Miguel Alfonso Ávila
Bolivia se asoma nuevamente a las urnas para elegir autoridades subnacionales. En este escenario, donde se decide desde el asfalto de una calle hasta el modelo de desarrollo productivo de una región, la política nacional parece haber sucumbido a una enfermedad contemporánea: la trampa del brillo mediático. Hoy, la cercanía coreografiada del candidato con el ciudadano suele confundirse, peligrosamente, con la capacidad de gestión.
La métrica del engaño
En los últimos meses, la oferta electoral para gobernaciones y alcaldías ha desnudado una carencia alarmante: la falta de densidad técnica. Se ha instalado un fenómeno perverso que confunde la fama con la idoneidad. Muchos postulantes no destacan por su preparación en derecho público, finanzas municipales o planificación estratégica, sino por sus métricas en redes sociales. Pareciera que acumular likes otorgara, por ósmosis, la sabiduría necesaria para diseñar un presupuesto equitativo o implementar políticas de desarrollo sostenible.
La democracia moderna rara vez premia hoy al más preparado; con frecuencia, encumbra al que mejor manipula las emociones. En este mercado de votos, el estadista que comprende la complejidad de los problemas —como la interdependencia entre urbanismo y medio ambiente— sucumbe ante el demagogo que ofrece soluciones mágicas en videos de quince segundos.
El líder honesto, que expone verdades amargas, es etiquetado como negativo. El carismático, que reduce crisis estructurales a consignas fáciles, capta la atención de una audiencia saturada.
El costo real de la improvisación
Elegir autoridades sin base técnica no es un error estético; es un atentado contra la calidad de vida. La improvisación tiene consecuencias tangibles y devastadoras:
– Salud Pública: Gestionar redes hospitalarias requiere epidemiología y logística, no eslóganes. Las filas no se eliminan con carisma, sino con la reingeniería de procesos. Aquí, la impericia se paga con vidas.
– Educación: Un gestor improvisado ve la escuela como una fachada que pintar; un técnico la entiende como una inversión en capital humano y conectividad digital.
– Servicios Básicos: La administración de agua y alcantarillado es ingeniería pura. Sin ella, el resultado es infraestructura en ruinas y desabastecimiento en las zonas más vulnerables.
– Desarrollo Territorial: La falta de ordenamiento territorial permite la expansión descontrolada sobre zonas de riesgo. La improvisación de hoy es la tragedia urbanística de mañana.
El vacío de la democracia
Platón advertía en La República que el castigo por rehusarse a participar en la vida pública es terminar gobernado por hombres inferiores. El peligro real para nuestra democracia no es un golpe externo, sino el vacío interior de sus estructuras. Las instituciones se erosionan cuando el ciudadano pierde la confianza en el valor del mérito y cuando los gobiernos se centran más en mantener su imagen que en solucionar problemas de fondo.
En la historia reciente de Bolivia, hemos aprendido por la vía del colapso que un municipio no es una plataforma de ensayo. Cuando el carisma desplaza al conocimiento, el presupuesto —escaso y vital— se diluye en gasto corriente y plantillas infladas para pagar favores de campaña. El resultado es la parálisis: ciudades condenadas al caos del transporte y obras de cemento sin impacto social, elegidas solo porque son visualmente rentables para la fotografía política.
El contrato, no el autógrafo
La trampa del carisma es, en última instancia, una estafa social. Bolivia ha visto desfilar figuras populares que ganaron con mayorías abrumadoras para terminar sus gestiones con procesos judiciales, instituciones quebradas y servicios básicos en estado de coma. El entusiasmo que genera un baile en TikTok no pavimenta calles ni equipa hospitales.
En estas elecciones, la papeleta no es un autógrafo; es un contrato. Es hora de exigir currículum en lugar de coreografías. El brillo mediático se apaga el día después de la elección, pero la incompetencia técnica nos condena por años. Elija con memoria, pero sobre todo, elija capacidad. Porque cuando el espectáculo termina, lo único que queda es el vacío de una gestión que nunca supo qué hacer con el poder.