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La República de los Ríos de Homero Carvalho

Angélica Guzmán Reque

“Los árboles son los esfuerzos de la tierra para hablar con el cielo que escucha”

Rabindranath Tagore

Ya casi al final de la crónica hecha novela, llamó mi atención este pensamiento: “Me siento en la mecedora, como cada tarde, y saludo a los moradores que pasan frente a la casa, que es el pueblo entero; (..), temerosos de que les arrastre hacia la corriente de recuerdos que me habitan y despierte algunos que prefieren olvidar. Vuelvo a hablar conmigo, a contarme viejas historias que todavía palpitan.”

Es el final de un emporio que quiso brillar entre el poder y la gloria y fue difícil conservarla, no porque ella quisiera (es el relato en primera persona del pueblo ciudad), sino porque sus hijos, muchos de ellos ajenos al amor que comunica la región, que abriga la esperanza de un futuro de siglos, no pertenecían a la región, no habían dado el primer grito de gloria en el lugar, estaban de paso, imbuidos por el poder del enriquecimiento que les ofrecía el comercio de la goma, en principio, luego el del ganado, más tarde del comercio ilícito de la droga. Desesperanza en un pueblo, el que irónicamente lleva el nombre de Esperanza: Cachuela Esperanza.

La obra relatada en primera persona (una polifonía al interior de sus páginas) es la historia de una región marcada por el poder del dinero, el auge que contagió a propios y extraños y transformó un pueblo en todo un emporio de lujo y desarrollo. La corriente de ese río que no tuvo descanso, al trasladar desde grandes ciudades el desarrollo febril: la primera locomotora, el teatro y su voz de música, danza y boato; edificios enteros trasladados de grandes ciudades, imprenta que se convirtió, no sólo en la voz de ese pueblo que observaba sorprendido su transformación. Era la voz del más allá, lejos de aquellas fronteras que solo el sonido de las aguas despertaba de su letargo, gracias a la producción del caucho, tan necesario para el desarrollo de civilizaciones ajenas: “El caucho provenía de otro ser vegetal, más altivo aún, que no nacía en los pantanos, sino en las tierras altas, donde el vaho se mezclaba con la neblina. (…) Así, entre ambos árboles se trazaba una frontera invisible, la del sudor humano que sangraba junto a ellos, entre el filo del machete y la impotencia del bosque. (…).”

La obra narrada desde la voz poblacional, desde su nacimiento, un 31 de marzo de 1882, es la capacidad comercial de un hombre: don Nicolás Suárez y el señorío que formó junto a su familia y gente de poder y ambición. El auge de una región rodeada de selva y ríos caudalosos. La selva donde descubrió el árbol de la goma, único y abundante, lugar que, por azar del destino, había perdido un barco con un gran cargamento de goma, y, allí descubrió esa veta y allí se quedó: “allí donde el torrente le arrebató la riqueza, él decidió levantarla de nuevo. Me eligió por la geografía estratégica, que abría caminos hacia los barracones, y por la belleza de aguas cristalinas que no callan nunca. Así nací yo, entre la pérdida y la obstinación, entre el estrépito de la serpiente de agua y la ambición de un hombre”

El narrador- autor deja entrever sus experiencias y amor por el pueblo que ama, junto a su padre y sus recuerdos, pero también está la del autor como poeta y narrador, son muchos los pasajes donde se patentiza su pluma de poeta con descripciones de auténtico lenguaje literario: “El siringuero debe internarse donde los árboles son tan antiguos que sus raíces parecen sostener el tiempo. La selva lo envuelve con su hálito y su canto de criaturas invisibles. Lianas que cuelgan como víboras dormidas, lobregueces que se confunden con la piel; el suelo tapizado de hojas muertas cruje bajo sus pies. Entre troncos gigantes, se oculta la siringa, árbol que sangra al filo del machete. Allí el hombre se hace parte de los dominios de la naturaleza, la hiere para vivir y la venera para seguir respirando.”

¿Quién es el siringuero? Es el hombre de la selva que hace posible que los árboles derramen su llanto blanco para cumplir con la ambición del ser humano que ha encontrado en sus venas la veta blanca, la que favorecerá al mundo de la industrialización, de la misma manera que el minero de subsuelo explota el mineral, que es también producto de enriquecimiento de unos pocos, aunque éste se interna a su propia muerte, el siringuero respira aire puro del mismo árbol al que somete.

Cachuela Esperanza, un nombre que quedará en la historia, gracias a sus hijos que no permiten que se evapore en el anonimato, tampoco sea leyenda de corrillos. Es Homero, junto a relatos de su padre (ya fallecido), quienes arman esa historia de una región que debe formar parte de la historia del país, como estuvo el valor de la comercialización en la industria del mundo y que, manos ambiciosas sacaron semillas de ese árbol natural y ahora es parte del mundo y la veta original queda como recuerdo. “Primero fui barraca, célula y luego ciudad, la realización de los hombres, un hogar del porvenir. Recuerdo que la primera se alzó sobre el terraplén de tierra, con un techo de hojas de palmera que se extendía ampliamente, ofreciendo sombra. La atmósfera general era la de un puesto remoto o asentamiento ribereño, integrado profundamente a la naturaleza. El contraste entre las aguas, las estructuras rústicas y el muro verde de la floresta creaba una sensación de aislamiento y vida sencilla para la gente que aprendió a convivir con el río.

Todo el auge, la gloria se desvanece y gente que vivió y sintió la esperanza de un mundo mejor, la abandona y la destruye. No sólo fue la guerra de la ambición del país vecino, sino las misma autoridades del país que les valió más la envidia y el desamor que la dejaron morir. Esa guerra del Acre, que nuestra historia la califica con la frase de “No se derramó una sola bala” sin embargo no fue así, hubo gente valiente que ofrendó su vida, como la del hombre heroico de la selva Bruno Racua, quien con sus flechas de fuego liberó a la región de pérdidas mayores.

La obra está llena de historia y manifestación de amor por el oriente boliviano. Presencia poética de muchos escritores que, al igual que él, sienten como suya la tierra donde aprendieron a observar, a querer, a saberse seres humanos, grandes escritores como Borges, García Máquez, Shimose, y muchos otros que sintieron la naturaleza humana y plasmaron en sus obras, esa naturaleza que pronto olvida el apogeo y se retira, abandona el lugar que le dio alimento para florecer.

La decadencia, sin embargo con esperanza, cuando al final de la obra relata ese pasaje de la niña que encuentra una moneda de tiempos de gloria con palabras de épocas históricas:” La niña sintió que sostenía un secreto. La moneda —tan distinta de las que usaba para comprar dulces en el recreo— parecía contener un fragmento del tiempo, una historia que había esperado ser encontrada. La guardó con cariño, convencida de haber hallado un tesoro, sin saber que quizá el río también la había estado esperando a ella.” Esa niña será testigo y guardará la esperanza que jamás muere.

El ”Gran Paitití” sigue en pie, esa leyenda que cualquier momento puede convertirse en realidad y generaciones próximas podrán reavivarla para el bien de esta parte del mundo y el río Amazonas seguirá vertiendo sus aguas quietas, pero llenas de presagios, mientras la selva, con su brillo de oro verde sigue en pie con su floresta de esperanza, al igual que Cachuela Esperanza porque la naturaleza viva no muere mientras haya moradores que aman ese suelo, gravemos en la memoria las palabras del poeta universal Johann Wlfgand von Goethe: “La naturaleza es el único libro que ofrece un contenido valioso en todas sus hojas”.

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