Andrés Canedo

Acaso porque el gorrión que apareció esta mañana en mi ventana, me llevó a los cientos de gorriones en mi pueblo, en Tartagal, en aquellos tiempos de la infancia; es posible digo, que ese perseguir tiempos, me llevó a escuchar a Vinicius de Moraes y a Toquinho. Es que ese gesto origina también el de viajar a la época en que fui a su concierto, allá en Córdoba, en la Universidad, y en el que yo, en mis soledades, perseguía a través de todo lo que fuera bello, la lejana presencia de Mariana, dueña de mis sueños, de mi nostalgia, de la dolorosa melancolía del amor ausente. Pero, simultáneamente, el conocimiento de estos músicos brasileños, me insinuaba apenas la grandeza de un Brasil, escasamente empezado a sospechar en algunas películas vistas en el Cine Club Lumière: Antonio das Mortes, O cangaçeiro, Deus e o diabo na terra do sol. Sospecha vergonzante, porque en medio de esa vanidad, casi soberbia, argentinas, imaginábamos a Brasil como un país de segunda, lejos del esplendor de esa tierra en la que vivíamos. Pero allí estaban Vinicius y Toquinho, para enseñarnos una poesía y una música de primera, allí había estado “O cinema novo”, para desengañarnos de nuestra estupidez.

Vinicius, “el blanco más negro de Brasil”, nos decía poesía honda, pero a la vez sencilla, es decir hondamente popular, y las melodías, las voces, nos iban sacudiendo el alma, desoxidándola, abriéndonos los ojos del cuerpo y el espíritu, a la magia inabarcable de aquel, todavía, lejano y brumoso Brasil. Y así, en una magia de efecto tardío, con la letra y el sonido de “Yo sé que te voy a amar”, iba pronosticando en las honduras de mi corazón, los abismos de la mujer brasilera que iba a amar, y sufrir, años después. Y cuando ya se hubo ido, la seguiría rastreando aun en las letras contradictorias a mi realidad de abandonado, de la canción Apelo, también de Vinicius, porque sabía que no era yo quien tenía que pedir perdón, sino que estaba seguro de que todo yo lo podría perdonar con tal de no perderla. Pero, claro, la perdí, y cuando unos años después nos reencontramos, realmente ya se había extraviado de mí, y mis brazos no hicieron el esfuerzo suficiente para sujetarla, y esa vez la obligué a partir. Esa montaña gigante del amor, se había disuelto en el aire apaciguador del olvido y había terminado por desaparecer.  El tiempo nos había ganado la partida o, al menos a mí, me la había ganado.

Me pregunto, sin embargo, por qué la rememoro en estas palabras, qué significan estas letras. Será que acaso el correr infatigable de los días no lo cura todo, será que los amores desgarradores nunca terminan de morir y que un oculto y pertinaz rescoldo, vuelve al cabo de la inconmensurable distancia, a alumbrar una llamita. No lo sé, pero imágenes de su cuerpo se me enredan hoy en este trayecto enorme, me muerden el pecho, me arañan la espalda con las espinas del recuerdo de sus brazos de luz.

Yo había ido a la presentación de Vinicius, con uno de mis mejores amigos y su novia. El local era un hervidero de estudiantes, todos prendados del artista, casi todos prendidos de sus seres amados. Yo, en cambio, estaba solo, con la herida de Mariana distante, de aquella Mariana que luego fue mi mujer y mi alegría, y que la muerte se la llevó. Estaba allí, inocente como un niño, sin sospechar siquiera que la poesía que en ese momento me golpeaba, en realidad representaría con los años, a aquella otra mujer, hija del Brasil enorme que se me iba volviendo claridad en las palabras del poeta.

Debo contar entonces, que durante el tiempo que vivimos juntos con ella, con la brasileña, una ocasión en la que mirábamos la noche desde una de las ventanas del departamento, yo que la amaba, llegué a ofrecerle la luna y las estrellas, porque todo quería dárselo. Es que hubo un lapso, no muy dilatado, en que el estar junto a ella hacía maravilloso el vivir. La sabiduría popular dice que nunca hay que entregar todo, y a pesar de que yo no creía en ello, de que quería darle el universo íntegro, lo que pregonaban mis amigos hombres pareció estar más cerca de la verdad, pues, a pesar de ello, ella se fue. Y yo transité la desesperación, la locura, la tristeza infinita. Después, con el largo refregar de la arena del tiempo, con los resplandores fugaces de otros cuerpos y con el vacío rellenándome todos los espacios del espíritu, la fui borrando. Tal vez por eso, cuando al cabo de unos años volvió, yo ya no sabía leer el lenguaje preciso que ambos solíamos compartir, o quizá, en el alboroto de tantos días sumados sin su amor, dejé de ver la luz de los astros que desde ella me habían alumbrado, y entonces todo fue como un meteoro que se desintegró antes de llegar a impactar en mi corazón, y entonces, absurdamente, fui yo el que se fue. Quién sabe, por lo tanto, el peso y la certeza de cada decisión, quién sabe, si de aquel mar seco y muerto, mucho transcurrir después, un hilo de agua renacida, no volvería a abrirse paso en nuestro pecho reseco y a hacer brotar la tímida flor del recuerdo.

Nunca sabemos las verdades absolutas, ni siquiera sospechamos a pesar de la fuerza de la negada convicción, si siquiera existen. Así como un pájaro en nuestra ventana, un manantial de recuerdos se aparece, unas notas musicales lo nutren y el sentimiento viejo se precipita desde su escondido lugar en el laberinto de la memoria. El gorrión, la más sencilla y proletaria de las aves, aleteó unos instantes y formó los vientos que me agitaron las remembranzas. ¿Qué soy? ¿Quién soy? No lo sé bien, porque al buscarme en la evocación, una vez más, me pierdo y los huesitos, las agujas chinas, las hojas de coca, o las runas consultadas, por hoy, sólo me muestran su nombre.