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La voz y el tiempo

Márcia Batista Ramos

Escribir para que el olvido no se convierta en destino

Comencé a escribir a los cuarenta y cinco años. No antes. No en la juventud, cuando el mundo parece un territorio abierto y la palabra una promesa sin peso. Comencé tarde, cuando ya sabía que todo tiene un precio: la alegría, la pérdida, la memoria, la esperanza. Cuando comprendí que la vida no es una línea recta, sino un territorio lleno de ruinas, de puertas cerradas, de personas que dejan de existir y de nombres que se quedan en la memoria y vuelven de vez en cuando.

Durante mucho tiempo creí que había llegado tarde a la literatura. Veía a los escritores jóvenes publicar con rapidez, ocupar espacios, multiplicar libros. Yo, en cambio, cargaba con la lentitud de quien ha vivido demasiado, antes de decir una palabra. No sabía entonces que esa lentitud sería mi fuerza.

También creí que la literatura dependía del talento, de un don misterioso que algunos reciben y otros no. Con el tiempo comprendí que esa idea era incompleta. El talento puede abrir una puerta, pero no sostiene una voz. La voz se construye lentamente, a través de lo vivido, de lo que hemos perdido, de aquello que nos ha transformado. La voz no nace solo del talento. Nace del tiempo.

Cada experiencia se sedimenta en el cuerpo. Cada duelo, cada renuncia, cada fracaso se convierte en una capa invisible que sostiene lo que decimos. Escribir es excavar. Descender. Tocar huesos. No los de la historia oficial, sino los de la memoria íntima, los que nadie reclama.

Con los años comprendí que por la pluma de cada escritor sale la responsabilidad ética. No solo con el lenguaje, sino con la vida. Cada palabra es una forma de testimonio. Cada texto deja una huella. Y esa huella nos compromete con el mundo que habitamos.

No escribimos en el vacío, ni en la arena. Escribimos entre los vivos y muertos en espacios perecederos.

Entendí que la literatura es también una forma de justicia. No total, no definitiva. Una justicia simbólica: dar lugar a lo negado, nombrar lo invisible, recordar lo que otros prefieren olvidar en la lidia diaria con las palabras. Como escritores insistimos cuando el mundo prefiere pasar de largo.

Hoy vivimos en una época de velocidad. Las palabras circulan con la misma rapidez con la que se consumen. Los textos se producen, se replican, se multiplican. Nunca hubo tanta escritura y, sin embargo, nunca fue tan urgente preguntarse para qué escribimos.

Las nuevas herramientas del lenguaje son una conquista extraordinaria de la inteligencia humana. No son un adversario. No son una amenaza. Son una expansión de nuestras posibilidades. Pueden democratizar el acceso al pensamiento, abrir caminos, permitir que muchas voces encuentren una forma de expresión. Pero siempre tomando en cuenta que toda herramienta revela lo que somos.

En manos responsables, la palabra amplía el mundo. En manos vacías, lo repite. Por eso concluyo que, no es la tecnología lo que empobrece la literatura. Es la superficialidad.

Hoy es posible producir textos coherentes, correctos, incluso bellos, sin haber vivido aquello que se dice. Se pueden imitar estilos, repetir temas, acumular referencias, circular entre nombres prestigiosos como si fueran amuletos. Pero la repetición no es memoria. La acumulación no es pensamiento. La simulación no es experiencia. Porque la autenticidad no es un rasgo estético.  Es parte de la experiencia, es una postura ética frente al mundo. La voz no es lo que decimos. La voz es el lugar desde el cual decimos.

Y ese lugar está hecho de tiempo, de historia, de territorio, de lengua, de heridas, de afectos, de pérdidas y de esperanza.

Quien escribe se expone. Se compromete. Se sitúa. Decide desde dónde habla y para quién habla. Esa decisión, aunque no se declare, atraviesa cada página.

He vivido entre lenguas, entre países, entre historias que no siempre se entienden. Ese tránsito me enseñó que la identidad no es fija, que la memoria se desplaza, que cada territorio deja una huella en la manera de nombrar el mundo.

En Perú caminé por el Girón de la Unión una mañana entre transeúntes apresurados. Por la noche, el mismo lugar se transformaba en una feria bulliciosa. Comprendí entonces que la historia tiene dos rostros: el de la prisa y el de la resistencia.

En Chile, escuché por primera vez el peso real de la palabra memoria. Era 1982. Tenía diecisiete años. En una reunión probaba mi primera piña colada, creyendo que la vida era todavía un territorio inocente. Una mujer, siete años mayor que yo, comenzó a contar su historia. Había sido detenida y torturada a los quince años por exigir algo simple: que volviera la leche en la merienda escolar. Mientras hablaba, comprendí que la violencia no era una abstracción. Era una herida viva, sentada frente a mí. Esa noche entendí que la literatura no puede permanecer indiferente. Desde entonces, la paz dejó de ser ingenuidad y se convirtió en decisión, en postura de vida.

En Uruguay confirmé que la memoria irrumpe en lo cotidiano. Mientras comíamos con mis padres en una plaza, panchitos (frankfurter gigante con un pan de Viena pequeño-donde la salchicha sobresalía notablemente por ambos lados-), entendí que la historia y la vida conviven en la misma mesa.

Las experiencias compartidas con los lugareños en Santiago de Cuba, me confirmaron que entre el cielo y la tierra no hay nada oculto; lo que falta es conocimiento.

La oralidad me enseñó que la literatura no comienza en la página. Comienza en el encuentro. Antes de ser escritura, la palabra es presencia.

Décadas después, en Pamplona, tomé la decisión que había postergado. Estaba sentada en una plaza, al sol de otoño, con el sabor del vino y la quietud de la tarde. Me pregunté qué quería a los diecisiete años. La respuesta regresó intacta: escribir. Reí. Porque incluso entonces postergaba una semana más. Pero regresé a Bolivia y empecé a escribir. Así nació “Mi ángel y yo”. La literatura no llegaba tarde a mi vida. Llegaba con tiempo.

Desde entonces comprendí que la autenticidad es una elección diaria. Elegir si escribimos desde la superficie o de la experiencia, si repetimos lo que circula o si escuchamos lo que aún no ha sido dicho.

Hoy sé que mi voz no me pertenece del todo. Está hecha de América Latina, de sus historias, de sus mujeres, de sus pueblos que sostienen la memoria incluso cuando el mundo prefiere borrarla.

Veo que la literatura es un tejido. Una conversación que atraviesa lenguas, territorios y generaciones antes de gotea por la pluma de cada escritor.

Por eso creo que el futuro de la escritura dependerá de nuestra capacidad de escuchar la oralidad que resiste, la memoria que insiste, la dignidad de la gente que habita a su manera el mismo espacio- tiempo que nosotros.

En un continente marcado por la violencia, la desigualdad y el silencio, escribir es un acto de paz. No porque borre el dolor, sino porque impide que el olvido se convierta en norma.

Tal vez esa sea nuestra responsabilidad más profunda: cuidar la memoria para que la humanidad siga siendo posible.

Mientras exista memoria, habrá esperanza.

Y mientras exista esperanza, la paz no será una ilusión, sino un trabajo.

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