplir la hazaña, y algunos incluso intentaron reproducir el itinerario.

La publicación en volumen, realizada por el editor Pierre-Jules Hetzel el 30 de enero de 1873, consolidó el éxito. El libro se agotó en pocas semanas y alcanzó cifras extraordinarias, con más de 400.000 ejemplares vendidos en vida del autor. Pero más allá de las cifras, lo que nació ese día fue una epopeya que aún hoy nos inspira. La vuelta al mundo en 80 días no solo narraba un viaje alrededor del planeta: narraba la transformación de la humanidad frente al tiempo, la disciplina y la esperanza.

En palabras de Verne, que resuenan como advertencia y enseñanza:

“El tiempo es la única riqueza que no se recupera jamás.”

Esta frase revela el núcleo del texto que estamos trabajando: la novela como metáfora de la vida misma, una carrera contra el reloj en la que cada retraso es una amenaza y cada avance una victoria. La introducción de esta nota busca mostrar que el 30 de enero de 1873 no fue solo la fecha de publicación de un libro, sino el inicio de una historia que convirtió la literatura en viaje, en desafío y en sueño colectivo.

El París del siglo XIX y el nacimiento de una idea

La segunda mitad del siglo XIX fue una época marcada por el avance tecnológico. El ferrocarril conectaba ciudades en tiempos cada vez más cortos, los barcos de vapor cruzaban océanos con mayor regularidad y el telégrafo permitía que las noticias viajaran más rápido que nunca. En este escenario, Verne imaginó una historia que captara el espíritu de la época: la posibilidad de recorrer el mundo en un tiempo récord.

Su editor, Pierre-Jules Hetzel, lo animó a escribir una obra que reflejara la confianza en el progreso y la fascinación por la velocidad. Así nació La vuelta al mundo en 80 días, primero publicada en entregas en el diario Le Temps y luego reunida en un volumen el 30 de enero de 1873.

El protagonista, Phileas Fogg, es un caballero inglés metódico y enigmático. En el Reform Club de Londres, lanza una frase que cambiará su destino:

“Haré la vuelta al mundo en ochenta días o perderé veinte mil libras. Lo digo y lo cumpliré.”

No se trata solo de dinero. Es la confianza en el progreso, en la exactitud de los horarios y en la disciplina humana frente al desafío del tiempo.

A su lado viaja Passepartout, su criado francés, que aporta emoción y humor. Su incredulidad refleja la del lector:

“¡Ochenta días! ¡Un mundo entero en ochenta días! ¡Es imposible… y sin embargo lo intentaremos!”

Gracias a él, la novela no es solo cálculo y precisión: es también sorpresa, miedo y entusiasmo. Passepartout humaniza la aventura y nos recuerda que viajar es, ante todo, un acto de descubrimiento.

El itinerario: una vuelta épica al planeta

La novela describe con detalle el recorrido de Fogg y Passepartout, que se convierte en una crónica de la globalización naciente.

En la India, entre Bombay y Calcuta, rescatan a la princesa Aouda, un acto que añade humanidad y romance a la aventura. Verne lo narra con intensidad:

“Passepartout, con el corazón palpitante, contemplaba a la joven que, envuelta en llamas, iba a perecer. Entonces, con un impulso heroico, se precipitó hacia ella y la arrancó de la hoguera.”

En Estados Unidos, atravesando el continente en tren, enfrentan tormentas de nieve y ataques de bandidos. La narración se vuelve épica:

“El tren avanzaba como un proyectil, desafiando la tempestad, mientras los viajeros, armados, resistían el ataque de los forajidos.”

Finalmente regresan a Londres con el tiempo en contra y la sensación de derrota… hasta el giro final.

La parte más importante de la obra es cómo Verne convierte al tiempo en protagonista. Cada retraso es una amenaza, cada avance una victoria. El reloj se convierte en enemigo y aliado.

“El tiempo es la única riqueza que no se recupera jamás.”

La tensión narrativa se sostiene en esa carrera contra el reloj, que convierte la aventura en metáfora de la vida misma.

El desenlace: la sorpresa del sol

Cuando Fogg cree haber perdido la apuesta, descubre que al viajar hacia el este ha ganado un día. Verne lo narra con un giro magistral:

“Había ganado un día por haber viajado siempre hacia el sol, y ese día bastaba para salvar su fortuna y su honor.”

Este final no solo resuelve la trama con brillantez científica, sino que nos recuerda que la vida guarda sorpresas: incluso cuando creemos haber perdido, podemos descubrir que hemos ganado.

El éxito fue inmediato. El volumen de 1873 vendió más de 400.000 ejemplares en vida de Verne y fue traducido rápidamente al inglés. La obra se convirtió en fenómeno mundial, adaptada al teatro con efectos especiales, al cine —como la célebre película de 1956 con David Niven—, a la televisión y hasta a los videojuegos.

Más allá de las adaptaciones, La vuelta al mundo en 80 días dejó una huella profunda en la cultura global. Representó la confianza en el progreso, la fascinación por los viajes y la idea de que el mundo podía ser conquistado por la disciplina y la imaginación.

La novela no es solo un relato de aventuras. Es una reflexión sobre el tiempo, la disciplina y la esperanza. Fogg encarna la racionalidad, Passepartout la emoción, y juntos nos enseñan que el viaje más importante no es alrededor del mundo, sino hacia el interior de la condición humana.

La inclusión de Aouda, la princesa india que se convierte en compañera de viaje y finalmente en esposa de Fogg, añade un matiz humano y romántico que equilibra la frialdad del cálculo con la calidez del afecto.

El 30 de enero de 1873 no solo se publicó un libro: nació una epopeya que aún hoy nos inspira. La vuelta al mundo en 80 días es la prueba de que la literatura puede transformar la manera en que vemos el tiempo, el progreso y, sobre todo, nuestra capacidad de soñar.

“El mundo es lo bastante grande para dar vueltas en él, pero lo bastante pequeño para que un hombre pueda conquistarlo con su voluntad.”

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