La vida moderna

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1999
De: Paz Martinez / Para Inmediaciones

No me suele costar saltar de la cama. Madrugo por costumbre, qué le voy a hacer, tonta que es una. Hoy, por causas totalmente desconocidas o no tanto, me dolía mucho la espalda. Yo culpo a la mojadura de ayer, da igual si tiene o no algo que ver pero la culpa se la lleva. La mañana no estaba para muchas historias. La espesura de los nubarrones te quitaban las ganas hasta de respirar pero al chucho le importa muy poco la meteorología y, bueno, ya sabemos lo que hay. No sé si por cosa del tiempo, de los pies mojados (las botas siguen sin secarse) o de mi mal cuerpo, pero todo era cámara lenta y obligarse a hacer. Ni la ducha me despertaba.

A las 9 ya estaba donde debía.

– Hoy, despacito, que no tengo el cuerpo para gaitas.

– Hay que ir a Cangas, -me dicen y, bueno, me animó.

Hace mil años que no voy por allí, aunque lo conozco bien. Es un pueblo marinero en la otra orilla de la ría. Un pueblo conocido por pendenciero, por salvaje, por no andarse con chiquitas y arreglar las cosas a leñazo limpio. El paseo en barco es bastante apetecible y dudo en hacerlo o llevar el coche. El chaparrón me convence. Contacto con mi obligación y quedamos frente al Centro de Salud. Hoy es día de feria y hay poco aparcamiento disponible. Allí será más fácil.

Enciendo la radio del coche -es una manía- y enchufo el móvil para que suene por los altavoces. Recuerdo que no he probado el nuevo tramo del puente, el que da tanto miedo. Dicen. Y allí me voy. Cae una manta de agua impresionante. Nadie por el tramo.

Parezco una kamikaze, una suicida escribiendo su carta de despedida. ¡Exagerados! Creo que he pisado el botón del sol, que aparece de pronto para quedarse el resto del camino. ¡Qué preciosidad de trayecto!

La marea está bajisima y abro las ventanillas para esnifarla. Bajo la radio y escucho el viento, el mar, el reflejo del sol en todo. Una carretera sinuosa repleta de pequeños arenales, de casas, de bares, de asfalto recién colocado -descontando días para elecciones- de semáforos y gente. Domayo, Moaña y, llegando, una yunta de bueyes cargada de hierba y flores. Va por el medio de la carretera, en la entrada de un pueblo que se colapsa los días de feria. Paciencia.

Sigo las señales hacia el Centro de Salud y allí está, pegadito al cementerio. Lo normal, pero no puedo dejar de reirme.

La obligación no me lleva más de una hora. Buena chica. Aprovecho para pasearme entre los puestos de ropa, de zapatos. ¡Seis euros por unos booguis negros de mi número!. Ahora me faltan los calcetines y claro, ahí está el gitano con sus cuatro pares a un euro. Pensaréis que es una guarrada pero ¿y lo calentitos que llevo los pies? Si hay algo que disfruto son estos lugares: bulliciosos, fiesteros, baratos, ambulantes.

Encuentras desde un móvil de última generación hasta pan recién hecho. Frutas y verduras del huerto del paisano, quesos pasados por agua, ropa con taras y sin ellas, paraguas sin mango y gente, gente, gente, gente.

Recuerdo que aquí vive una prima de mi madre, que tiene un puesto en el mercado de pescado. ¡Vamos a sacarle partido a la familia! Es una labor complicada, hace más de 30 años que no la veo, pero sí recuerdo su nombre. El mercado es un lugar pequeño y pregunto por ella en la entrada.

– ¿La Josefa? Sí, aquella, la del cuarto puesto.

Es una mujer canosa, huesuda, nada parecida a la familia.

– ¿Eres Josefa? Soy la hija de tu…

– ¡¡¡Paciñaaa!!! Eres escarradiña, escarradiña a tua nai.

¡Oh, dios santo. Ya sé como seré a los ochenta! Como odio mi diminutivo.

– ¡Leva peixe, leva!

– Bueno, dame…

Y una bolsa se va llenando sin que haya podido decir más.

– ¡Rosa, trae dese pan para miña prima!

¡Y así, señores, es como baja el precio de la vida!. Ni un euro, ni la cartera me dejó sacar. Con ocho sonrisas y la promesa de una próxima visita -que, por supuestísimo, cumpliré- la dejo terminando el género entre besos y no te olvides.

Ha caído otro aguacero y aprovecho el escampado para acercarme al coche. He venido sin paraguas y las noticias del cielo no son buenas. Mi pobrecito. Lo han dejado más solo que la una, pero el reloj marca las dos. Lo dicen, también, las campanas de la iglesia.

Vuelvo por el mismo lugar. Ha subido la marea y, a la salida del pueblo, un encorbatado acompañando a un burro cargado con hierros.

Hay mañanas en las que merece la pena levantarse de la cama.