La noche infinita

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De: Gonzalo Llanos / Inmediaciones
 “Nadie pudo medir, ni siquiera los poetas, la capacidad del corazón.”
 Zelda Fitzgerald

La luna y la ventana eran únicos testigos. Ella agarró la cortina y la cerró. La luna seguía insistente alumbrando la tela.

—Ya, entrá a la cama, te resfriarás si te quedas ahí sentado, es casi la media noche.

— Ahora ya no importan los resfríos, ni el tiempo ni lo que suceda. Sí, discúlpame, no puedo dejar de pensar, es difícil encontrar un camino.

—No es para menos, lo mismo me pasó. Día y días sin dejar de pensar, suspiros uno tras otro, nunca te llegan respuestas, rebalsan las preguntas, las culpas y las acusaciones. Todo parece infinito y doloroso, el pensar que no acaba, todavía hoy lo siento igual. Abrázame, más fuerte…

—Es difícil decidir. Intentar hacer algo es un monstruo que me acosa. Siento tu piel con  significado, más inexplicable, más maravillosa, como si Dios ahora sí estuviera presente. Percibo cada uno de tus cabellos… ¿no te parece lindo?

—No hables de Dios ni de cosas lindas a esta hora, lo lindo no existe, es pura ilusión. Solo estamos tú y yo con esta nuestra circunstancia, con nuestras vidas, es más, estoy sola con mi circunstancia, con mi cuerpo, con mi única vida.

—¡Claro que existe, es hermoso! Tú eres hermosa, contigo todo está hermoso en la oscuridad, en esta hora. Así es, en esta desgracia aparece lo lindo, ¿no lo ves, no deberías sentirlo? Te amo,  hice todo porque lo sintieras, pero, ¿sabes?, para esto no te obligo, no entiendo el amor si no se sufre por el otro.  De los miles de momentos que estuvimos,  ahora, cada segundo del pasado me parece un tesoro, aún, si el destino nos juega esta mala pasada…

—No me hagas reír, ¿mala pasada? Lo que me pasó es infernal, dejé de creer en la vida, en los amigos, en esta oscura sociedad. Ahora nada tiene significado, sólo el estar a tu lado en este momento y quiero aprovecharlo cada segundo. Y, si lo hago, lo haré porque igual me moriría sin tu compañía. Y, si lo hago ahora, igual te amaré como siempre. Quizá, nada se añada a mi decisión, nuestro amor será más poderoso cuando uno de los dos ya no esté. O estaremos en el mismo camino, quizá, como siempre lo fue; ¿dónde vas?

—Voy al baño a orinar…

Ella levantó un poco la cortina, la luna seguía ahí. Reacomodó su almohada.

—Te tardaste, ¿te dormiste en el baño?

—No, no tardé, me quedé quieto y pensando. Me prestas un pijama, me mojé sin darme cuenta, los hombres a veces no sabemos apuntar nuestro orín, en realidad creemos que lo apuntamos y no es así, nos mojamos, como si siempre fuésemos niños.

—Abre el tercer cajón, ahí hay uno nuevo, obvio no es tu medida ni para tu género, lo guardo desde el mes pasado.

—Gracias, qué importa la medida y el género, importa que viene de ti, lo cuidaré, te conseguiré uno nuevo. Qué bueno sería que como el pijama, me dieras tu vida para ponérmela, y vivir puesto de ti hasta que te deshagas en hilachas.

—No seas tonto, ahora puedes tomar tu mochila y buscar una nueva vida, quizá más novedosa, más brillante, más positiva, no sé. Apreciarías mejor lo que tienes por delante. La vida está hecha de pedazos, más retazos de líos que de alegrías. Nuevos amigos y mejores amistades, ¿te das cuenta? Sería como volver a nacer, quién no quiere volver a nacer, hacer las cosas de nuevo, mejorándolas, esta es tu oportunidad.

Él, abrazó su cintura y besó su espalda. Se volvió a levantar, entró al baño, y rompió en dos su cepillo de dientes y luego de un golpe el espejo.

—¿Te lastimaste? No ingreses al infierno, sabes  de las consecuencias, los dolores y los sufrimientos. Siempre hay un amor que nos salva, vete y alguien te salvará. Y yo, habré sido un verano más, como todos los que pasan en esta vida. Deja el infierno…

—Ya estoy en él. Déjame hacerlo. Ahora morir es vivir. Déjame vivir. Sólo  muriendo mi vivir dejará pasar la vida tuya. Si me voy, mi vida no resistirá mucho sin ti.

—Aprovecha para escapar, ahora que puedes hacerlo. Yo no puedo, aquí está mi historia, mi circunstancia, mi equivocación, en este dormitorio. Aquí intentaré  hacer alguna fuga, si todavía puedo. Es mejor tu nido aunque esté pálido y seco. Algo sembraré.

Se sintió el calor de la vida y la muerte, abrazados.

—Si invitamos al infierno, ahora hay que asustarlo —buscó su columna para besarla y bajó así hasta sus nalgas.

—¿Estás a mi lado?

—Sí, estoy a tu lado, aquí estoy…

—Gracias por andar mi destino, no es preciso que cruces conmigo el umbral —dijo ella, preguntándose si la escuchó. Lo abrazó.

Amanecía y la luna aburrida se extinguía, la cortina estaba gris. Ella despertó, miró a su lado, acarició los cabellos de él y con un dedo recorrió su nariz, no despertó. Volteó su cabeza al velador y levantó una tarjeta, con los ojos apenas abiertos tomó un bolígrafo para marcar con fuerza una cruz, en unos casilleros que señalaban: positivo – negativo.